Domingo 29 de Septiembre 2019 – Domingo 26º T.O. C [una homilía]

29 de septiembre de 2019 — Deja un comentario

Es bueno meditar cuándo este hombre rico por fin vio a Lázaro.

Porque Lázaro era invisible para él.

Él tenia ojos para ver la prosperidad de su casa, la elegancia de los vestidos, la alegría de sus amigos, la riqueza de su mesa, lo sabroso de las fiestas.

No le alcanzaban los ojos para ver al pobre. El pobre era invisible para él.

Pero de pronto se volvió visible.

Dice aquí: «Vio a los lejos a Abraham y a Lázaro junto a él»: ahí sí lo vio.

La pregunta de este domingo podría ser: ¿quiénes son nuestros invisibles?

Eso es como si a uno le dijeran: «Haz una lista de las cosas que no has pensado». Es difícil pero algo así es lo que nos pide Jesús: ¿quiénes son mis invisibles? Porque Lázaro murió invisible para aquel hombre.   

Y resulta que este tema de lo visible y de lo invisible, de los invisibles —de los que son socialmente invisibles, de los que son eclesialmente invisibles— es un tema de vida o muerte y es un tema de vida o muerte eternas.

Los invisibles: ¿a quiénes no estamos viendo? ¿Quiénes son los que no entran nunca en ninguna cuenta nuestra?

***

Cristo nos dice hoy: «No mires solamente la seguridad de tu casa, no mires solamente la alegría de tu casa y de tus reuniones, no mires solamente lo bien servido de tu mesa. Hay alguien, hay un invisible».

Y yo creo que lo mismo pasa en una familia. Papás: ¿ustedes saben lo que se está cocinando en el corazón de sus hijos? ¿Les interesa saber? Ustedes los ven entrar, salir, cargar libros, aprobar materias, entrar a universidades, pero ¿qué se está fraguando ahí? ¿Qué es lo invisible de ese hijo que para ustedes es supuestamente conocido?

Si miramos el plano internacional, y si miramos el plano nacional, y si miramos el nivel familiar o si pensamos en lo propio del corazón, la invitación de Jesús es apremiante.

Es como si Jesús nos estuviera diciendo: «¡Sana tus ojos, cuida tus ojos, mira a ver si ves!»

Jesús sueña con una sociedad donde todos seamos visibles. Una sociedad donde nadie tenga que vivir y morir invisible. Una sociedad donde el dolor del hermano aparezca.

Pero para eso tenemos que reconocer que hay muchas personas y muchas situaciones que son invisibles para nosotros, muchas realidades que nosotros no queremos ver o no sabemos ver.

***

Jesús —en este Evangelio— se levanta como voz de todos los que no tienen voz, de todos los invisibles.

Jesús hoy se levanta para decirnos: «Ustedes no los ven. Pero yo sí los veo. Y mi Padre del Cielo sí los ve: mi Padre los conoce. Para Él «ellos» tienen nombre. Y ustedes un día van a ver a los que no quisieron ver».

Porque este es el punto: aunque haya algunos que son invisibles para nosotros, no son invisibles para Dios. Y esos que son visibles para Dios, cuentan, aunque no hayan estado en nuestras cuentas.

Y además los invisibles se están cansando de ser invisibles. En realidad, son las bombas de tiempo que nosotros les preparamos a las siguientes generaciones.

***

El libro del Apocalipsis, en el capítulo tercero, Cristo dice a la Comunidad cristiana de Laodicea: «Te aconsejo que me compres un colirio para que se te mejoren los ojos».

Es importante conseguir ese colirio porque «el que dice que cree en Dios y no ve a su hermano, se engaña»; «El que dice que ama a Dios  y no ve a su hermano, es un mentiroso».

Pidámosle hoy al Señor que nos regale ese colirio.

Para que nadie sea invisible para nosotros.

Para que no nos hagamos ciegos al dolor del hermano.

***

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De cualquier manera, debemos estar preparados para muchas sorpresas.

Porque la manera de cómo vemos las cosas no es la manera de cómo Dios ve las cosas.

Y el objetivo es verlo todo a través de los ojos de Dios.

Que Él nos conceda esa gracia.


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