Domingo 13 de Octubre 2019 – Domingo 28º T.O. C [una homilía]

13 de octubre de 2019 — Deja un comentario

Nueve de los que recuperaron la salud no regresan.

El samaritano —un hereje extranjero— regresa. Y lo hace porque escucha a su corazón. Porque siente que la salud no viene de los sacerdotes sino de Jesús; no de la observancia de leyes y ritos sino del contacto con Él.

Una vez más vemos que para Jesús cuenta el corazón. Y el corazón no tiene fronteras políticas o religiosas tal como nosotros las trazamos.

Los diez creen en la salud antes de verla.

La esperanza de los diez es más fuerte que la evidencia.

Los diez confían en Jesús y se ponen en camino.

«Y mientras iban de camino fueron sanados».

Siempre sucede así: el futuro entra en nosotros con el primer paso que damos. El futuro comienza mucho antes de que suceda: como una semilla, como una profecía, como un anticipo de confianza que le otorgamos a Dios.

Pero resulta que el Evangelio está lleno de enfermos que recuperan la salud, de gente sanada que a modo de cortejo alegre acompaña a Jesús en su anuncio de un Dios que está con nosotros,  que sufre en la llagas de los diez leprosos y que goza en el asombro del único que regresa agradecido y al cual Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado».

Y sin embargo también los otros nueve que no regresan tuvieron fe en las palabras de Jesús. ¿Dónde está la deferencia?

Es evidente que los nueve no regresan porque obedecen la orden de Jesús quien les dijo: «vayan a presentarse a los sacerdotes». Pero resulta que Jesús quería ser desobedecido: a veces la obediencia formal —obediencia al pie de la letra— es una traición más profunda. A veces es necesario ir en contra de la ley para ser fieles a la ley en profundidad.

Por eso el desobediente tiene algo que no tienen los obedientes.

Por eso el samaritano «salvado» tiene algo que no tienen los nueve «sanados».

Él no se contenta con el don de la salud: busca al Donador.

Se dio cuenta de que el secreto de la vida no está en la sanación sino en el Sanador: en el encuentro con ese Dios que tiene sus pies llenos de fango de nuestros caminos y sus ojos fijos en nuestras heridas.

Al samaritano no le basta regresar con sus seres queridos, con su familia, con sus amigos, con su comunidad: él quiere regresar a la Fuente de donde brotó para él —de manera tan insesperada— esta vida nueva.

Porque una cosa es ser sanados y otra cosa es ser salvados.

En la sanación se cierran las heridas.

Pero en la salvación se abre la fuente: entras en Dios y Dios entra en ti.

Los nueve sanados encuentran la salud. El único salvado encuentra a Dios.

***

Una vez más nuestra Madre la Iglesia y Jesús mismo nos proponen como modelo de fe a un samaritano, es decir a un extranjero, un hereje, uno que no pertenece a la tribu correcta, uno que no tiene creencias correctas, uno que no sigue las leyes del pueblo de Dios.

Precisamente a ese hombre —excomulgado— Jesús le dice: «tu fe te ha salvado».

Para recordarnos que la fe que salva no es una profesión verbal y no está hecha de formulas, sino de gestos llenos de corazón: el regreso, el grito de gozo, el abrazo que estrecha los pies de Jesús.

Y observemos que en ese leproso que regresa importante no es el acto de agradecer como si Dios estuviera buscando nuestros agradecimientos. El samaritano es salvado porque entra en comunión.

***

Para los nueve la salud recuperada fue más que suficiente.

No regresan quizá por haber quedado secuestrados en los abrazos de sus seres queridos; quizá intoxicados por la felicidad inesperada. Y Dios siente alegría por su alegría, como antes había sentido dolor por su dolor.

No regresan quizá porque sienten la salud como algo a lo que tienen derecho, algo que se les debía, y no como un don. Como un derecho. No como un milagro.

Y sin embargo cada regalo —cada milagro— es una historia inconclusa.

Cada milagro —incluido cada milagro supuestamente común y ordinario— es una historia que inicia. Porque el hombre no es sólo su cuerpo.

Mi plenitud consiste en pasar de simple sanado a salvado. Y entrar en comunión con el Donador. Y no sólo con sus dones.

Porque el Donador quiere donarse a sí mismo. Nada menos que esto.


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