Domingo 27 de Octubre 2019 – Domingo 30º T.O. C [una homilía]

26 de octubre de 2019 — Deja un comentario

El domingo pasado decíamos que «uno se convierte en lo que ora». Y hoy el Evangelio nos presenta dos modelos de orar, es decir dos modos de relacionarnos con los demás, de buscar nuestra identidad, de construirnos como personas. El paso de un modelo a otro lo podríamos llamar conversión.

Pero veamos estos dos modelos más de cerca. Porque además estos dos personajes son como nuestras subpersonalidades que llevamos dentro cada uno de nosotros.

Y así el fariseo —que llevamos dentro— para construir su identidad y su seguridad tiene necesidad del espejo deformante que denuncia y expone al desprecio los defectos ajenos («no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros, ni como —por ejemplo— ese publicano»).

Nuestro fariseo construye su identidad en oposición a los demás. La suya es una identidad excluyente, una identidad frágil, una identidad que para mantenerse en pie —para funcionar— necesita que haya los malos con quienes pueda compararse. Parece que es necesario hablar mal de los demás para sentirme vivo yo, para sentirme mejor persona yo, para manter mi autoestima en un nivel aceptable.

Es una identidad tribal, segregacionista, que para afirmarse necesita hacerlo a costa de alguna víctima, de alguna oveja negra, de algún crucificado, de algún chivo expiatorio. Es una identidad que crea víctimas, que crea marginados.

Y todos estamos envueltos en esta mentalidad —en esta atmósfera mortal— desde los orígenes del mundo: para afirmarme yo necesito negar al otro. Necesito sacrificar a mi hermano para poder florecer yo.

Se trata de una mentira: es la incapacidad de ver al otro como hermano.

Y lo atestiguan las Escrituras Sagradas: es la historia de Caín y Abel, la historia de José el Soñador, la historia de Amos, la de Jeremías, la de Juan el Bautista, la de Jesús mismo, la de Pablo, la de los cristianos perseguidos, la de los judíos perseguidos, la de las brujas, de las mujeres, de los negros, la del presidente Trump y los mexicanos y el muro. Es la historia de la humanidad, es decir: de cada uno de nosotros. Esa necesidad profunda que tenemos de «tenernos por justos nosotros y despreciar a los que no son como nosotros».

Pero se trata de una identidad diabólica, es decir una identidad que divide, porque viene del padre de la división, el diablo, el asesino desde el principio, el padre de la mentira. En nuestra tradición católica esta herencia diabólica recibe el nombre de «pecado original».

La pregunta es: ¿Cómo oramos? ¿Cómo construimos nuestra seguridad y nuestra identidad? Cómo respondemos a la pregunta de: ¿Quiénes somos nosotros? ¿Quién soy yo? Y ¿Quiénes son los demás?

¿Levantando barreras? ¿Marginando? o ¿Descubriendo cada vez más cosas en común con el resto de la humanidad? ¿Empezando por reconocer —como el publicano— que  estamos hechos del mismo barro?

¿Hasta qué grado estamos inmersos en una mentalidad sectaria, es decir farisaica? La palabra fariseo en hebreo significa «separado». «Nosotros» los «buenos» separados de «ellos», es decir de los «malos».

Es una actitud frecuente y nos da una especie de sentimiento de fraternidad belicosa, un sentimiento reforzado de identidad, porque uno se enfrenta con un mundo poblado por un insidioso ejército de protestantes, masones, paganos, ateos, y otros bichos peores aún.

***

Hay que reconocerlo. Hay que reconocer que estamos muy lejos del proyecto de Jesús: hay que reconocer que somos pecadores. Esta es la condición para celebrar la Eucaristía. Y por eso la Misa la empezamos —siempre— con el acto penitencial. Repitiendo precisamente el gesto del publicano del Evangelio de hoy. Desde ahí estamos invitados a crear mundos que todavía no existen.

Para esto hay que tener suficiente imaginación. Es decir: hay que escuchar el clamor, la provocación de Jesús, cuando anuncia que es posible vivir de manera distinta.

La Eucaristía es un proyecto en el que vivimos por el poder de Cristo Crucificado-Resucitado.

La Eucaristía es el camino para conseguir el paraíso que nunca hemos conocido.

Las palabras de la institución de la Eucaristía que el sacerdote repite en cada Misa: «Hagan esto en memoria mía» nos invitan a un proceso, a un proyecto de vida: a construir una comunidad diferente, un mundo nuevo, un nuevo tipo de identidad. «Hagan esto en memoria mía» no significa tan sólo: «repitan el rito», sino también y sobre todo: «vivan como yo he vivido».

***

La Eucaristía es también el banquete universal. Es la anticipación del banquete celestial. Si tomamos en cuenta esta dimensión de la Misa esto nos abre a una perspectiva más universal todavía, es decir: la Eucaristía puede anunciar una posibilidad de transgredir las fronteras que nosotros los humanos trazamos con tanta seguridad y solemnidad. Y que —sorpresa de sorpresas— una vez más resulta que nada tienen que ver con la realidad tal como la ve Dios. Nada. Fronteras que trazamos entre los buenos y los malos, entre los que están dentro de nuestro club y los que están fuera de nuestro club, entre los que están en gracia y los que no están en gracia, entre los que están cerca de Dios  y los que están lejos de Dios, entre los que merecen la absolución y los que no merecen absolución, entre los que pueden acercarse a la Comunión y los que no pueden acercarse a la Comunión.

¿Dónde están las fronteras que nosotros creamos?

Para verlo —para ver esto— hay que atreverse a ser imaginativos como Jesús, quien pidió de beber a la Samaritana y alabó la oración del publicano.


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