Celebramos el segundo domingo de Adviento: un paso más hacia la Navidad.

Y muy oportunamente —en en el Evangelio— la voz enérgica de Juan el Bautista nos llamará a preparar el camino para el Señor que viene. A arreglar las calles y las habitaciones de nuestro corazón. A quitar los obstáculos que nos separan unos de otros. A abrir caminos nuevos de generosidad.

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Reconozcamos nuestros pecados.


«Ven, Señor, no tardes». Esta es la plegaria que —en este tiempo de Adviento que hoy iniciamos— repetiremos una y otra vez: «Ven, Señor».

Esta es también la paradoja del Adviento. «El Señor está con nosotros» y —sin embargo— esperamos que venga a nosotros.

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Iniciamos el Adviento.

La espera de Aquel «que es, que era y que va a venir».

La venida de Aquel que vino y que mostró el camino a la plenitud, es decir: a la salvación.

Pero debemos entrar en este camino. Cada uno. Personalmente.

Personalmente aceptando la invitación. Transformando nuestra vida.

Y esto significa que hay mucha oscuridad, injusticia. En cada uno de nosotros.  Entre nosotros.

Por eso —iniciando este tiempo de gracia— llamamos: ¡Ven pronto, Señor! Que tu justicia baje del cielo. Que transforme este mundo. A cada uno de nosotros.

[Perdónanos todo lo que en nuestra vida no es espera de tu venida. Perdónanos todo lo que es nuestra complicidad en el mal, en la mentira y en la agresión del mundo.]


«¡Si tú eres el Mesías de Dios, sálvate a ti mismo!» Las autoridades religiosas del pueblo se escandalizaron: ¿qué clase de Dios es éste que deja morir a su Mesías?

Se escandalizaron los soldados, los hombres fuertes: «Si tú eres el rey, sálvate a ti mismo». ¿Acaso hay algo que vale más que la vida?

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Hoy —último domingo del Año Litúrgico— nuestros ojos se fijan en Jesucristo, Rey del Universo. Rey de vida nueva, que quiere reinar en el corazón de cada hombre y de cada familia. El Divino Ladrón que desde la cruz nos promete el paraíso, para que seamos misericordiosos.

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Pidámosle perdón por nuestros pecados, por todos esos momentos y decisiones en nuestra vida, cuando nos hemos arrodillado ante otros reyes, ante otros señores.


Este domingo nos prepara para el fin del año litúrgico. Y el fin del año siempre nos habla también un poco del fin de la vida. Es el secreto del fin. Y Jesús nos advierte: «Cuídense de que nadie los engañe».

Porque de hecho podemos dejarnos engañar cuando escuchamos que «días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están mirando».

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Se va terminando el año cristiano. Nos despedimos este domingo del color verde de la liturgia.

El próximo domingo —el último— es la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Y luego el Adviento.

Y este tema ya está presente en las Lecturas.

Pero ahora —en este momento— sabemos que Él viene. Viene en esta Misa: en este misterio de la Presencia.

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Purifícanos, Señor. Para que Te recibamos dignamente.


En el Evangelio de este domingo aparece el caso absurdo de una mujer que se casa y enviuda siete veces. Los saduceos usan esta historia inverosímil para plantear la pregunta sobre quién la tendrá como esposa en el más allá. Y hacen ese cuestionamiento a Jesús para demostrar lo absurdo —según ellos— de la fe en la resurrección de los muertos.

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No es fácil creer en la vida eterna. Quizás porque nos la imaginamos como una vida de duración infinita, y no como la misma «vida del Eterno» en nosotros.

Por eso la única pequeña eternidad en la que creen los saduceos es la supervivencia del código genético de la familia, y que resulta tan importante que justifica el pasar de esa mujer de mano en mano, cual si fuera un objeto o una hembra reproductora: «El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda» ¿De quién será cuando llegue la resurrección?

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Venir a Misa significa encontrar refugio bajo la sombra de las alas del Omnipotente: no para buscar una falsa seguridad, sino para encontrar una profunda paz interior.

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Pidámosle a Dios perdón por nuestros pecados, para que su paz colme nuestros corazones.


Al pasar por ahí Jesús levantó los ojos. Y miró a aquel hombre desde abajo, como cuando lavaba los pies a los discípulos. Esta es la perspectiva desde donde nos mira Dios. Dios nunca nos mira desde arriba de una nube celestial, sino siempre desde abajo: con infinito respeto, anulando toda distancia.

Así que Zaqueo —que trata de ver a Jesús—descubre que es visto por Jesús.

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