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Cercana ya la Noche Santa de la Pascua, después de habernos preparado con nuestra penitencia y nuestras obras de caridad, nos disponemos hoy a entrar en los misterios de la Semana Mayor, misterios que empezaron con la entrada de Jesús en la Ciudad Santa de Jerusalén.

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Hoy es el Domingo de Ramos. Hoy escucharemos el Evangelio de la Pasión. Hoy Nuestro Señor cumple su misión de Siervo y nos entrega su vida.

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Que el Señor nos conceda el amor y el tiempo para acompañarlo en estos días santos lo más cerca posible.


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En este tiempo de Cuaresma el Señor viene a nosotros como el Misericordioso que sabe mirar en lo más profundo del corazón y de la conciencia de cada persona. No para sedar, sino para ayudarnos a encontrar nuestra propia dignidad y valor.

Este es el sentido de nuestro trabajo espiritual durante la Cuaresma.

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Estamos ya a las puertas de la Semana Mayor que iniciaremos el próximo domingo, el Domingo de Ramos.

Aprovechemos el tiempo de Cuaresma que nos queda para que muera lo que tiene que morir.


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Hoy es el cuarto Domingo de Cuaresma. El cuarto momento de nuestra reflexión en el camino por el desierto cuando nos purificamos para llegar a la Pascua. Al cambio interior. A la renovación de vida.

Hoy escucharemos en el Evangelio la parábola del hijo pródigo que Jesús contó a los publicanos, a los fariseos.

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Durante esta Cuaresma que cada uno de nosotros busque al publicano que lleva dentro. Es decir: a aquel a quien viene Dios para decirle una palabra de esperanza. Una palabra de ánimo. Una palabra que llama al cambio.


 


Hoy es el tercer Domingo de Cuaresma. La tercera etapa de nuestro viaje espiritual a Jerusalén. Viaje en el que cada uno de nosotros busca al publicano que lleva dentro. Al pecador. Pero al pecador que busca su conversión. Y que quiere seguir al Señor. Y servirle con fidelidad.

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Purifícanos, Señor, para que veamos Tu luz y demos frutos que de nosotros esperas.


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Nos presentamos hoy —ante el Señor— para pedir su auxilio. Quizá perdidos. Quizá distraídos. Quizá nuestros pensamientos y corazones están en otro lugar.

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Ven, Señor, para que estemos preparados para ti que estás presente y que vienes a cada uno.  Llévanos contigo a tu Monte Santo. Purifícanos. Purifica nuestros ojos. Para que podamos verte.


 

2 Peter 1:16. Eyewitnesses Of His Majesty


De muchas maneras Dios viene a nosotros. Aunque siempre vivimos en su presencia. Viene con desafíos siempre nuevos.

Ahora, en este tiempo sagrado de la Cuaresma, viene para convertirnos. Para mostrarnos el camino. Para mostrarnos qué tenemos que cambiar — en mi vida, en nuestra vida— cada uno. Para que escuchemos su voz y nos guiemos por ella en la vida.

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Purifícanos, Señor. Para que te escuchemos. Hoy. Ahora. En esta Santa Misa.


Estamos ya en el último domingo antes de la Cuaresma. Todavía celebramos en este color verde de la esperanza. Pero ya el próximo Miércoles de Ceniza nos abrirá a ese Tiempo maravilloso de la Pascua.

A veces nos parece que el amor consiste más en dar que en recibir. Amo porque doy, me sacrifico, encuentro tiempo para alguien. Qué difícil es recibir al otro así como es, aunque nos parezca que es peor que nosotros, que camina con esa insoportable viga en el ojo.

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Señor, purifícanos, para que no solo escuchemos tus palabras, sino que también las aceptemos como luz para nuestra vida. 


El Evangelio de hoy nos presentará una vez más como un gran reto, el reto del amor muy difícil, del amor a los que no nos aman, y que a veces son nuestros enemigos. Con mucha frecuencia este es nuestro gran problema, nuestro gran combate interior. Por eso en esta Santa Misa, pidiéndole a Dios perdón por todos nuestros pecados, pidámosle también que entre nosotros haya menos odio, menos agresión, menos violencia.

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Señor, purifícanos de todos los pecados, sobre todo de los pecados contra el amor, que nos cierran el camino hacia ti y cierran nuestros corazones a tu presencia.

 


Venimos hoy para que el Señor nos colme de su sabiduría, que es algo más que conocimiento. Sabiduría es la capacidad mirar las cosas de manera más profunda, más plena, más madura.

Esa clase de sabiduría necesitamos ahora para poder participar plenamente en la Santa Misa y también para abrirnos al misterio de la presencia divina, del amor divino, que purifica.

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Perdónanos, Señor, todo aquello que en nosotros no es sabiduría, aquello que —en ese sentido espiritual— es estupidez y necedad.


El Señor está con nosotros porque estamos reunidos en su Nombre. Y cada uno de nosotros, al inicio de esta Santa Misa, que encuentre en su interior aquella parte que está abierta a Dios, que está dispuesta a recibirlo, dispuesta a ser purificada, dispuesta a aceptar el llamado que también hoy Él nos va a hacer.

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Señor, purifícanos, para que seamos dignos de encontrarnos contigo.


Hoy venimos a escondernos bajo la sombra de sus alas. Pero no para huir del mundo. No para esquivar a los demás.

Queremos escondernos a la sombra de las alas del Señor. Porque la sombra de las alas divinas nos da ánimo. Nos da valor. Para que no nos rajemos. Ante lo que es difícil. Ante lo que es verdadero.

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Hoy, escóndenos, Señor, bajo Tus alas. Y fortalécenos con esta Eucaristía.


Hoy escucharemos a San Lucas que nos contará cómo Jesús, después de su bautismo, llega al pueblo de Nazaret y el sábado entra en la Sinagoga, cómo le entregarán el libro del profeta Isaías, y cómo al terminar de leer dice: «Hoy se cumple la Escritura que acaban de oír».

Este «hoy» es importante. Porque «hoy» quiere decir ahora, en este momento, cuando nos reunimos, Jesús también abre el libro, lee las Escrituras, y nos explica su sentido, porque Él vive. Vive en su Iglesia. Vive entre nosotros. Y en cada uno de nosotros.

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Purifícanos, Señor. Para que nuestro ojo interior sepa abrirse. Y percibamos tu presencia entre nosotros.


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Hay momentos cuando sentimos que nuestra vida está como en ruinas. Desolada. Que se nos acabó la alegría. Como el vino en aquella boda en Caná. El vino del matrimonio. El vino de la familia. El vino de la salud. El vino de la fe.

— Considera invitar a María. Ella interviene cuando en tu mesa falta el vino.

— Considera invitar a Jesús. Él puede llenar las tinajas de tu corazón con un vino mejor.

[Considéralo. Jesús empieza a mostrar su gloria —en nuestra vida—  cuando se acaba nuestro vino.]

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Señor, purifícanos, para que veamos signos de tu amor y de tu poder en nosotros y  en torno a nosotros. Para que la participación en esta Santa Misa sea para nosotros un nuevo descubrimiento de tu poder y amor.


Hoy es el Domingo del Bautismo del Señor con el que concluye el Tiempo Litúrgico de Navidad.

El Niño a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén —este Niño que se les perdió a María y a José en el Templo y que en Nazaret, iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia— ha llegado al día cuando el Padre lo presenta como su Hijo predilecto y lo unge con su Espíritu, para que proclame a todas la naciones la Buena Nueva: la ley del amor.

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Señor, Tú que nos concediste el Sacramento del Bautismo, renueva en nosotros Tu vida. Haznos capaces de escuchar Tu Palabra y de recibir dignamente Tu Cuerpo en estos sagrados misterios de la Misa.


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El día de hoy, después del Evangelio (o bien en otro momento idóneo, como por ejemplo en el silencio después de la Comunión), se puede proclamar el anuncio de la fecha de la Pascua y de las demás fiestas del año.


ANUNCIO DE LA PASCUA Y DE LAS CELEBRACIONES MÓVILES

Queridos hermanos,

con el favor de la misericordia de Dios

—así como nos hemos alegrado por el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo—

les anunciamos la alegría de la Resurrección de nuestro Salvador.

El día 6 de marzo será el Miércoles de Ceniza,

comienzo del ayuno de la Sagrada Cuaresma.

El día 21 de abril celebraremos con alegría la Santa Pascua de Nuestro Señor Jesucristo.

El día 2 de junio: la Ascensión del Señor.

El día 9 de junio: la Fiesta de Pentecostés.

El día 20 de junio: la Fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

El día 1 de diciembre será el primer Domingo del Adviento de Nuestro Señor Jesucristo,

a Quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Amén.