Domingo 20 de Octubre 2019 – Domingo 29º T.O. C [una homilía]

19 de octubre de 2019 — Deja un comentario

Para enseñarnos que es necesario orar siempre y sin desanimarnos, Jesús nos invita a la escuela de oración de una viuda pobre.

Y aquí es importante observar que Dios no está representado por el juez de la parábola. A Dios lo encontramos en la persona de la viuda, que es la carne de Dios en la que clama el hambre de justicia. Es el Dios que se niega a aceptar que «las cosas sean así».

Y esta mujer sabe dos cosas: +ella sabe que se merece algo y +sabe que tiene un adversario.

O sea que la oración permanece viva si recordamos que tenemos derecho a vivir una vida auténtica, a tener el Espíritu Santo. La oración permanece viva si no olvidamos que hemos nacido para tener amor en nuestros corazones y para hacer algo valioso en este mundo.

Y —en segundo lugar— no debemos olvidar que tenemos un adversario: la mediocridad, la rutina, el hábito de no amar.

O sea que la historia de este juez desalmado y de la viuda insistente es la historia de nuestra lucha interior. Somos pobres y vulnerables como aquella viuda, pero un espíritu noble dentro de nosotros sabe que nuestra existencia no es un error, que hay muchas cosas valiosas en cada uno de nosotros.

Pero también tenemos un espíritu superficial —un juez injusto— que sólo piensa en sí mismo, indiferente a las necesidades de los demás y sordo a la voz de Dios.

Hay en nosotros una batalla continua entre lo profundo y lo superficial. Entre lo noble y lo banal.

Entonces oramos para no desperdiciar nuestro valor. Oramos para no ceder ante nuestro enemigo: la mediocridad y el egoísmo.

Por eso nos dice Jesús que tenemos que orar siempre, sin desfallecer, sin cansarnos. Lo cual a nosotros nos parece francamente una misión imposible. Porque nuestra experiencia común es que Dios cansa, que orar cansa, que apostar a lo invisible cansa.

Cuando esto sucede debemos acordarnos del burro del Domingo de Ramos, que siente sobre sí todo el peso del cuerpo de Jesús y el cansancio del recorrido, pero es él que está más cerca del Señor.

Así que cuando sentimos el cansancio, cuando sentimos el peso de Dios, en ese momento somos como el burro de Jesús: el más cansado, porque el más cercano a Jesús. Lo importante es entonces continuar, porque luego viene lo verdaderamente bueno: la montaña rusa de la Semana Mayor.

Por otro lado, debemos recordar que «orar siempre» no lo debemos confundir con «recitar-oraciones-sin-interrupción». Jesús mismo dijo: «cuando oren, no multipliquen palabras».

Orar es como amar. Y, si amas a alguien, es «noche y día», es un «grito continuo», es un estado del corazón y uno no se cansa nunca.

De san Francisco de Asís tenemos un hermoso testimonio que dice así: «El hermano Francisco al final de su vida ya no hacía oración: se había hecho él mismo oración». Era oración hecha persona.

***

Entonces debemos insistir en la oración no porque la respuesta de Dios tarda en llegar, sino porque la respuesta de Dios es infinita. Porque Dios es un don que no tiene fin: nunca se termina.

Y luego oramos para tener abiertos los senderos. Porque si no lo recorres con frecuencia, el camino que conduce a la casa del amigo será invadido por los espinos y las malas hierbas.

Oramos para descubrir que nuestra vida está inmersa en Dios, que estamos rodeados por un océano de amor y no nos damos cuenta.

 No oramos para cambiar el corazón de Dios, sino para cambiar el corazón del hombre. No oramos para convencer a Dios, sino para ser transformados nosotros.

Porque al contemplar al Señor, somos transformados en su misma imagen.

Contemplar transforma. Uno se convierte en lo que mira. Uno se convierte en lo contempla con los ojos del corazón. Uno se convierte en lo que ora. Uno se convierte en lo que ama.

Por eso Santa Catalina de Siena dice que «Dios no puede dar nada menos que a Sí mismo». E inmediatamente añade: «Pero dándonos a Sí mismo nos lo da todo». Obtener a Dios de Dios, este es el primer milagro de la oración.

No oramos para recibir cosas, sino para ser transformados.

No oramos para recibir dones, sino para recibir al Donador mismo: para recibir su mirada, para amar con su corazón.

Así que esto se nos debe grabar esta noche: el objetivo de la oración no consiste en hacer que Dios cambie, sino hacer que cambiemos nosotros. La oración no cambia a Dios: la oración nos cambia a nosotros. Por eso la persona que ora, cambia.

Y la persona que ora mucho, cambia mucho.


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