Señor, alguien me hirió—

5 de agosto de 2019 — Deja un comentario

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—1—

En cada Misa, después del rito de la fracción del Pan, el sacerdote muestra el Cuerpo roto/quebrado/partido de Cristo.

Adoramos a un Dios roto.

Un Dios que nos ama tanto que para rescatarnos de nuestra miseria se hace uno de nosotros para ser uno con nosotros en nuestras miserias y quebrantamientos.

En cada Misa, al mostrar ese cuerpo roto del Señor el sacerdote dice: «Este es el Cordero de Dios».

—2—

Cuando he sido herido tengo tres personas a las que puedo recurrir:

+ puedo enfocar mis energías en la persona que me hizo daño,

+ puedo volverme hacia mí mismo,

+ o puedo recurrir al Herido: a Cristo el Crucificado-Resucitado.

—3—

Voy a Misa para elegir a Cristo.

Voy a Misa —recibo el Cuerpo de Cristo en la Comunión— para profesar mi fe y mi esperanza en que Dios realmente puede transformar mis heridas con su gracia —con su propia presencia, con su Cuerpo roto— y hacer de mis heridas el camino de mi salvación.

Voy a Misa porque quiero hacer con mi yo herido lo que Jesús hizo con el suyo: «En tus manos, Señor, entrego mi espíritu».

Yo también debo entregar mi espíritu herido al Padre, para que el Padre me resucite a mí también.

Así como el Padre transformó el cuerpo quebrado de Jesús, así lo hará con mi corazón roto, si lo entrego a Él.

—4—

Solo después de haber entregado mis heridas al Padre puedo dirigirme a quienes me hirieron. Si lo hago antes, bien podría encontrarme ya sea buscando venganza o poniéndome en peligro de nuevo. Ninguna de esas opciones sería el camino de Cristo.

Y solo después de haber entregado mis heridas al Padre, puede comenzar el lento proceso de sanación.

La alternativa sería perderme/hundirme para siempre en mi herida, encerrarme, para no volver a mirar más allá de mí mismo.

Siempre queda la opción de buscar alivio en dioses que solo me dejarán más herid@: abuso de sustancias, autoconmiseración, venganza, odio a mí mismo o negación de lo sucedido.

—5—

Puedo imaginarme sentad@ con Jesús y los apóstoles la noche de la Última Cena, mirando como Jesús se dirige a mí, me entrega la copa diciendo: «Toma esto. Es mi sangre que será derramada por ti».

No estoy solo en mi sufrimiento. Jesús me acompaña en este momento/tiempo difícil.

Puedo hacer este tipo de oración ante el Santísimo.

—6—

Coloco ante mí las tres opciones: puedo volverme +hacia mis verdugos, +hacia mí mismo o +hacia Cristo.

Usando mi imaginación, visualizo cómo sería mi vida si enfoco mis energías y mi atención en mis verdugos. ¿En qué tipo de persona me convertiría?

Ahora, imagino cómo sería mi vida si me volteo hacia mí. ¿En qué tipo de persona me convertiría?

Ahora, imagino cómo sería mi vida si me volviera hacia el Cristo sufriente, crucificado y resucitado. ¿En qué tipo de persona me convertiría?


—Jesús no vino a explicar el sufrimiento ni a eliminarlo.

Vino para llenarlo con su presencia—

***

—Por sus heridas hemos sido sanados [Is 53, 5]—


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