Domingo 3 de Noviembre 2019 – Domingo 31º T.O. C [una homilía]

2 de noviembre de 2019 — Deja un comentario

Al pasar por ahí Jesús levantó los ojos. Y miró a aquel hombre desde abajo, como cuando lavaba los pies a los discípulos. Esta es la perspectiva desde donde nos mira Dios. Dios nunca nos mira desde arriba de una nube celestial, sino siempre desde abajo: con infinito respeto, anulando toda distancia.

Así que Zaqueo —que trata de ver a Jesús—descubre que es visto por Jesús.

El que no conoce a Jesús descubre que es conocido por Jesús.

El buscador se da cuenta de que está siendo buscado: «Zaqueo, bájate pronto, hoy debo quedarme en tu casa».

Jesús no dice: «Zaqueo, bájate y cambia tu vida». Jesús no dice: «Zaqueo, bájate y vamos a rezar». Jesús no dice: «Zaqueo, bájate y vamos a misa».

Si Jesús le hubiera dicho: «Zaqueo, yo te conozco bien, sé que eres un alacrán vende-patria, sin religión y sin Dios; y una rata de mala entraña. Si restituyes lo que has robado, entonces vendré a tu casa»; si Jesús le hubiera hablado así, Zaqueo se habría quedado en el árbol. Porque esa clase de palabras Zaqueo ya la había escuchado de todos los fariseos piadosos de la ciudad.

Pero la conversión de Zaqueo no es la condición para el encuentro con Jesús, sino la consecuencia del encuentro con Jesús. Porque en realidad no son las ideas que las nos cambian la vida, sino el encuentro con las personas.

Por eso de parte de Jesús no le llega a Zaqueo ningún requerimiento para confesar o expiar el pecado. Lo que Jesús declara —en cambio— es su necesidad de estar con Zaqueo: «Tengo que ir a tu casa. Debo —quiero, necesito— entrar en tu mundo. No quiero llevarte a mi mundo, como cualquier predicador fundamentalista buscapendejos: quiero entrar en tu mundo, hablar tu lenguaje, que tú puedas entender».

«Debo ir a tu casa». Es más: no solo a tu casa, sino a tu mesa.

La mesa que es el lugar de la amistad, donde se hace y se rehace la vida, donde nos alimentamos los unos de los otros, donde la amistad se alegra con miradas y se fortalece con los acuerdos; donde la comida compartida establece lazos y une a los comensales.

Esas mesas en las que Jesús se reúne con los pecadores son el espejo de su programa, son el resumen del Evangelio: Dios en mi mesa, como un miembro de la familia, íntimo como un ser querido, un Dios accesible para todos.

Es el método desconcertante de Jesús que cambia a los pecadores comiendo con ellos, es decir, compartiendo comida y vida. Jesús no imparte sermones desde la superioridad de la cátedra, sino que se detiene a la altura de los ojos, a un milímetro de miradas. Atrae con la sorpresa de la amistad que repara las vidas traumadas.

Zaqueo reacciona a la presencia de Jesús cambiando el rumbo de su vida, haciendo lo que el Maestro ni siquiera le había pedido, haciendo más de lo que dictaba la ley: «Señor, la mitad de mis bienes para los pobres; y de lo robado, regreso cuatro veces más».

Y el motor de esta transformación es el asombro ante la misericordia: una misericordia inesperada, inmerecida, no solicitada. Es el asombro ante la confianza. El asombro ante la amistad. El asombro ante la amabilidad.

Jesús no se fijó en los errores de Zaqueo, no lo juzgó, no señaló con el dedo sus pecados, sino que le ofreció su amistad, se ofreció a sí mismo como amigo, confió en él con una confianza total e inmerecida.

Y es interesante ver que lo que no logró todo el odio, la rabia, el insulto, la descalificación y amargura y las maldiciones de todos los habitantes de Jericó —lo que no pudo el odio— lo pudo el amor: dos gotas de misericordia.

Y entonces todo el mundo se escandaliza. Todos empiezan a murmurar, a criticar a Jesús. Pero ¿Qué importa lo que diga la gente! ¡Qué importa lo qué digan de mí! ¡Robé al ladrón! Robé lo que quería robar! ¡Gané para mi Padre lo que quería conseguir! El pecador se sabe amado. Amado sin mérito, sin razón. Simplemente amado. Y luego renace. Es un hijo de Abraham. Un hijo de la bendición. Siempre lo ha sido.

Y esto es escandaloso para el moralista que hay en mí siempre queriendo encontrar a Cristo como resultado de mi comportamiento honesto.

Pero mi vida realmente solo cambiará cuando lo encuentre a Él.

Y ya viene. Porque Jericó está en todos los caminos del mundo.

Y para cada enano hay un árbol. Y para cada alacrán una mirada.

Y cada uno tiene una casa para ofrecerle a Dios. Porque la casa de Zaqueo es la de cada uno.

Y hoy el Señor quiere quedarse precisamente en la mía.

Porque hasta los más lacras tienen chance si no se aferran y se dejan jalar.


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