Domingo 21 de Julio 2019 – Domingo 16º T.O. C – Otra homilía

18 de julio de 2019 — Deja un comentario

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En la Primera Lectura escuchamos como Abraham —mientras estaba sentado en la entrada de su tienda— vio venir a los extranjeros y los recibió. Les preparó una fiesta, tratándolos como si fueran reyes. Éste es uno de los actos más antiguos e importantes de los seres humanos en todo el mundo: dar la bienvenida al extraño.

¿Por qué se hace eso?

Primero porque cualquier día tú mismo puedes ser un extraño y necesitar ayuda. En el desierto, el que viene de fuera necesita ayuda. Un día tú mismo puedes también perderte en el desierto. La Biblia dice: «reciban al extranjero, porque también ustedes fueron una vez extranjeros en la tierra de Egipto».

Hay una canción que se canta en Inglaterra y que explica por qué debemos cuidar a los extraños, si no queremos quedarnos solos. Dice esta canción que cuando —en la Segunda Guerra Mundial— los nazis perseguían a los judíos, yo no decía nada, porque no era uno de ellos. Y después persiguieron a los gitanos, y me quedé callado, porque yo no era gitano. Y después vinieron por los católicos, y mantuve mi boca cerrada, porque yo era protestante. La canción continúa enumerando en cada nueva estrofa los nombres de los perseguidos de turno. La última estrofa dice así: «y cuando vinieron a buscarme a mí, ya no quedaba nadie para hablar en mi defensa».

Pero —lo que es más importante todavía— debo recibir al extraño porque él o ella es el símbolo de Dios [como «el samaritano» del domingo pasado]. Cuando recibo a un extraño es a Dios a quien estoy abriendo mi corazón. Y Dios —siempre que viene a visitarnos de esta manera— desestabiliza nuestras vidas.

Abraham estaba sentado en su tienda esperando pasar una tarde tranquila y apacible con Sara cuando aparecieron los extranjeros que necesitaban alimento, rompiendo así la paz y la tranquilidad. Cuando Dios llega hasta nosotros en los extraños, da un vuelco a nuestra vida, la pone «patas arriba».

***

Los extraños entre nosotros son Cristo que llama a nuestra puerta. Si los recibimos, eso complicará nuestra vida. Porque el secreto de la hospitalidad verdadera no es sólo dar de comer al extraño, sino escuchar lo que dice, aceptarle tal y como es.

Cuando Jesús va a la casa de Marta y María, Marta se molesta porque ella tiene que ir de un lado para otro preparando la comida. Piensa que María está realizando la parte más fácil y la más cómoda: simplemente sentada y escuchando.

Pero eso no es verdad, porque, ante un extraño, lo más difícil es escuchar lo que tiene que decir. Darle bebida y comida lleva tiempo, pero cuando se va, nuestra vida puede continuar como hasta entonces. Por el contrario, si le escuchamos, ya nunca podremos ser los mismos. Si escuchas a Jesús, puede pedirte que abandones tu casa y le sigas. Puede pedirnos que cambiemos nuestras costumbres y que modifiquemos nuestro estilo de vida.

Dios llega hasta nosotros en los extraños que piden que les escuchemos y les recibamos. Esto ocurre incluso en nuestras propias familias. A veces un hijo, o el marido o la esposa pueden parecernos extraños a quienes ya no entendemos, pidiéndonos que abramos nuestros oídos. Podemos darles comida y bebida, pero ¿nos atrevemos a escuchar lo que dicen? Puede ser demasiado molesto. Es más fácil llenar sus bocas que abrir nuestros oídos.

Escuchar es peligroso. Muchas cosas de nuestra religión parecen muy piadosas. Vamos a misa, rezamos oraciones, recitamos novenas, cuidamos del templo. Todo esto son cosas muy buenas. Y sin embargo debemos tener cuidado de que no sustituyan la escucha de Dios: el extraño peligroso. Podemos tratarle como un invitado al que hacemos una fiesta, como Marta, pero realmente ignorarle.

***

La religión —la religión barata— demasiadas veces se convierte en un sistema de pertenencia que nos sirve para llevar la misma vida de siempre.

En realidad la religión debería ser un agente de transformación de las personas. La religión auténtica debe atreverse a decir palabras que molestan a la gente, y ponen sus vidas «patas arriba».

***

Es bello compartir comida y bebida. Pero hoy la Palabra de Dios nos reta a compartir algo más.

«¡Cada paso implica un riesgo!» —solía decir cierto maestro de baile— «Puede dar lugar a una danza nueva».

Se trata de que nos atrevamos a dejarnos afectar mutuamente en nuestras vidas, y que encontremos y reconozcamos y recibamos a Cristo en los otros.


 

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