Domingo 28 de Julio 2019 – Domingo 17º T.O. C – Una homilía

24 de julio de 2019 — Deja un comentario

248477.p.jpg


Lo que vemos en las Lecturas de este Domingo es algo que podríamos llamar una evolución en la manera de pensar acerca de lo que es la oración y para qué es la oración. La evolución que se ve si comparamos la Primera Lectura con el Evangelio. Que es la evolución que se debe dar también en nuestra comprensión y experiencia personal de la oración y de su papel en la vida nuestra.

En la Primera Lectura vimos a Abraham regateando con Dios. Estamos pues en el AT y hablamos de un personaje que vivía unos 1800 años antes de Cristo. Y la imagen de Dios que esta Lectura nos presenta es algo extraña: parecería que a Dios se le puede convencer para que haga algo o deje de hacer algo.

Y es un Dios más bien vengativo. Un Dios que destruye toda una ciudad o dos ciudades. Un Dios que destruye a las personas que no lo aman. Un Dios muy diferente del Dios del que nos habla Jesús, que es un Dios que ama a sus enemigos, hace bien a los que Lo aborrecen, bendice a los que Lo maldicen, perdona hasta las setenta veces siete, o sea siempre, un Dios que ama, hace bien y presta sin esperar nada en cambio y es bueno con los ingratos y perversos.

O sea que para entender correctamente la Biblia debemos tener muy en cuenta que no todos los pasajes de la Escritura tienen el mismo valor. No es lo mismo el AT y el NT. No tiene el mismo peso la experiencia de Abraham y la experiencia de Jesús. Hay una maduración del pensamiento y de la experiencia. Hay una maduración de la comprensión de cómo es Dios.

Y la manera más madura de entender la Biblia nos llega con Jesús: la Palabra de Dios en persona. Y Jesús —quien es la clave de la Biblia: la llave que abre el sentido de la Biblia— nos enseña cómo en práctica hay que interpretar la Biblia, en qué hay que insistir y en qué no hay que hacerlo. Y es bastante claro que para Jesús no todas las Escrituras han sido creadas iguales, no todos los pasajes de la Biblia tienen la misma concentración, el mismo nivel.

Es evidente que Jesús —de manera sistemática— ignoró, negó o incluso rechazó pasajes excluyentes, punitivos o imperialistas que se encuentran en la Biblia y subrayó los pasajes bíblicos que hablan de la inclusión, misericordia y honestidad. Y lo pudimos ver en los Evangelios de los domingos pasados.

Jesús sabía qué pasajes estaban creando una autopista para Dios y qué pasajes eran adiciones meramente culturales, tribales y legalistas.

Es por eso que Jesús fue acusado de «enseñar con autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 29). Jesús incluso les dijo a los fervorosos y piadosos «maestros de la ley» que estaban en un gran error: «Ustedes no entienden las Escrituras ni el poder de Dios» (Mc 12, 24). Por eso le decían a Jesús que era samaritano y que tenía un demonio.

Porque Jesús señalaba lo que era autentico y rechazaba lo que eran tradiciones puramente humanas, opiniones meramente culturales, comprensiones muy primitivas acerca de cómo es Dios.

Y eso lo vemos en la Primera Lectura.

Sin duda nos alegramos de que Abraham en su regateo con Dios llegó a 10, pero, si nos quedamos con esa imagen y esa comprensión del AT, seguimos teniendo un Dios que destruye a la gente que no está de acuerdo con Él. O sea, seguimos teniendo un Dios enojado y por eso seguimos teniendo muchas razones para tenerle miedo a ese Dios.  Y muchas personas se quedan con esa imagen de Dios. Muchos no hacen el salto al NT.

Habiendo señalado eso nosotros vamos a dar un salto al Evangelio de hoy para ver una comprensión mucho más iluminada.

Antes que nada, Jesús nos enseña a llamarle a Dios «Padre nuestro». O sea alguien en quien podemos confiar. Alguien por quien somos amados. Uno que cuida de nosotros y nos da nuestro pan cotidiano. Uno que perdona nuestras faltas. Y la única condición para el perdón es eso de «como nosotros perdonamos a los demás». Por el contrario, si nosotros no somos personas que perdonan, no tenemos derecho a esperar el perdón de Dios. Si nosotros compartimos la misericordia y la gracia, entonces el canal está abierto y Dios —a través de ese mismo canal— nos puede comunicar misericordia y gracia a nosotros.

Y después Jesús cuenta una historia que parece hablarnos de un Dios que —a fuerza de nuestra insistencia— puede ser convencido a que nos haga algún favor.

Pero la enseñanza importante es saber que, si «estamos con Él, seremos escuchados». En realidad, ese estar con Dios [que es la oración] es necesario para convencernos a nosotros mismos, no a Dios. Convencernos de que de veras Lo necesitamos, de que de veras Lo anhelamos y deseamos.

Jesús dice que quizá a fuerza de insistir y de perseverar el amigo se levantará en medio de la noche. Parece que ese amigo dormido es la imagen de Dios. Pero yo no pienso que Dios esté dormido. Otra vez es nuestra comprensión de Dios. Nos parece que Dios está dormido.

Lo que ayuda es la parte final, donde Jesús dice que quien desea y anhela en lo más profundo de su ser («el que busca, el que toca, el que pide») recibirá. Porque buscar es encontrar. Buscar es abrir el corazón y la mente.

Nuestro deseo, nuestro anhelo, nuestra insistencia y perseverancia nos cambian a nosotros. No se trata de cambiar a Dios. El objetivo no es que Dios cambie de parecer. El objetivo que cambiemos nosotros. El objetivo es disponer al receptor.

Porque lleva tiempo llegar a estar abiertos. Lleva tiempo saber lo que de veras necesitamos. Dios ya está allí listo para dar. Pero a nosotros nos toma un rato llegar a estar listos para recibir lo que Dios nos quiere dar.

***

Pero lo más importante del mensaje evangélico de hoy está en la frase final, donde Jesús dice que la respuesta a toda oración —sin importar lo que pidas en la oración— la respuesta de parte de Dios a toda oración es siempre la misma.

«Pueden imaginarse» —nos dice Jesús— «que si ustedes, que son malos» (es una manera de decir que el amor de Dios es siempre mejor y más grande que el nuestro) «si ustedes saben dar cosas buenas a sus hijos, yo siempre les daré el mejor de todos los dones, que es el Espíritu Santo».

La respuesta a toda oración —a cada una de nuestras oraciones— no es necesariamente darnos exactamente lo que pedimos, sino que es siempre e invariablemente el Espíritu Santo. Que es mejor que cualquier cosa que podamos pedir.

Porque el Espíritu Santo abrirá nuestro corazón y nuestra mente para que entendamos lo que de veras necesitamos. Y nos ayudará a distinguir entre lo que queremos y lo que de veras necesitamos. Porque no es lo mismo. A veces queremos lo que no nos conviene. Como los niños.

Y lo que de veras necesitamos —muy a menudo— no es lo que [al inicio] queremos.

Y lo que necesitamos todos es siempre y para siempre el Espíritu Santo.


 

No hay comentarios

¡Se el primero en comenzar la conversación!

Puedes dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .