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MONICIÓN INICIAL (opción 1)

Hoy se presenta ante nosotros el Señor de la Misericordia. Para para tocar el corazón y la conciencia de cada uno de nosotros.

Él conoce nuestras debilidades. Nuestros pecados. Pero nos llama y nos anima a que nos abramos a Su amor, que es más poderoso que todos los poderes de la oscuridad.

***

Señor, perdónanos nuestros pecados.

Abrázanos con tu misericordia. 

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MONICIÓN INICIAL (opción 1)

Hoy es el Domingo de los Domingos. El día más importante del año. Día en que celebramos la Resurrección del Señor y —en sentido espiritual— participamos en esta Resurrección.

Celebramos hoy el día de la nueva creación, del nuevo inicio. Día en que Cristo viene a nosotros en su humanidad transformada, resucitada. En la que también nosotros —como bautizados— tenemos nuestra participación. Nosotros: llamados a una nueva vida, a una transformación en hijos de Dios.

***

Señor, purifícanos de todo aquello que en nosotros hay de hombre viejo. Lo que no es según el amor. Lo que todavía no está transformado.

Señor, purifícanos. Abre nuestros ojos. Para que Te veamos tal como eres.


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MONICIÓN INICIAL

(Antes de la entrada del sacerdote)

En la celebración de hoy contemplaremos el sufrimiento y la muerte del Inocente.

Con Él ofreceremos al Padre las muertes violentas de inocentes y culpables.

Las muertes lentas de jóvenes y ancianos.

Nuestras propias muertes.

Y todo el misterio del sufrimiento.

No es una Misa: la Iglesia no celebra Misa en este día.

O mejor dicho: estamos todavía en la Misa que hemos empezado el día de ayer.

Pero no estamos en unas exequias, ni guardando luto.

Por eso el color de hoy es rojo: es el primer acto del Misterio Pascual.

— Escucharemos el relato completo de la Pasión según San Juan.

— Oraremos por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

— Nos acercaremos a venerar el madero de la Cruz del Señor.

— Y terminaremos recibiendo el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros, que reservamos anoche en el Monumento.

***

Ahora vamos a comenzar esta celebración. (De pié y) En silencio absoluto recibiremos al sacerdote, y junto con él nos arrodillaremos, orando ante Jesús desde lo más profundo de nuestro corazón.


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MONICIÓN INICIAL

En esta tarde Santa, a la misma hora aproximadamente en la que Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Cena Pascual, nosotros, como comunidad creyente, nos unimos también a su Mesa, reviviendo aquel momento entrañable.

Jesús sabía que aquella era su «ultima cena». Sabía que estaba decretada su muerte.  Por eso, antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y de su Palabra: partió el pan y se los dio a sus discípulos. Tomó una copa de vino y la repartió entre ellos: «Hagan esto en memoria mía».

Una vez terminada la Cena, se quitó el manto, echó agua en una jofaina y se puso a lavarles pies a los que estaban con Él.

Desde entonces, generaciones de cristianos, de todos los tiempos y de todas las razas, han conservado vivos estos recuerdos y los han transmitido hasta nosotros.

Vivamos con intensidad este momento, dejándonos transformar por la Palabra de Dios y por la comunión en su Cuerpo, y así crezca la fraternidad entre todos los hombres.

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RECEPCIÓN DE LOS SANTOS ÓLEOS

(Terminada la Oración de los Fieles)

Monitor:

En estos momentos, antes de preparar el Altar para el Santo Sacrificio, haremos entrega a nuestro Párroco de los santos Óleos, es decir los aceites que fueron bendecidos y consagrados esta mañana en la Santa Iglesia Catedral por el Pastor de nuestra Arquidiócesis, Mons. Alfonso Cortés.

Empieza la procesión con los aceites y la asamblea entona: Pueblo de Reyes

Ministro (al llegar al presbiterio):

Reverendo Padre, hemos visto la obra maravillosa de Dios al participar en la Misa Crismal.

El señor Arzobispo nos entregó estos Óleos, para que nosotros te los diéramos a ti y ellos nos sigan transmitiendo la vida de Dios.

Él te los encomienda a ti, como responsable de esta Comunidad Parroquial y a todos nos envía un saludo y su bendición.

Monitor:

Todos respondemos: Demos gracias a Dios.

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Cercana ya la Noche Santa de la Pascua, después de habernos preparado con nuestra penitencia y nuestras obras de caridad, nos disponemos hoy a entrar en los misterios de la Semana Mayor, misterios que empezaron con la entrada de Jesús en la Ciudad Santa de Jerusalén.

***

Hoy es el Domingo de Ramos. Hoy escucharemos el Evangelio de la Pasión. Hoy Nuestro Señor cumple su misión de Siervo y nos entrega su vida.

***

Que el Señor nos conceda el amor y el tiempo para acompañarlo en estos días santos lo más cerca posible.


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En este tiempo de Cuaresma el Señor viene a nosotros como el Misericordioso que sabe mirar en lo más profundo del corazón y de la conciencia de cada persona. No para sedar, sino para ayudarnos a encontrar nuestra propia dignidad y valor.

Este es el sentido de nuestro trabajo espiritual durante la Cuaresma.

***

Estamos ya a las puertas de la Semana Mayor que iniciaremos el próximo domingo, el Domingo de Ramos.

Aprovechemos el tiempo de Cuaresma que nos queda para que muera lo que tiene que morir.


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Hoy es el cuarto Domingo de Cuaresma. El cuarto momento de nuestra reflexión en el camino por el desierto cuando nos purificamos para llegar a la Pascua. Al cambio interior. A la renovación de vida.

Hoy escucharemos en el Evangelio la parábola del hijo pródigo que Jesús contó a los publicanos, a los fariseos.

***

Durante esta Cuaresma que cada uno de nosotros busque al publicano que lleva dentro. Es decir: a aquel a quien viene Dios para decirle una palabra de esperanza. Una palabra de ánimo. Una palabra que llama al cambio.


 


Hoy es el tercer Domingo de Cuaresma. La tercera etapa de nuestro viaje espiritual a Jerusalén. Viaje en el que cada uno de nosotros busca al publicano que lleva dentro. Al pecador. Pero al pecador que busca su conversión. Y que quiere seguir al Señor. Y servirle con fidelidad.

***

Purifícanos, Señor, para que veamos Tu luz y demos frutos que de nosotros esperas.


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Nos presentamos hoy —ante el Señor— para pedir su auxilio. Quizá perdidos. Quizá distraídos. Quizá nuestros pensamientos y corazones están en otro lugar.

***

Ven, Señor, para que estemos preparados para ti que estás presente y que vienes a cada uno.  Llévanos contigo a tu Monte Santo. Purifícanos. Purifica nuestros ojos. Para que podamos verte.


 

2 Peter 1:16. Eyewitnesses Of His Majesty


De muchas maneras Dios viene a nosotros. Aunque siempre vivimos en su presencia. Viene con desafíos siempre nuevos.

Ahora, en este tiempo sagrado de la Cuaresma, viene para convertirnos. Para mostrarnos el camino. Para mostrarnos qué tenemos que cambiar — en mi vida, en nuestra vida— cada uno. Para que escuchemos su voz y nos guiemos por ella en la vida.

***

Purifícanos, Señor. Para que te escuchemos. Hoy. Ahora. En esta Santa Misa.


2 Peter 1:16. Eyewitnesses Of His Majesty


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MONICIÓN INICIAL

Hoy es Miércoles de Ceniza. Y nos reunimos para iniciar juntos la Cuaresma.

Para nosotros es un día muy especial, en el cual la Iglesia nos ofrece un rito de perdón y de reconciliación.

La imposición de la ceniza es símbolo –sobre todo– de abrirse a la misericordia divina.

En la Misa de hoy se omite el Acto Penitencial, que se realizará en la imposición de la Ceniza, que llegará luego de escuchar las lecturas bíblicas y la homilía del sacerdote.

Después de la explicación de la Palabra de Dios, el celebrante bendecirá la ceniza y comenzará su imposición.

La Cuaresma ha empezado.


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Estamos ya en el último domingo antes de la Cuaresma. Todavía celebramos en este color verde de la esperanza. Pero ya el próximo Miércoles de Ceniza nos abrirá a ese Tiempo maravilloso de la Pascua.

A veces nos parece que el amor consiste más en dar que en recibir. Amo porque doy, me sacrifico, encuentro tiempo para alguien. Qué difícil es recibir al otro así como es, aunque nos parezca que es peor que nosotros, que camina con esa insoportable viga en el ojo.

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Señor, purifícanos, para que no solo escuchemos tus palabras, sino que también las aceptemos como luz para nuestra vida. 


El Evangelio de hoy nos presentará una vez más como un gran reto, el reto del amor muy difícil, del amor a los que no nos aman, y que a veces son nuestros enemigos. Con mucha frecuencia este es nuestro gran problema, nuestro gran combate interior. Por eso en esta Santa Misa, pidiéndole a Dios perdón por todos nuestros pecados, pidámosle también que entre nosotros haya menos odio, menos agresión, menos violencia.

***

Señor, purifícanos de todos los pecados, sobre todo de los pecados contra el amor, que nos cierran el camino hacia ti y cierran nuestros corazones a tu presencia.

 


Venimos hoy para que el Señor nos colme de su sabiduría, que es algo más que conocimiento. Sabiduría es la capacidad de mirar las cosas de manera más profunda, más plena, más madura.

Esa clase de sabiduría necesitamos ahora para poder participar plenamente en la Santa Misa y también para abrirnos al misterio de la presencia divina, del amor divino, que purifica.

***

Perdónanos, Señor, todo aquello que en nosotros no es sabiduría, aquello que —en ese sentido espiritual— es estupidez y necedad.


El Señor está con nosotros porque estamos reunidos en su Nombre. Y cada uno de nosotros, al inicio de esta Santa Misa, que encuentre en su interior aquella parte que está abierta a Dios, que está dispuesta a recibirlo, a ser purificada, dispuesta a aceptar el llamado que también hoy Él nos va a hacer. A dejar la orilla de las cosas. A dejar la superficie de nuestra vida. Y llevar la barca hacia aguas más profundas. De nuestro corazón.

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Señor, purifícanos, para que seamos dignos de encontrarnos contigo.


Hoy venimos a escondernos bajo la sombra de las alas del Señor. Pero no para huir del mundo. No para esquivar a los demás.

Queremos escondernos a la sombra de sus alas. Porque la sombra de las alas divinas nos da ánimo. Nos da valor. Para que no nos rajemos. Ante lo que es difícil. Ante lo que es verdadero.

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Hoy, escóndenos, Señor, bajo Tus alas. Y fortalécenos con esta Eucaristía.


Hoy escucharemos a San Lucas que nos contará cómo Jesús, después de su bautismo, llega al pueblo de Nazaret y el sábado entra en la Sinagoga, cómo le entregarán el libro del profeta Isaías, y cómo al terminar de leer dice: «Hoy se cumple la Escritura que acaban de oír».

Este «hoy» es importante. Porque «hoy» quiere decir ahora, en este momento, cuando nos reunimos, Jesús también abre el libro, lee las Escrituras, y nos explica su sentido, porque Él vive. Vive en su Iglesia. Vive entre nosotros. Y en cada uno de nosotros.

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Purifícanos, Señor. Para que nuestro ojo interior sepa abrirse. Y percibamos tu presencia entre nosotros.


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Hay momentos cuando sentimos que nuestra vida está como en ruinas. Desolada. Que se nos acabó la alegría. Como el vino en aquella boda en Caná. El vino del matrimonio. El vino de la familia. El vino de la salud. El vino de la fe.

— Considera invitar a María. Ella interviene cuando en tu mesa falta el vino.

— Considera invitar a Jesús. Él puede llenar las tinajas de tu corazón con un vino mejor.

[Considéralo. Jesús empieza a mostrar su gloria —en nuestra vida—  cuando se acaba nuestro vino.]

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Señor, purifícanos, para que veamos signos de tu amor y de tu poder en nosotros y  en torno a nosotros. Para que la participación en esta Santa Misa sea para nosotros un nuevo descubrimiento de tu poder y amor.


Hoy es el Domingo del Bautismo del Señor con el que concluye el Tiempo Litúrgico de Navidad.

El Niño a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén —este Niño que se les perdió a María y a José en el Templo y que en Nazaret, iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia— ha llegado al día cuando el Padre lo presenta como su Hijo predilecto y lo unge con su Espíritu, para que proclame a todas la naciones la Buena Nueva: la ley del amor.

***

Señor, Tú que nos concediste el Sacramento del Bautismo, renueva en nosotros Tu vida. Haznos capaces de escuchar Tu Palabra y de recibir dignamente Tu Cuerpo en estos sagrados misterios de la Misa.