Domingo 11 de Agosto 2019 – Domingo 19º T.O. C [otra homilía]

10 de agosto de 2019 — Deja un comentario

La mayoría de las personas que escuchan este Evangelio —sin mirarlo muy de cerca— lo toma como una amenaza. Como si Dios quisiera entrar a nuestros corazones a fuerza de amenazarnos.

Estamos tan acostumbrados a este nivel de motivación que escuchamos el Evangelio de esta manera.

En realidad es un Evangelio muy hermoso, donde Dios se presenta como un ladrón que viene a robar tu alma. Y nos dice en la primera frase: «No temas, porque yo vine para darte el Reino».

Dios siempre se dedica a dar, a regalar. Y lo que más quiere darnos es a sí mismo. El regalo que quiere darnos el Él mismo. Pero la mayoría de nosotros no quiere eso.

Preferimos más bien limitarnos a cumplir con ciertas prácticas religiosas, obedecer los mandamientos, ser personas decentes. Pero realmente dejar que Dios me robe el corazón [ese es el tesoro del que se habla aquí] eso es algo mucho menos frecuente.

Pero el regalo está escondido en medio de este Evangelio que si lo escuchamos como una amenaza no tiene ningún sentido, porque aquí se nos dice: «Si el Señor lo encuentre en vela [o sea preparado, listo].

Y estar preparados —estar atentos— es toda una actitud: es estar anhelando, es estar deseando, con esperanza, con asombro: Dios puede venir en cualquier momento, ¿por qué no ahora? ¿por qué no ahora?

«Se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y Él mismo les servirá».

Esa es una imagen sorprendente de Dios. Dios no te está amenazando, Dios está anhelando servirte. Esa es la experiencia de los místicos y los santos: que Dios no viene como juez, no viene como una amenaza, sino como un servidor del alma: para darle forma, para despertarla, para darle vida, para decirle que es buena.

Lo cual para todos nosotros es terriblemente difícil de creer.

«Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón».

Dios es un ladrón.

Ladrón de corazones.

Nosotros poseemos —tenemos— nuestro «yo». Nosotros pensamos que poseemos nuestra alma. Pero eso no es cierto. Dios nos la va a robar. Pero podemos dejar que nos la robe ahora en el medio de la vida.

¿Y por qué el Evangelio insiste tanto en que deberíamos estar esperándolo a medianoche, precisamente cuando estamos dormidos? Es que en cualquier momento, incluso a medianoche —incluso en el medio de tu noche— Él puede venir.

Si espero a Dios incluso a medianoche —incluso en el medio de la noche— si creo que Dios nunca abandona el alma, sino que siempre está listo para hablarle, lo vamos a escuchar. Si no lo esperas, si no lo deseas, si no le permites a Dios robar tu corazón, probablemente, no te lo va a robar.

Pero si se lo permites, Él lo hará.


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