Este domingo nos prepara para el fin del año litúrgico. Y el fin del año siempre nos habla también un poco del fin de la vida. Es el secreto del fin. Y Jesús nos advierte: «Cuídense de que nadie los engañe».

Porque de hecho podemos dejarnos engañar cuando escuchamos que «días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están mirando».

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Se va terminando el año cristiano. Nos despedimos este domingo del color verde de la liturgia.

El próximo domingo —el último— es la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Y luego el Adviento.

Y este tema ya está presente en las Lecturas.

Pero ahora —en este momento— sabemos que Él viene. Viene en esta Misa: en este misterio de la Presencia.

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Purifícanos, Señor. Para que Te recibamos dignamente.


En el Evangelio de este domingo aparece el caso absurdo de una mujer que se casa y enviuda siete veces. Los saduceos usan esta historia inverosímil para plantear la pregunta sobre quién la tendrá como esposa en el más allá. Y hacen ese cuestionamiento a Jesús para demostrar lo absurdo —según ellos— de la fe en la resurrección de los muertos.

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No es fácil creer en la vida eterna. Quizás porque nos la imaginamos como una vida de duración infinita, y no como la misma «vida del Eterno» en nosotros.

Por eso la única pequeña eternidad en la que creen los saduceos es la supervivencia del código genético de la familia, y que resulta tan importante que justifica el pasar de esa mujer de mano en mano, cual si fuera un objeto o una hembra reproductora: «El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda» ¿De quién será cuando llegue la resurrección?

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Venir a Misa significa encontrar refugio bajo la sombra de las alas del Omnipotente: no para buscar una falsa seguridad, sino para encontrar una profunda paz interior.

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Pidámosle a Dios perdón por nuestros pecados, para que su paz colme nuestros corazones.


Al pasar por ahí Jesús levantó los ojos. Y miró a aquel hombre desde abajo, como cuando lavaba los pies a los discípulos. Esta es la perspectiva desde donde nos mira Dios. Dios nunca nos mira desde arriba de una nube celestial, sino siempre desde abajo: con infinito respeto, anulando toda distancia.

Así que Zaqueo —que trata de ver a Jesús—descubre que es visto por Jesús.

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En el Evangelio de hoy escucharemos sobre el publicano Zaqueo que se subió a un árbol, porque quería ver al Señor.

Cada uno de nosotros —espiritualmente— debería treparse a ese árbol. Para saber si de veras estoy esperando a Aquel que va a pasar por aquí. Quizá se fije en mí. Quizá me llame por mi nombre.

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Señor, purifícanos, para que Te veamos cuando pases junto a nosotros en esta Eucaristía.


Nos reunimos hoy para orar por todos los Fieles Difuntos.

Con un amor especial le pedimos a Dios por nuestros seres queridos: por nuestros familiares y amigos que ya no están con nosotros.

Pero recordamos también a aquellos difuntos por los que nadie ora, y que necesitan de nuestro apoyo para cruzar el umbral de la casa del Padre.

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Purifícanos, Señor, de nuestros pecados. Limpia nuestros corazones. Para que seamos dignos de presentar ante Ti nuestras plegarias y participar en este Santo Sacrificio de la Misa.


En el misterio de la muerte —que meditamos en estos días— la Iglesia nos invita a entrar por la puerta de la esperanza: a creer que de veras existe ese lugar preparado para nosotros en el cielo.

Y que en la Casa del Padre hay muchas habitaciones: incontables habitaciones.

Y que estos nuestros hermanos y hermanas que ya alcanzaron la meta de su peregrinación están con nosotros, nos ayudan, y nos enseñan el camino.

Purifícanos, Señor de nuestros pecados.


Ahora resulta que no se puede orar y despreciar a los demás. Ahora resulta que —según Jesús— no se puede adorar a Dios y humillar a sus hijos, como lo hace el fariseo. En este caso —según Jesús— hacer oración puede ser incluso peligroso: porque puedes regresar a tu casa con un pecado más.

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El domingo pasado decíamos que «uno se convierte en lo que ora». Y hoy el Evangelio nos presenta dos modelos de orar, es decir dos modos de relacionarnos con los demás, de buscar nuestra identidad, de construirnos como personas. El paso de un modelo a otro lo podríamos llamar conversión.

Pero veamos estos dos modelos más de cerca. Porque además estos dos personajes son como nuestras subpersonalidades que llevamos dentro cada uno de nosotros.

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