Domingo 28 de Julio 2019 – Domingo 17º T.O. C – Otra homilía

26 de julio de 2019 — Deja un comentario

La palabra de este domingo nos sugiere que debemos decir algo sobre la oración.

En la lectura del libro del Génesis vemos a Abraham regateando con Dios. Es una escena hermosa, pero nos deja con dos malas impresiones. Primera: que a Dios se le puede manipular. Y segunda: que Dios es punitivo y castiga a personas y ciudades que no son buenas.

Sin embargo —con el tiempo— esta manera bastante primitiva de ver a Dios ha evolucionado, y —cuando llegamos a Jesús— tenemos ya a un Dios que ama por igual igual a los buenos y a los malos: idea que nosotros seguimos sin entender y —si somos honestos— no estamos de acuerdo con ella.

En realidad se trata de cosas que vamos comprendiendo y aceptando sólo en la medida en que vivimos en el interior de un mundo que llamamos «oración». Y no se trata de esos momentos en los que decimos: «Señor, haz esto» o «Haz eso otro por mí». Cuando hablamos de oración, no hablamos de palabras tipo «abracadabra» o «ábrete, sésamo». Se trata de entrar en una relación con Dios.

Y lo que vemos en este hermoso pasaje del Génesis, es que Abraham tiene una relación de confianza y de amor y de amistad con Dios. Y la oración es precisamente eso: una comunicación desnuda: como cuando hablas si sabes que lo puedes decir todo, sin que te juzguen.

¿Hemos estado alguna vez en esa clase de relación? La mayoría de las personas no. Pero es lo que la relación con Dios nos ofrece: un espacio donde te sientes completamente protegido y seguro, y puedes hablar sin necesidad de impresionar a nadie y sin necesidad de cuidarte de nadie, y donde puedes decir tu verdad interior desnuda, sin ninguna vacilación o duda, sin necesidad de recurrir a nuestros acostumbrados mecanismos de defensa: esa es la oración. Cuando podemos hablar y comunicarnos de esta manera, estamos en un estado llamado oración.

Es la comunicación fundamental: un espacio donde no nos sentimos amenazados; donde podemos decir nuestra verdad; donde no se nos juzgará por cada palabra que digamos; donde nos sentimos a salvo.

Lo contrario de este diálogo o relación que es la oración son todas nuestras relaciones y comunicaciones y ambientes (que son la mayoría) en las que estamos totalmente preocupados por lo que los demás van a pensar, donde el espacio para decir la verdad es inexistente o muy limitado.

Así que vivir en el estado de oración es vivir en una clase de espacio diferente. ¿Hemos hablado a Dios de esta manera? ¿Le has dicho a Dios exactamente quién eres? ¿Y exactamente lo que sientes? ¿Y exactamente lo que piensas? ¿Con la confianza y seguridad de ser escuchado y recibido y respetado? Eso es lo que significa orar.

«Yo les digo a ustedes: cuando pidan de esta manera, recibirán. Cuando toquen de esta manera, la puerta se les abrirá, porque ustedes abrieron la puerta». Dios no necesita nuestras oraciones: somos nosotros quienes necesitamos decirlas: para que nuestros mismos oídos puedan oír lo que de veras pensamos, de qué de veras tenemos miedo y quiénes somos de verdad. Y necesitamos hacerlo una y otra vez, para encontrar ese espacio en el que podamos hablar con absoluta libertad, con absoluta honestidad, y con absoluta confianza de ser escuchados y comprendidos.

Es por eso que este Evangelio termina con una respuesta extraña, que puede decepcionar a algunos, pero que en realidad, es maravillosa. Jesús dice: «si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».

O sea: Jesús nos reta a pensar en la persona más amable y más amorosa que hayamos conocido en toda nuestra vida —una persona sabe amar que de veras— y multiplicar eso por infinito. Algo que es inimaginable para la mente humana: nosotros no podemos imaginar infinito. Nuestra mente es limitada. Los seres humanos sólo saben contar. Lo contamos todo, lo medimos todo. Tanto. Más. Menos. Merezco más. Me deben tanto.

Pero cuando hablamos a Dios hablamos a una fuente infinita de infinita receptividad. Así que debemos cambiar nuestra psicología —nuestra mente— para saber cómo orar. Se trata de verdad de una diferente forma de existencia.

Y cuando lleguemos ahí, podemos estar ahí. Y eso no coincide necesariamente con ir a la iglesia. Lo podemos hacer en cualquier lugar: esa continua comunicación de diálogo a corazón abierto, en el espacio seguro, donde sabemos que seremos escuchados y recibidos.

Y la respuesta de Dios a nuestra oración es siempre la misma. Porque Jesús no dice que recibiremos lo que le pedimos al Padre. Jesús nos dice que —sin importar lo que le pidamos— Él nos dará el Espíritu Santo. Que es mejor que cualquier cosa que podamos pedir.

Así que debemos tener nuestros canales abiertos para desear ese Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo abrirá nuestro corazón y nuestra mente para que entendamos lo que de veras necesitamos. Y nos ayudará a distinguir entre lo que queremos y lo que de veras necesitamos. Porque no es lo mismo. A veces queremos lo que no nos conviene. Como los niños.

Y lo que de veras necesitamos —muy a menudo— no es lo que [al inicio] queremos.

Y lo que necesitamos todos es siempre y para siempre el Espíritu Santo.


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