Domingo 21 de Julio 2019 – Domingo 16º T.O. C – Una tercera homilía

18 de julio de 2019 — Deja un comentario

Diego_Velázquez_008


Después de haber escuchado el domingo pasado la Parábola del Buen Samaritano, llegamos a este Evangelio que nos da la clave de lectura de lo que significa ser discípulos de Jesús. Y esto se nos presenta en la diferencia de dos hermanas.

Jesús entra en un poblado y una mujer llamada Marta lo recibe en su casa. Ella aparenta claramente ser la hermana mayor, la primogénita. Es la responsable, la que carga sobre sus espaldas la responsabilidad de todo, como muy a menudos hacen los hijos mayores.

[No se nos olvide que en el AT era necesario ofrecer un sacrificio por los hijos primogénitos. Hay muchos primogénitos en este mundo por los cuales es necesario ofrecer sacrificios porque hay que liberarlos de sus demonios.]

El problema de Marta nace de una cosa muy hermosa. Es ella la que recibe a Jesús. Es ella la que toma la iniciativa. Es ella la que abre las puertas de su casa a Jesús.

Ella tenía una hermana menor llamada María. María, la segundogénita, sin remordimientos deja todas la responsabilidades a la primogénita, no tiene problemas, tranquilamente sentada a los pies de Jesús, se pone a escucharlo. Se deja inundar por la alegría que entró en su casa.

En cambio Marta anda ocupada en muchos quehaceres.

Para entenderla, debemos meternos un poco en los zapatos de Marta. Porque invitar a Jesús a cenar, a comer, debía ser algo un poco complicado. Tú lo invitabas a Él y con Él venían sus doce amigos. Era algo complicado.

Marta afronta la situación como puede. Hay el problema del invitado. Este es el problema del Evangelio de hoy: el invitado, el trauma del invitado.

Debemos recordar que en la cultura rural antigua, ante un invitado, ante una visita, había que tirar la casa por la ventana. Al invitado hay que ofrecer el mejor servicio. Lo mejor de lo mejor. Hay que causar buena impresión, porque si no qué van a pensar los vecinos. Un invitado exige que se hagan tantas cosas. No se le  puede ofrecer simplemente lo que hay. Hay que sacar lo mejor y ofrecer hasta lo que no tienes, para aparentar que sí lo tienes, que sí lo comes siempre. Sacar la mejor vajilla, la mejor ropa.

Hay que quedar bien. Este es el problema: el invitado que te pide muchos servicios. El invitado, cuya presencia se convierte en un examen. La presión de su mirada sobre de tu piel se convierte en lo que te va a evaluar. El deber de sobrevivir al trauma del invitado. Esta es una realidad muy común, muy extendida. Tanta gente vive así. Todos un poco vivimos eso: los demás nos miran. Debemos dar la buena impresión. Entonces debemos vivir con nuestra máscara de personas exitosas, amables, comestibles. La realidad es que Marta queda atrapada en estos muchos quehaceres.

Pero en un momento determinado se manifiesta la total despreocupación de la hermana menor que le ha dejado a Marta el peso de los sentimiento de culpa. Y Marta que se enoja, en realidad se enoja con Jesús. Porque es Jesús quien debería darse cuenta de su cansancio.

Como sucede tantas veces con la personas que nos presentan la cuenta [factura] de cosas que no les hemos pedido. Nadie te ha pedido de hacer, de llevar el peso de la situación, de cargar con los sentimientos de culpa, por los cuales te has puesto a hacer mucho más de lo que deberías hacer, pero después me pides que yo pague la cuenta y soporte estas escenas de «Dios mío qué cansada estás… »

De hecho Marta dice: «¿no te has dado cuenta?», o sea: ¿no te importa nada mi cansancio? ¿Todo lo que yo hago y que mi hermana no me ayuda?

Es cierto: cuando uno hace una cosa, si no la hace con un corazón verdaderamente recto, pretende siempre que los otros se pongan a hacer la misma cosa. Apunta el dedo sobre los demás. Es la diferencia entre aquellos que hacen un servicio porque están contentos de hacerlo y aquellos que hacen un servicio y después se ponen a mirar si también los demás lo hacen.

En la vida hay ejemplos estrepitosos de esta clase. De gente que ofrece servicios pero después se sienta en la cátedra del juez y apunta el dedo sobre todos aquellos que no los hacen.

Marta evidentemente hace las cosas esforzándose, afanándose, y entonces presenta la cuenta, la factura y pretende que los otros se pongan a hacer lo que hace ella. Y Jesús debe darse cuenta de eso. Debe darse cuenta de que tú estés sirviendo; debe tener muy presente la deuda que ha contraído contigo, porque le has hecho ese servicio.

Si estuviéramos nosotros en el lugar de Jesús, ante esta erupción de Marta, ante esa explosión del resentimiento que ella llevaba en el alma, si estuviéramos en el lugar de Jesús, todos nosotros seguramente, muy apenados, empezáramos a decir cosas como: «bueno, pongámonos a ayudar todos», «trata de calmar a tu hermana que ha perdido un poco el control».

En cambio Jesús da una respuesta diferente: «Marta, Marta tú te preocupas y te agitas por muchas cosas, pero una sola cosa es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará».

O sea: María tenía razón. Tiene razón María. María que no hace nada, tiene razón. Marta hizo un esfuerzo inútil. Y no es que aquí estemos atacando a aquellos que se entregan a trabajar en esta tierra. El problema es que hoy hay un invitado diferente en la casa de Marta.

Que los hombres exijan ser pagados por lo que hacen, que la presión  de la mirada de los demás nos impulsa desgraciadamente a hacer cosas para agradarlos y para que nos acepten, eso es comprensible. Pero hoy entró alguien diferente, alguien por quien no hay necesidad de hacer nada. Porque la idea de que Dios esté en un estado de carencia [indigencia] y por eso tiene necesidad de nuestras actividades, de nuestros sacrificios, es una idea absurda.

Nosotros tenemos necesidad de hacer cosas para Dios, pero por nosotros mismos, no porque Él tenga necesidad de ellas. Dios no está tan mal que tenga necesidad de nosotros. Dios nos ama. Es un poco distinto.

El problema es cuál parte tomar en la vida. Aquí se habla de una parte mejor. La parte que no será quitada. Que es la relación con Dios. Las cosas se pueden hacer, se pueden no hacer.

El reto más grande es «estar en la voluntad de Dios». El reto más grande es «escuchar a Cristo».

«Escuchar» en hebreo da origen al verbo «obedecer». También en español. Escuchar a Cristo quiere decir después con alegría hacer las cosas por Él. A partir de haber experimentado de que se nos quitó este costal pesado, lleno de piedras, que es el vivir siempre bajo el examen de las miradas de os demás.

Poder detenerse con Cristo. Poder detenerse para para escucharlo. Descubrir que no es tan importante lo que tú haces por Él, sino lo que Él hace por ti.  Creer en la providencia. Iniciar dejarnos inundar por la ternura de su amor. Esta es la parte mejor. Porque las cosas que Dios nos da no nos las puede quitar nadie. Aquellas que hacemos nosotros, nos las arrancarán miles y miles de veces.

***

Este domingo tenemos una oportunidad maravillosa de dejar los costales, dejar los pesos, las cargas de todas estas actividades que no son la voluntad de Dios, y que no somos llamados a hacer.

Nos agitamos por muchas cosas. Pero de una sola cosa hay necesidad. Escuchar a Cristo, obedecerlo y estar con Él.


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