In memoriam de Ale

2 de agosto de 2019 — Deja un comentario

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Jn 18,1 – 19,42
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: «Mujer, ahí está tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí está tu madre». Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: «Todo está cumplido», e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

       Hoy sentimos el peso de la muerte de una forma muy significativa. Ha muerto Alejandro. Su vida ha quedado truncada. Y nos reunimos junto al altar para encontrar luz en esta noche de su tránsito.

       El Evangelio que escuchamos nos habló de una persona joven —Jesús de Nazareth— poco más de treinta años.

Un hombre que había suscitado grandes esperanzas.

Personas que con Él habían sentido que vivían.

Proyectos que querían transformar la realidad.

Unos amigos que habían aprendido a caminar a su lado.

Un hombre joven que sólo había tenido un año —o tres años— para comenzar a hacer camino y de golpe todo acaba. Era como una estafa o como la decepción más grande.

       Y sorprendentemente lo que dice es: «Todo está cumplido».

Joven —un año o tres años— y todo se ha cumplido.

       La muerte de Jesús y la de Alejandro nos invitan a ver la realidad desde otra perspectiva. Estas dos muertes nos invitan a ver la realidad con Dios.

Con Dios las cosas se miden de otra manera.

Todo lo que vivimos tiene valor no por los logros que somos capaces de apreciar ni por los muchos años que hemos tenido para hacer el bien. También a los ochenta o a los noventa o más años nos queda mucho por hacer.

       Lo que tiene valor es todo lo que va más allá de nosotros.

Todo lo que se inscribe en la larga —y muchas veces dolorosa— marcha de la humanidad que se afana por alcanzar una vida mejor.

Las cosas encuentran su sentido cuando las descubrimos unidas al proyecto amoroso de Dios para hacer de nuestro mundo un mundo mejor para todos.

Con Dios, nuestro amor, nuestra entrega, nuestro perdón tienen un valor de eternidad y es ya obra acabada: «Mujer, aquí tienes a tu hijo. Aquí tienes a tu madre. Y desde entonces el discípulo la recibió en su casa».

Un nuevo inicio. Una nueva tarea. Una nueva misión.

***

       Y todo esto no desmiente ni nos desvía de un hecho incontrovertido: la muerte de Alejandro clama al cielo. Como la muerte de Jesús clamaba al cielo.

       Para que amemos la vida que tenemos en nuestras manos.

Para que redescubramos el gran gozo y privilegio de vivir, a pesar de que a veces la vida no nos trate demasiado bien.

Para que nos amemos los unos a los otros.

Para que nos demos prisa para amar los unos a los otros, porque la gente se va siempre demasiado pronto.

       Que el Señor escuche nuestro grito. Que es un grito de esperanza.

***

María, Madre de gracia, Madre de misericordia. Sagrado Corazón de Jesús. Dale, Señor, el descanso eterno y brille sobre él la luz perpetua. Descanse en paz. Amén.


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