Domingo 1 de Septiembre 2019 – Domingo 22º T.O. C [una homilía]

31 de agosto de 2019 — Deja un comentario

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El lugar. ¿Cuál es mi lugar? Yo quiero un lugar.

Desde el tiempo del Génesis el hombre quiere un lugar de honor: anhela el lugar de Dios. ¿Cuál es nuestro lugar?

A través de esta historia de los invitados a comer que escogen los primeros lugares, a través del ejemplo divertido de quien es obligado por la vida —por el dueño de la casa— a ocupar el ultimo lugar, podemos entender que hay una actitud peligrosa en nuestro corazón: creer que el lugar nos lo escogemos nosotros. Creer que el lugar nos lo asignamos nosotros.

En realidad, somos siempre invitados a la mesa: nosotros en la vida. La vida la encontramos ya hecha. Y el lugar nos lo da la vida. En último término nos lo da la Providencia: Dios mismo.

¿Y quién es que en la vida vive mal? Quien no acepta el lugar que la vida le da. Quien no va en el lugar que le corresponde. [También quien desperdicia la propia capacidad de poder tener un lugar mejor. Quien no se deja indicar un lugar mejor, por Dios.]

Pero fundamentalmente —sobre todo— la realidad es que pensamos siempre que merecemos algo más. Creemos que la vida nos debería tratar mejor. Que deberíamos tener un lugar mejor. Que no hemos sido entendidos. Que no hemos sido valorados como se debe. Por eso estamos inconformes con nuestro lugar..

***

Pero hay una paz en la que se puede entrar: es la paz de dejarnos finalmente asignar el lugar por Dios. De dejar de creer que lo que cuenta es qué lugar ocupo en la clasificación mundial. Porque muchas veces el pedestal de nuestra identidad es la carne pisoteada del otro. Y lo que nos da peso, lo que nos da importancia es haber derrotado a alguien: para arribar al primer lugar.

Vivir para vencer, para ganar, para afirmarse. Ganar el campeonato. Ser más importante. Competir. Correr para ocupar el mejor lugar.

Pero ¿quién dijo que hemos nacido para esto? ¿Quién dijo que he nacido para vencer, para aplastar al otro? ¿Para superar al otro? ¿Para sentirme más que los demás?

¿Y si hubiera nacido para la fraternidad? ¿Y si hubiera nacido para compartir la mesa con los demás?

Lo bello no es el lugar donde estoy, sino el hecho de estar con los demás. ¿Y si hubiera nacido para descubrir el bello lugar que Dios me ha asignado? Porque la vida no es un azar y mi identidad no se la tengo que arrebatar, arrancar, con los dientes, sino dejármela regalar por la Providencia: recibirla de quien me ama de veras.

***

Este Evangelio habla de esta angustia por el lugar, preocupación por el lugar mejor, angustia por la victoria, angustia por alcanzar el éxito, por conseguir un papel, una posición, un asiento, una silla.

Pero si uno espera de estas cosas algo más que lo superficial, algo que de veras pueda entrar al alma, se engaña mucho.

Si uno es un burro que está en el último lugar y después lo ponen en el primer lugar, pues seguirá siendo un burro sentado en el primer lugar. O como dicen: «El doctorado no quita lo tarado». Y hablo por experiencia propia.

Lo que eres, eres. Es inútil que busques —a través del asiento en el que te sientas, a través del lugar que ocupas— decirte quién eres.

Ser admirados por los demás. ¿De veras es lo que cuenta? Por fin me han admirado, me han notado, soy importante, tengo el primer lugar: en la sinagoga, en la parroquia, en el banquete, en la boda…

Finalmente, lo que soy soy. Finalmente, si en mí hay sustancia, hay sustancia, si no la hay, no la hay.

Busquemos esta sustancia. Busquemos lo que vale de verdad. Busquemos al Anfitrión: Él sabe de veras quiénes somos. Él nos lo dirá. Él nos ayudará a salir de esta angustia desordenada por vencer a los demás.


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