Domingo 11 de Agosto 2019 – Domingo 19º T.O. C [una homilía]

10 de agosto de 2019 — Deja un comentario

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Este Evangelio tiene una sabiduría grande, aunque a primera vista sólo nos llama a estar preparados para partir, preparados para servir. Y sobre todo a estar preparados porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre.

Y uno hasta podría concluir que entonces debemos estar siempre llenos de miedo.

Pero en realidad se trata de asumir una actitud sabia. Estar preparados para partir. Aceptar nuestra condición de peregrinos. Llevar la túnica puesta y las lámparas encendidas. Las lámparas encendidas se tienen de noche. Ser uno que en la noche tiene la lámpara encendida y está listo para partir.

Vivir requiere aceptar nuestra condición de caminantes, de viajeros, de personas que están constantemente cambiando, variando, convirtiéndose en otra cosa, andando hacia una meta.

Y sin embargo nosotros andamos siempre enamorados de esa imaginaria estabilidad. Buscamos un lugar donde finalmente podamos detenernos, quedarnos tranquilos, estar en paz, estar bien, sin necesidad de cambiar: ese puesto fijo que andamos todos buscando. Que no existe. Que no se encuentra. En esta tierra no se encuentra, porque la vida no es así.

Nosotros nos aferramos a creer que debe existir esa anhelada estabilidad. Es la gran ilusión del hombre. Que exista un punto de llegada. Esperamos encontrar un punto y sin embargo encontramos siempre comas. Porque la vida es un cambio constante.

Nuestro cuerpo cambia continuamente, la realidad cambia continuamente: estamos en una ilusión de estabilidad. Nuestro planeta gira en torno a un sol que está viajando dentro de una galaxia en movimiento. Así tenemos una ilusión de estabilidad, pero de hecho somos personas en cambio total.

Y esta realidad cambiante llega a nosotros todos los días, ola tras ola, como el mar. Y es siempre nueva. Y debemos adecuarnos a la realidad, debemos saber reconocer las visitas de la realidad: cómo Dios —en su santa providencia— viene a visitarnos, nos visita, viene, nos pide cosas, nos hace dar saltos de calidad.

¿Quién vive bien? El que está listo para cambiar. ¿Quién vive de manera sabia, sabrosa, bella? El que está listo para dejar las cosas. El que no se apega a las cosas. El que es libre. Y tiene la túnica puesta. Y la lámpara encendida: o sea el que está listo para afrontar la noche. Aquel que vive sabiendo que todo —todo lo que tenemos— es pequeño y pasajero, y que nosotros estamos en el caleidoscopio de la realidad, que cambia continuamente sus reflejos.

Y sin embargo nosotros queremos siempre el mismo color, queremos siempre la misma música, queremos siempre la misma silla para sentarnos, y seguimos haciendo proyectos para poder quedarnos tranquilos.

Y lo hacemos para tener la posesión y para tener el control. Tenemos miedo a no tener el control. Tenemos miedo a afrontar el aspecto caótico de la vida, el aspecto imprevisible de la realidad. Y por eso nos convertimos en dueños de nuestra vida, y Dios se convierte en un ladrón que nos visita y nos expropia.

Porque obviamente las cosas suceden como dice Dios: no como pensamos nosotros. Pero si nosotros llevamos dentro esa nostalgia de ser dueños, con el control, con las manos en el volante de la vida, y creemos ser capitanes de nuestra nave, llegará un día que nos obligará a reconocer que en realidad somos marineros, que debemos obedecer a Aquel que nos enseña cómo encontrar las mejores rutas, y sabiendo que el mar de la vida es siempre imprevisible.

En nuestra vida —en la vida de un peregrino— cambia constantemente el panorama. No puedo andar siempre al mismo ritmo. Debo ir cambiando de ritmo, porque hay subidas, hay bajadas, hay tramos difíciles, hay realidades incomprensibles,  barrancos y precipicios: es necesario cambiar. Es necesario estar listos para partir. Es necesario estar listos para dejarse llevar. Es necesario también estar preparados para morir. Es necesario también estar preparados para dejar esta vida, que afortunadamente no es todo lo que está destinado para nosotros. Hay mucho más que esta vida. Estamos llamados a experimentar cosas mucho más hermosas que los destellos en esta penumbra en que la que estamos en este momento.

Cambiar siempre. Estar siempre preparados para dejarnos decir por Dios cuál es la música que tenemos que ejecutar; cambiar nuestra posición —nuestra postura— ante la vida.

***

Pueda el Señor sacarnos a todos de nuestras varias y ridículas cuevas, en las que nos hacemos ilusiones de haber detenido la vida. La vida no la detienes. La vida cambia. Cuántos esquemas que tienen los hombres de esta generación. Cuántos esquemas que tienen los hombres de cada generación. Cuántos esquemas tenemos también nosotros que nos hacemos ilusiones de haber llegado a la cima y haberlo comprendido todo.

En realidad es necesario volver a empezar cada día de nuevo. Es necesario volver a comenzar cada día a dejarnos sorprender —sin dejar nunca ser personas siempre preparadas para partir— listos para dejar sus seguridades, como nuestros padres en la fe: como Abraham y [como] Sara.


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