Venimos a esta misa porque Él vino a nosotros primero. A todos nosotros. Y a cada uno singularmente.

Y antes de abrir nuestros oídos y nuestras mentes a su palabra —y nuestra vida a su cuerpo— pidámosle que su presencia nos transforme, nos purifique. De toda tiniebla, de todo lo que nos lastima, y disminuye. De todo lo que lastima a otros.


Para nosotros resulta imposible no identificar a Dios con el pastor, la mujer y el padre, pero no debemos olvidar que el punto que Jesús quería resaltar es si nosotros somos capaces de reproducir las actitudes de estos tres personajes: del pastor, de la mujer y del padre.

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Había como una química misteriosa entre Jesús y los pecadores, una búsqueda mutua que escandalizaba a los escribas y a los sacerdotes: — «¡Estos pecadores son enemigos de Dios!»

Y Jesús tres veces muestra que Dios es amigo de aquellos que son sus enemigos.

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Estamos en el Domingo 24 del Tiempo Ordinario. Esto significa que ya por vigésima cuarta vez vivimos este año el misterio de la Pascua, el misterio de la Resurrección.

Hoy, en las lecturas, el acento está en la misericordia. Venimos a sumergirnos en la presencia del Dios misericordioso. La santa misa es ese espacio —esa oportunidad— que nos damos para sumergirnos en la verdad de la misericordia divina.

Límpianos, Señor. Para que estemos dispuestos a recibirte. Cuando vengas a nosotros en tu palabra, en tu cuerpo.


Ese hombre que no tiene recursos para terminar la torre —ese hombre que construye esa torre ridícula —esa torre mocha que con razón es objeto de burlas— ese cristianismo impresentable que no sirve, que da pena, que no llega al corazón de nadie— somos nosotros cuando pensamos que seguir a Jesús significa seguir en una religiosidad infantil y en nuestros roles familiares infantiles.

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El Señor viene a cada uno de nosotros hoy y ahora. La pregunta es si estoy listo.

Es una pregunta que siempre debemos hacernos: si estoy listo para darme cuenta de que Él viene. E incluso más: si estoy listo para recibirLo y seguirLo.

Este es el pensamiento básico que la Liturgia nos propone hoy para nuestra reflexión y decisión: «seguir a Cristo».

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Señor, perdónanos nuestros pecados, todos los errores y las malas acciones que hemos realizado por no seguir tus pasos.


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El lugar. ¿Cuál es mi lugar? Yo quiero un lugar.

Desde el tiempo del Génesis el hombre quiere un lugar de honor: anhela el lugar de Dios. ¿Cuál es nuestro lugar?

A través de esta historia de los invitados a comer que escogen los primeros lugares, a través del ejemplo divertido de quien es obligado por la vida —por el dueño de la casa— a ocupar el ultimo lugar, podemos entender que hay una actitud peligrosa en nuestro corazón: creer que el lugar nos lo escogemos nosotros. Creer que el lugar nos lo asignamos nosotros.

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Iniciamos esta nueva semana y este nuevo mes con la oración: con ese tiempo en el que de manera especial nos abrimos a la presencia de Cristo entre nosotros y en cada uno de nosotros.

Limpia, Señor, todo lo que en nosotros es malo, mezquino. Para que estemos abiertos a tu amor y a tu presencia.


En el Evangelio de hoy aparece esta imagen que queda grabada en nuestra fantasía cristiana: la puerta angosta. La puerta angosta por la que muchos tratarán de entrar y no podrán. ¿Por qué no podrán?

Luego se habla del dueño de la casa que cierra la puerta. Y uno se queda fuera, empieza a tocar, pero ya no es el tiempo de entrar. ¿Qué clase de puerta es ésa?

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Por la puerta ancha quiere entrar aquel que piensa que ya huele a Dios y a incienso. Y creo que todos hemos oído esta crítica: «Van a la iglesia, pero afuera son peores que los que no van».

De hecho, cuando se cierra la puerta, comienza la crisis «de los buenos». «Hemos comido y bebido contigo» (alusión a la Eucaristía), «enseñaste en nuestras plazas» (conocemos el Evangelio y el catecismo), ¿por qué no nos abres?

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Un Domingo más nos reunimos para celebrar la presencia de Dios entre nosotros, para escuchar su Palabra, y para alimentarnos en su Mesa.

[Dispongámonos a vivir con intensidad y alegría este Encuentro con el Señor. Él es el camino que nos conduce a la paz, la respuesta a nuestras preguntas, la puerta por la que se entra a la Casa.]

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Purifícanos Señor, para que estemos dispuestos a recibir tu Palabra y tu Cuerpo.