Domingo 22 de Septiembre 2019 – Domingo 25º T.O. C [una homilía]

22 de septiembre de 2019 — Deja un comentario

Se trata de un administrador que es acusado de malgastar los bienes de su amo. El amo lo llama y le dice: «¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador».

Tratemos de entender si esta historia no esté más cerca de nosotros de cuánto podemos pensar. Se trata de una analogía, o sea que no todo debe coincidir perfectamente con nuestra vida.

Pero algunas correspondencias con nuestra realidad sí podemos encontrar.

Ante todo, el hombre rico quien aquí pide cuentas de la administración es sin duda el Padre celestial: el Dios rico en misericordia.

El administrador es el hombre —el ser humano— que está llamado a administrar la riqueza del Señor: la gracia, los bienes, el planeta, los talentos, cuidar de quienes que se le confían.

Son todos los bienes que siguen perteneciendo a Dios, y de los que nosotros somos administradores. También los papás para con los hijos. (Debemos siempre recordar que los hijos no son una propiedad, sino una responsabilidad. Se responde a Dios de cómo se educó a los hijos).

***

Y entonces el hombre es aquel que un día deberá dar cuenta de la administración. Un día deberá responder a Dios de cómo cuidó las cosas que le fueron confiadas.

Y a cada uno de nosotros Dios le confía algo.

Nosotros no vamos a responder de TODO lo que sucede en el mundo, pero de lo que se nos confió, sí. De lo que nos toca —del bien que podíamos hacer— sí. Y digámoslo claramente: si Dios nos llamara en estos momentos: ¿quién estaría a la altura del examen? ¿Quién puede presumir ante Dios un balance presentable?

Creo que todos debemos temer un poco los resultados de la auditoría divina de nuestro sistema personal de administración.

***

Entonces si nos hemos identificado en algo con este administrador, vemos que en ese momento él hace un discurso extraño: «¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo?»

Si nos confrontamos con las etapas de la vida y también con el fin de la vida misma —si queremos prepararnos para el momento en el que las cosas nos serán quitadas— ¿qué podemos hacer?

Y es interesante lo que dice este administrador: «No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna».

Son nuestros límites, nuestras pobrezas. Son aquellas cosas para las cuales no tenemos fuerzas. Aquellas cosas que no somos capaces de hacer. Aquellos errores imposibles de corregir. Y no tenemos la fuerza de pedir de veras ayuda a quienes nos rodean. Y por eso estamos así en este estado de pobreza, de debilidad. ***

Entonces ¿Qué piensa este administrador? Piensa en iniciar a administrar los bienes de otra manera.

Hasta ahora no los había administrado así. Ahora debe administrar los bienes anulando las cuentas, rebajando las deudas, simplificando las situaciones.

***

¿Cuántas veces el perdón surge mucho más fácilmente en nuestro corazón, después de habernos confrontado con el hecho de que si Dios nos pidiera cuentas de nuestros actos ¿quién podría salvarse?

Como dice el Salmo: «Si tuvieras en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podría permanecer en tu presencia?».

Entonces —y sólo entonces— nosotros iniciamos a ser más flexibles, más humildes, más dispuestos a dejar las cosas.

Cuando nos damos cuenta de que hemos recibido muchos bienes en esta vida y que no hemos aprovechado demasiadas oportunidades, iniciamos a ser menos intransigentes con los demás, más comprensibles, más humanos, y descubrimos que las cosas de este mundo ya no deben ser consideradas como algo del que hay que tomar posesión, o algo a que hay que aferrarse, sino algo-por-medio-del-cual-se-puede-hacer-el-bien-a-alguien. Perdonar las deudas. Anular las distancias.

Y por eso tenemos que decidir a quién servimos: si servimos a las cosas, a las ideas, a las razones, o si servimos a Dios.

Cuando servimos a Dios muchas cosas de este mundo pierden su peso, su importancia.

De hecho, la gran mayoría de nuestras discusiones con el prójimo son por la posesión: de las cosas, de la fama, de los bienes, del dinero, de los puestos, de los lugares, de la importancia, de las opiniones, de la razón. Nos parece importantísimo eso de «tener». Todo lo queremos tener nosotros. Hasta la razón también la queremos tener siempre.

 ***

En resumen: ¿Cuándo se puede amar según el criterio verdadero?

Cuando se dejan —cuando se sueltan—las cosas de este mundo.

No hay nada que hacer: nos sucederá tarde o temprano que —por amar a alguien de veras— debamos renunciar a algo que poseemos en esta tierra: a una casa o a una cosa o a una creencia o a una opinión o a una razón.

Entre los hermanos sucede siempre.

Las familias se rompen por las herencias.

Y aparece el amor cuando aparece la generosidad mutua.

Cuando aparece claro que es más importante tener un hermano que tener una casa.

Cuando aparece claro que es más importante amar a un ser querido que defender nuestros espacios, nuestros tiempos, nuestras razones.

Cuando uno descubre que la administración de las cosas [y de las razones] debe hacerse según otro criterio: no según la ganancia, sino según el amor.


 

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