Domingo 25 de Agosto 2019 – Domingo 21º T.O. C [una homilía]

24 de agosto de 2019 — Deja un comentario

Por la puerta ancha quiere entrar aquel que piensa que ya huele a Dios y a incienso. Y creo que todos hemos oído esta crítica: «Van a la iglesia, pero afuera son peores que los que no van».

De hecho, cuando se cierra la puerta, comienza la crisis «de los buenos». «Hemos comido y bebido contigo» (alusión a la Eucaristía), «enseñaste en nuestras plazas» (conocemos el Evangelio y el catecismo), ¿por qué no nos abres?

«No sé quiénes son ustedes». El texto griego dice literalmente: «No sé de dónde son ustedes» o sea: su forma de mirar a los demás está muy lejos de la mía, vienen de un mundo que no es mío, vienen de otro planeta. «Aléjense de mí, hacedores de injusticia».

Eso me puede suceder a mí, si voy a la iglesia pero no permito que Dios  de veras entre en mi vida. O sea que podemos participar en misas, escuchar sermones, llamarnos cristianos, defender la cruz como símbolo de una civilización, pero todo esto no es suficiente. Porque el criterio está en la vida y la Palabra debe hacerse carne en nosotros. Porque las cosas de Dios y las cosas del hombre son indisolubles.

Y resulta que los que tocan la puerta cerrada han hecho cosas por Dios, pero no han hecho nada por los hermanos: ningún gesto de justicia para los hermanos.

O sea que no es suficiente comer a Jesús que es pan: debemos hacernos pan para los demás, como Jesús.

Y esto significa que Dios no nos reconoce por fórmulas, ritos o símbolos, sino porque tenemos manos de justicia. Él nos reconoce no porque hacemos cosas por Él —para Él— sino porque con Él y como Él hacemos cosas por los demás.

Soy reconocido por Dios si en mi vida vivo algo de la vida de Dios.

El Dios de la compasión buscará en mí gestos de compasión.

El Dios de la comunión buscará en mí semillas de comunión.

Y al encontrarlas me abrirá la puerta de par en par.

Dios busca dentro de nosotros algo en que Él pueda reflejarse.

Y si reconoce en nosotros —germinando— al menos un reflejo de su corazón, dirá: «Te conozco».

De hecho, diremos, a una sola voz, nosotros y Él: «nos conocemos». Como Padre y como hijo. Como mar y como ola. Como sol y como rayo.

***

Al comienzo de la parábola, las puertas parecen ser numerosas, y los creyentes se amontonan ante las puertas equivocadas que no conducen a ninguna parte.

Por eso Jesús nos dice: «Esfuércense en entrar por la puerta que es angosta».

La puerta del mundo nuevo es angosta y se requiere un esfuerzo para cruzarla porque indica el lugar que Jesús eligió —el último lugar— el lugar de quien «vino a servir». Es la puerta del servicio.

La puerta es angosta, es decir, pequeña: como los pequeños que son casa de Dios: «todo lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron.

***

La conclusión de este Evangelio está llena de sorpresas: detrás de esta puerta angosta Jesús imagina una fiesta multicolor y multiétnica en la que todos pueden entrar. Por la misericordia de Dios.

Una sala llena. Una mesa preparada. Un remolino de llegadas. Y una colorida confusión de puntos cardinales: un mundo que finalmente es otro, un mundo donde Dios mismo goza cuando ve a los hombres convertirse en hermanos, en ciudadanos clandestinos del Reino. Que llegan sin papeles. Que llegan como los últimos. Y —sorpresa de sorpresas— por Él son considerados los primeros.

Y los reconoce por el olor: Él que con las ovejas perdidas, sufrientes y enfermas se ha mezclado de manera indisoluble.


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