Domingo 8 de Septiembre 2019 – Domingo 23º T.O. C [una homilía]

8 de septiembre de 2019 — Deja un comentario

Ese hombre que no tiene recursos para terminar la torre —ese hombre que construye esa torre ridícula —esa torre mocha que con razón es objeto de burlas— ese cristianismo impresentable que no sirve, que da pena, que no llega al corazón de nadie— somos nosotros cuando pensamos que seguir a Jesús significa seguir en una religiosidad infantil y en nuestros roles familiares infantiles.

Somos nosotros cuando dizque «seguimos» a Jesús para «no desilusionar» a nuestros padres.

En realidad Jesús nos dice que sucede exactamente lo contrario: que seguirlo a Él significa —como por definición— decepcionar a nuestros padres, entrar en conflicto con nuestra familia, desilusionar las expectativas que nuestra tribu tiene sobre nosotros.

Jesús mismo lo experimentó en carne propia. Sus parientes decían que estaba «loco». Las autoridades religiosas decían que era un blasfemo y que tenía un demonio.

Eso nos muestra que Jesús no estaba siguiendo el guión escrito por su familia o por su cultura y religión: o sea Jesús desilusionaba las expectativas de su familia de carne y de su familia espiritual.

Y nos guste o no, en los Evangelios —empezando por el Evangelio de hoy— Jesús dice muy poco que sea muy positivo sobre la familia. Más bien invita a sus seguidores a que dejen sus familias de origen. Porque si no te desprendes de tu familia te vas a asfixiar. Debes dejar la casa para encontrarla. Debes dejar tu familia pequeña para encontrar tu familia grande.

Y ésta es una ley universal: desde Abraham, José el Soñador, Moisés, Jesús, santa Juana de Arco, san Francisco de Asís, santa Clara, hasta el papa Francisco. Para mencionar sólo ejemplos de nuestra tribu espiritual.

Y la enseñanza que ellos nos dan es siempre la misma: debes despedirte de tus padres, debes desprenderte de tus dependencias afectivas, debes abandonar la zona de confort, si quieres encontrar tu alma.

Si quieres tener una visión del mundo más grande —en lugar de cumplir simplemente los sueños de tu mamá (viva o difunta) o de agradar a tu papá (vivo o difunto)— debes dejar «sus redes».

Debes desprenderte de ellos: psicológicamente, espiritualmente. Debes atreverte a mirar críticamente sus valores, seguridades, ilusiones, prejuicios, cegueras, pequeñeces —y también heridas— que la casa y la familia implican siempre.

Ese desapego es una parte necesaria del crecimiento. Pero muchas personas no se atreven a dar este paso: este paso hacia una religión más madura, hacia una vida adulta en Cristo, y siguen viviendo dentro del mundo emocional de su madre o viven para complacer a papá, con la esperanza de que finalmente reciban su aprobación y su permiso emocional para vivir su propia vida y no la de ellos.

Pero resulta que el permiso nunca llega. Y no debemos esperar que llegue. Porque no va a llegar. Y no tiene porque llegar. Porque el problema no son nuestros papás. El problema somos nosotros. El problema es nuestro. La tarea es nuestra. Quienes debemos crecer somos nosotros. Quienes debemos liberarnos de las dependencias familiares infantiles somos nosotros. Este Evangelio no es para nuestros papás, sino para nosotros.

Es el problema en primera persona singular. No es el problema de los papás. Ellos tendrán sus expectativas —y tienen derecho de tenerlas— pero mi tarea es liberarme de estas expectativas. Atreverme a desilusionarlos. Atreverme a ser yo. Pensemos en un Francisco de Asís.

Es importante que se nos grabe bien esto: este Evangelio no me habla de mi padre y de mi madre, sino de mi corazón que es esclavo de mi padre y de mi madre. Este Evangelio habla de mis esclavitudes afectivas, de la esclavitud de los vínculos familiares —de los vínculos sociales— que pueden obligarme a hacer cosas fuera de la verdad, fuera de la realidad. ***

Debemos colocarnos ante esta torre que estamos construyendo y entender que no es absolutamente posible vivir la vida a la que Cristo nos llama si no hemos reseteado —si no hemos cambiado— los absolutos de nuestro corazón, las prioridades y las necesidades de nuestra existencia.

 Que no se puede llegar a la altura de la vida en Cristo —a la plenitud de la vida de los hijos de Dios— sin pasar por las rupturas afectivas, sin liberarnos de esa esclavitud que hace depender nuestra vida de otros seres humanos tan frágiles como nosotros, tan falibles como nosotros.

Seguir a Cristo exige siempre desilusionar las expectativas paternas.

Seguir a Cristo exige aceptar que la vida no te puede venir de gente pobre como tú, como tu padre, como tu madre, como tu esposo, como tu esposa y como todos tus familiares y amigos juntos —que son buenos y dignos de ser amados y a los papás hay que respetarlos y amarlos— pero no son la fuente de la vida. La fuente de la vida es Dios.

Seguir a Cristo exige ser completamente de Él, y de ahí —de Él— de estar con Él, venir equipado para amar a la mujer, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos. Y también a uno mismo.


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