Domingo 15 de Septiembre 2019 – Domingo 24º T.O. C [una homilía]

15 de septiembre de 2019 — Deja un comentario

Para nosotros resulta imposible no identificar a Dios con el pastor, la mujer y el padre, pero no debemos olvidar que el punto que Jesús quería resaltar es si nosotros somos capaces de reproducir las actitudes de estos tres personajes: del pastor, de la mujer y del padre.

O sea que el personaje con el cual hemos de identificarnos no es la oveja descarriada, sino el pastor que abandona las otras ovejas para rescatar a la extraviada.

Es curioso —pero se nos debe ir grabando eso— que Jesús no esté identificando al pastor con Dios, ni consigo mismo, sino que lo propone como modelo para quienes tienen una responsabilidad con los demás. ¿Quién de ustedes es capaz de arriesgar tanto por una oveja perdida?

O sea que el ideal cristiano no es ser una oveja encontrada por el pastor. Esto es sólo el inicio, el primer paso. La meta es reproducir el atrevimiento del pastor que no cuenta las ovejas que tiene sino la que le falta.

***

Y luego tenemos el ejemplo de la mujer que inicia una limpieza general de la casa con tal de encontrar la moneda que se le había perdido. Está dispuesta a limpiar la casa entera, sacando toda la basura, con tal de encontrar su tesoro perdido. Y lo encuentra entre la basura recogida en la casa.

Si la oveja se escapó y el pastor no tenía la menor idea de dónde hallarla, la mujer está segura de que su moneda se encuentra en el interior de la casa. Es posible extraviarnos en las cosas de Dios. No es necesario desbarrancarnos por los caminos del pecado, para perdernos.

Por eso Dios no sólo busca a los que se han separado del rebaño, sino que también se ocupa de quienes —estando dentro de su casa— han perdido su ubicación. Dios —como esta mujer— no busca basura, pero es capaz de buscarnos entre la basura: en los rincones más oscuros de su casa.

Pero para enontrarnos es necesario traer la luz, y ésta luz no es una lámpara sino una persona, el mismo Jesús, que dijo: «Yo soy la luz del mundo».

***

Y no olvidemos dónde está el centro de la parábola: identificarnos con la mujer. Ante una desgracia, ¿serías capaz de encender la luz, en vez de maldecir la oscuridad? ¿Estarías dispuesto a emprender una limpieza general de tu hogar— con tal de encontrar al hijo perdido? ¿Estarías dispuesto a meter tus manos a la basura para rescatar al extraviado?

***

De la tercera parábola resulta muy importante para nosotros el personaje del hermano mayor que en realidad era como una especie de monedita de oro con la que siguen soñando muchos papás y muchos jefes envidiarían tener: obediente, trabajador y responsable. Llegaba puntualmente y salía a la hora exacta que terminaba su turno. Gozaba de confianza sin límites y se le podía encomendar cualquier tarea, con la seguridad que la cumpliría con fidelidad. Estaba habituado al deber ser y quedar bien con la autoridad. Jamás contradecía las órdenes superiores, aunque no estuviera de acuerdo con ellas.

Desgraciadamente, la obediencia servil se convierte en una bomba de tiempo que llevamos dentro y que un día tiene que explotar sin control, dañando a los que nos rodean, pero sobre todo a nosotros mismos.

***

Por otro lado —fijándonos en el hijo menor— es interesante que cuando emprende el camino de retorno, no regresa a la casa de su padre: dice el texto griego que «regresa a su padre». No vuelve a la casa del padre, sino al padre de la casa. Es la relación con el padre la que importa.

***

Y resulta que Dios ya tiene preparado el becerro gordo para el día de tu regreso. Y si Él no sale a buscarte como el pastor, es porque necesitas tocar fondo —es que al cielo se sube bajando— y muchas veces es necesario sentir el hambre y ensuciarse con el lodo y el excremento de los puercos para que valoremos lo que nunca hemos apreciados. Él respeta nuestra libertad. Él no te espía ni te envía mensajeros. Porque la vuelta depende de ti. Si Él te va a buscar con la policía o te trae encadenado a su casa, vas a escaparte otra vez. Es necesario que regreses porque quieres retornar. Dios es respetuoso de tu proceso. Pero quiere que sepas que el becerro que está engordando para tu regreso ya parece una esfera de carne y de tan gordo como está puede explotar de un momento a otro.

***

Cuando el hijo menor regresa, huele a puerco. Y el padre corre, se tira y se le cuelga del cuello de su hijo como si éste lo sostuviera, porque el anciano ha agotado todas sus fuerzas. Con este signo le está suplicando: «Déjame ser padre, porque si no soy padre no soy nada. Dependo de ti para ser padre. Te necesito».

Y el hijo comienza a confesar su culpa tal y como la había preparado. Pero resulta que el padre no necesita tantos ritos. Por eso acalla con abrazos las palabras entrecortadas de su hijo. Ni siquiera le permite terminar su discurso porque su previo perdón lo hace innecesario.

Y entonces el hijo le pide ser admitido como un criado. Pero el padre no acepta tal solicitud. En su casa no hay vacantes para criados. Es que ya tiene bastantes, sobre todo uno que trabaja como siervo sin contrato: su hijo mayor.

Sólo hay vacantes como hijo. Este es el único puesto que ha estado vacío desde el día en que se fue y nadie lo ha podido llenar.

***

El hijo mayor —como siempre— estaba en el campo. Allá trabajaba y sólo tornaba a casa con su cuerpo, porque su corazón estaba en otra parte. Se puede estar lejos del padre aunque se trabaje cumplidamente en su viña, aunque se viva con él, en la misma casa.

El hijo mayor se encuentra hundido en el abismo de una vida frustrada entre el «jamás» haber desobedecido y el «nunca» haber recibido un cabrito. Su drama es grave. Su padre lo escucha con atención y compasión, sufriendo con su hijo el dolor de sus resentimientos acumulados. Y le contesta con la palabra que sólo se dice a los niños pequeños. Y que jamás ha sido pronunciada en referencia al hijo menor: lo llama «teknon», es decir: «hijito», «niño».

Y cuando lo llama «hijito» le está abriendo la puerta para volver a comenzar otra vez. Quedan borrados los últimos años de servidumbre y vuelve a ser el «hijito». Es la oportunidad para que nazca de nuevo y se haga como niño para entrar a la fiesta del Reino.

***

Y cuando le dice: «Todo lo mío es tuyo», esto incluye de manera especial a su hijo menor: «Mi hijo también es tuyo, ámalo como yo lo amo».

Pero resulta que la conversión más difícil no es la de pecador a justo, sino la de justo a hijo. Porque el justo no reconoce que tiene necesidad de cambio: sus buenas obras le impiden darse cuenta de las motivaciones impuras por las cuales actúa.

***

Esta parábola termina abruptamente —en suspenso— para que consideremos lo siguiente: Todos nos escapamos de la casa paterna por uno de estos dos caminos. O enarbolamos la bandera de la libertad para caer en el libertinaje, o nos refugiamos en el trabajo de la viña para vivir como esclavos, sin conciencia de hijos. Yo no sabría decir qué es peor. Pero creo que la parábola nos muestra de dónde es más difícil volver.

***

Importantísimo el detalle del anillo que recibió el hijo menor a su regreso: esta argolla le recuerda que es hijo y, por lo tanto, heredero. Pero antes de ser heredero de la viña, es heredero de su padre. Debe heredar al padre.

En el momento de aceptar el anillo, firmó el compromiso de ser como el padre. Sigue siendo hijo, pero comienza el compromiso de ser tan misericordioso como su padre lo ha sido con él. Está llamado a ser, vivir y amar misericordiosamente como el padre lo ha amado a él. Su vocación es reproducir este rasgo de su padre: «Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso».

 Lo que su padre hizo con él, él lo repetirá con los demás. En especial con su insoportable hermano mayor.

Ahora le corresponde a él —al hijo menor— engordar otro becerro. Porque un día su hermano mayor va a «tocar fondo» —va a sufrir tanta soledad— que reconocerá que debe «regresar a casa», donde lo están esperando.

El hijo menor debe aprender a esperar el cambio de su hermano, como su padre aguardó su regreso. Debe confiar en que su hermano puede cambiar y rehacer el camino equivocado. Debe esperarlo, sin forzar ni controlar, sin vigilar ni chantajear. Debe dejarlo libre, como su padre lo hizo con él. Porque cada uno tiene su momento y hay que saber esperar, es decir: confiar.

El hijo menor no debe olvidar nunca que el padre ni siquiera le permitió la ocasión de recordar los pecados del destierro. Que el padre no le dio oportunidad de hacer una confesión general de cada falta cometida. Es que no tenía por qué recordar lo que ya estaba perdonado y absuelto.

Y aquél que fue perdonado y absuelto sin necesidad de la confesión de todos sus pecados, ya no puede esperar a que su hermano reconozca cada uno de sus errores para perdonarlo.

No hay comentarios

¡Se el primero en comenzar la conversación!

Puedes dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .