Domingo 22 de Septiembre 2019 – Domingo 25º T.O. C [otra homilía]

21 de septiembre de 2019 — Deja un comentario

Tenemos hoy esa historia de un hombre que es acusado de haber malgastado los bienes de su amo. Y ya que tiene esa acusación, debe dar cuenta de su administración, porque será despedido. El hecho es que nosotros —en el momento de dar cuentas de nuestra administración— estamos destinados —indudablemente— a reprobar.

Porque ¿quién se puede presentar ante Dios y decir: «he administrado todo bien»? Nadie. Ni los santos. Dice santa Teresa de Ávila que cuando hay poca luz no se ve la mugre, pero cuando hay mucha luz se ve hasta el polvo en el aire. Y así es la administración. ¿Quién de nosotros puede dar cuentas de la administración de manera serena? ¿Quién de nosotros puede responder ante una auditoria seria?

Seguramente si llega el momento de las cuentas, nadie de nosotros está a la altura del encuentro con Dios. Nadie tiene los libros de cuentas en orden. ***

A partir de este momento el administrador dice: «¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo?» Perdí mi trabajo, perdí mi identidad, mi papel. Soy un pecador. «No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna».

Este hombre reconoce abiertamente sus límites. Cada uno de nosotros tiene cosas que no es capaz de hacer. Errores —defectos— imposibles de corregir. Hay en nosotros algo que no tiene solución. No estamos a la altura. ¿Qué vamos a hacer pues? ¿Cómo nos salvamos?

Este Evangelio es la historia de cómo nos salvamos a pesar de que: + no podemos responder ante una auditoría seria y + tenemos defectos que es imposible corregir.

¿Qué vamos a hacer?

La historia de este administrador deshonesto apunta hacia lo que él sí puede hacer. Porque él puede hacer algo. Puede rebajar las deudas a otros. Puede disminuir las deudas que él está contabilizando. Puede presentar a su patrón cuentas de las deudas que tienen otras personas. Disminuye estas deudas.

Inicia a ser generoso, empieza a comportarse —según la lógica de un administrador deshonesto— de manera tal que esta administración mala —malhecha— empieza a hacer bien a alguien.

***

Nosotros somos personas que no podemos responder ante el examen de Dios. Tenemos defectos y sabemos que los tenemos, pero no sabemos qué hacer con ellos.

Pero podemos hacer algo. Podemos iniciar a perdonar. Podemos iniciar a ser generosos. Podemos disminuir las deudas de los demás. Podemos iniciar a usar lo que tenemos para ganarnos amigos. Y como dice la Escritura: «la generosidad cubre una multitud de pecados».

De manera que usar nuestras cosas con extravagante generosidad pueda convertirse en nuestro camino y en el mayor de nuestros vicios. Y así seremos como Dios que es rico en misericordia.

Además, la única manera que tenemos para ser perdonados es perdonar. O sea que para que nuestras deudas sean canceladas debemos cancelar las deudas de los demás.

En realidad, las personas que nos hacen el mal son una oportunidad que debemos aprovechar para obtener misericordia. Las personas que nos tratan mal son ocasiones que tenemos para responder con misericordia. Dice una de las bienaventuranzas: «bienaventurados los misericordiosos porque encontrarán misericordia». «Encontrarán misericordia», significa que la estaban buscando.

Perdonar es el camino de nuestra propia salvación.

Nosotros creemos que estamos salvando al otro cuando lo perdonamos. En realidad estamos sanando nosotros. El perdón nos sana, nos transforma.

Toda nuestra pobreza —nuestros defectos— pueden convertirse en una plataforma-de -despegue-para-la misericordia-hacia-el-prójimo, para el amor y la comprensión.

Y eso significa algo muy concreto: que todos los bienes que tenemos son un camino de redención.

Porque ¿quién nos defenderá cuando el Señor nos pedirá cuentas de nuestra vida? Aquellos a los que hemos perdonado. Aquellos a los que hemos tratado con generosidad. Aquellos a quienes hemos ayudado con nuestros bienes y con nuestro corazón. ***

En realidad —cuando hacemos el bien a los demás— es una deuda la que estamos saldando. Porque con Dios no estamos a mano. Tenemos tanto por pagarle. No por angustia, sino por amor. Es una deuda feliz: que si nos miramos dentro, ¿quién podrá decir que no debe nada? ***

«Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»: dice el Padrenuestro.

Estamos pues en el corazón mismo del Evangelio.

Eso nos recuerda que las obras cristianas no surgen de una supuesta perfección, sino de saber que hay una falta de justicia en nuestro corazón, que tratamos de remediar a través del amor.

Por eso —cuando hacemos algo bueno— no lo presumimos porque sabemos que es una deuda que estamos saldando. Y simplemente nos alegramos —nos sentimos consolados— porque el bien que hacemos consuela también a otros.


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