Domingo 21 de Julio 2019 – Domingo 16º T.O. C – Una homilía

19 de julio de 2019 — Deja un comentario

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Hay un verbo importante que aparece en las lecturas de hoy. Es el verbo «recibir».

Seguramente recordamos que entre las siete obras de misericordia llamadas obras corporales de misericordia, hay una que se llama «hospedar al peregrino» o tiene otros nombres parecidos.

Hoy resulta casi imposible realizar esta obra de misericordia en las condiciones usuales de incertidumbre y de inseguridad que tenemos en muchos lugares.

Hospedar a una persona extraña en realidad significa exponer no solamente los bienes, sino incluso la propia vida. Pero esto no quiere decir que esa obra de misericordia deba desaparecer de nuestro horizonte.

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¿Por qué era importante dar hospedaje al peregrino? Porque en el ambiente del desierto no recibir a una persona que va de camino significa sencillamente condenarla a muerte. No habiendo ningún otro recurso, ninguna otra posibilidad de alimento ni de defenderse de la inclemencia del lugar, dejar a un peregrino sin hospedaje, significa literalmente condenarlo a muerte.

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Esa ya no es nuestra situación. Eso no es lo que vivimos la gran mayoría de quienes meditamos hoy estas palabras. Pero el verbo «recibir» sigue siendo tan importante hoy como en aquel tiempo. Sigue siendo importante «recibir» porque hay muchas personas que sufren espantosa soledad.

Tal vez tienen un lugar donde dormir. Tal vez tienen un lugar donde comer. Pero lo que no tienen es el lugar en el corazón de sus propios parientes. Tal vez carecen de amigos.

Por eso necesitamos recuperar el verbo «recibir». Necesitamos practicar la esencia de esta obra de misericordia, porque cualquier día tú mismo puedes ser un extraño y necesitar ayuda.

Un día tú mismo puedes también perderte en el desierto.

La Biblia dice: «reciban al extranjero, porque también ustedes fueron una vez extranjeros en la tierra de Egipto».

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Hay una canción que se canta en Inglaterra y que explica por qué debemos cuidar a los extraños, si no queremos quedarnos solos. Dice esta canción que cuando en la Segunda Guerra Mundial, los nazis perseguían a los judíos, yo no decía nada, porque no era uno de ellos. Y después persiguieron a los gitanos, y me que quedé callado, porque yo no era gitano. Y después vinieron por los católicos, y mantuve mi boca cerrada, porque yo era protestante. La canción continúa enumerando en cada nueva estrofa los nombres de los perseguidos de turno. La última estrofa dice así: «y cuando vinieron a buscarme a mí, ya no quedaba nadie para hablar en mi defensa».

Pero, lo que es más importante todavía: debo recibir al extraño porque él o ella es el símbolo de Dios [como «el samaritano» del evangelio del domingo pasado]. Cuando recibo a un extraño es a Dios a quien estoy abriendo mi corazón. Y Dios —siempre que viene a visitarnos de esta manera— desestabiliza nuestras vidas.

Marta se molesta porque piensa que María está realizando la parte más fácil y la más cómoda: simplemente sentada y escuchando a Jesús.

Pero eso no es verdad, porque, ante un extraño, precisamente lo más difícil es escuchar lo que tiene que decir. Darle bebida y comida lleva tiempo, pero cuando se va, nuestra vida puede continuar como siempre. Por el contrario, si le escuchamos, ya nunca podremos ser los mismos. Si le escuchamos, puede pedirnos que cambiemos nuestras costumbres y que modifiquemos nuestro estilo de vida.

 Dios llega a nosotros en los extraños que piden que los escuchemos y que los recibamos. Esto ocurre incluso en nuestras propias familias. A veces un hijo, o el marido o la esposa pueden parecernos extraños a quienes ya no entendemos, pidiéndonos que abramos nuestros oídos. Podemos darles comida y bebida, pero ¿nos atrevemos a escuchar lo que dicen? Puede ser demasiado molesto. Es más fácil llenar sus bocas que abrir nuestros oídos. Escuchar es peligroso.

Muchas cosas de nuestra religión parecen muy piadosas. Vamos a misa, rezamos el rosario, celebramos novenarios, cuidamos del templo. Todo esto son cosas muy buenas. Y sin embargo debemos tener cuidado de que no sustituyan la escucha de Dios: el extraño peligroso. Podemos tratarle como un invitado al que hacemos una fiesta —como Marta— pero realmente ignorarle.

***

Cuando Dios llega a nuestra vida en los extraños, puede darnos miedo. De hecho, esta es una reacción muy común. Y queremos defendernos. Queremos defender nuestro estilo de vida.

¿Qué hacer con ellos? Un muro. Sí, un muro. Y que lo paguen ellos.

¿Qué les parece esta idea? Construir un muro para defender nuestros valores. Y que lo paguen ellos.

¿Nos escandaliza esta idea? ¿Nos ofende la idea de construir un muro para separar a los ciudadanos de los ilegales?

Pero nosotros, ¿acaso no construimos muros? ¿Muros invisibles —y a veces visibles— para protegernos de quienes no piensan como nosotros? ¿Muros invisibles —y a veces visibles— que —gracias a Dios— dejan fuera a toda esa gente que no son como nosotros?

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Pidámosle al Señor que lo mismo que Marta y María recibieron a Jesús, así también nosotros sepamos reconocer y recibir a Jesús en nuestro hermano, que muchas veces padece necesidad, aunque no se note.


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