Domingo 18 de Agosto 2019 – Domingo 20º T.O. C [una homilía]

18 de agosto de 2019 — Deja un comentario

Como que el Evangelio de hoy no suena muy atractivo ni amable. Y parece más bien como si Jesús viniera a crear problemas.

Pero quizá lo que este Evangelio quiere es que nos demos cuenta de que antes de tener la unión, necesariamente tenemos que tener la división. Debe haber «dos» antes de hacer de los dos «uno».

Pero mucha gente no entiende eso. Piensan que la paz consiste en que todo el mundo sea amable y agradable todo el tiempo. Y eso no es verdad.

Nos herimos unos a otros, tenemos diferencias. Entre nosotros hay desacuerdos, hay conflictos. Y es precisamente superando estos obstáculos cómo nos llega la paz de Cristo.

O sea que el objetivo no es evitar los problemas y los desacuerdos, como se piensa a veces ingenuamente.

Primero debe haber división, para que —en un segundo momento— se llegue a la verdadera unión en el Espíritu.

***

Esa dinámica la observamos ya desde la Primera Lectura en la que escuchamos cómo el profeta Jeremías es encarcelado y arrojado a un pozo por haberse opuesto a la guerra.

Todo el pueblo —se supone— debe apoyar las guerras de sus gobernantes. Pues Jeremías no quiso apoyar la política del rey y por eso se convirtió en enemigo de la patria.

Pero si escuchamos atentamente esa Lectura, vimos que después Jeremías fue sacado del pozo. Así que tenemos un movimiento en dos direcciones: entrar y salir. Pero no puedes salir, sin antes entrar. No puedes tener esperanza sin haber conocido primero la desesperanza.

Primero tenemos que afrontar el desaliento, el desacuerdo, la desesperación, el malentendido, las heridas, la división, la exclusión —usa la palabra que quieras— pero son precisamente nuestros intentos de sanar eso, de solucionarlo, de comprenderlo, de mirar más allá de eso, de soltarlo, los que nos llevan a la unión en el Espíritu.

Se trata pues de una idea tan simple. Tan obvia. Pero que en realidad es muy difícil de entender, ya que nosotros tendemos a pensar que la paz consiste en que todo el mundo sea agradable. Y resulta que no.

A veces es necesario decir lo que tenemos que decir —buscando hacerlo de manera más respetuosa y amable— y después de haberlo dicho, hay que examinar las dificultades, tratar de resolver las tensiones, buscar caminos para ir más allá de lo que nos atrapa, perdonando, pidiendo perdón, haciendo todo lo que sea necesario y factible. Ese es el trabajo del Espíritu que busca la paz.

***

Observemos que Jesús empieza este Evangelio diciendo: «he venido a traer fuego a la tierra». Sabemos que el fuego hace dos cosas: destruye y también renueva. Sin fuego no hay renovación. ¿Qué es peor? ¿El fuego o la renovación? Son dos caras de la misma realidad. Es una paradoja. Ambos aspectos son verdaderos.

Y lo mismo pasa con los errores, heridas, ofensas, que todos hacemos: son cosas terribles, pero potencialmente maravillosas. Y Jesús lo ilustra de manera muy concreta y muy fuerte con esta imagen de dos contra tres y tres contra dos, el padre contra el hijo, la madre contra la hija.

No es algo que suene muy agradable.

Pero se trata de las experiencias más palpables para nosotros, como para decir: incluso la gente buena tendrá desacuerdos.

Incluso las mejores personas se herirán mutuamente.

Incluso las personas más cercanas tendrán malentendidos entre ellos.

Esa es la realidad. Y la parte necesaria de la vida nuestra.

O sea: la pregunta no es si estas cosas se dan o no se dan en nuestra vida.

La pregunta es: «¿qué hago con eso?»


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