Domingo 10 de Noviembre 2019 – Domingo 32º T.O. C [otra homilía]

9 de noviembre de 2019 — Deja un comentario

En el Evangelio de este domingo aparece el caso absurdo de una mujer que se casa y enviuda siete veces. Los saduceos usan esta historia inverosímil para plantear la pregunta sobre quién la tendrá como esposa en el más allá. Y hacen ese cuestionamiento a Jesús para demostrar lo absurdo —según ellos— de la fe en la resurrección de los muertos.

Es la clásica pregunta que no lleva a ninguna parte y es inútil desentrañar el caso porque es sólo una trampa. De hecho Jesús no cae en esa trampa y traslada el asunto a otro nivel.

El verdadero amor —el amor sin condiciones— no tiene sentido para quienes no creen en la eternidad. Si quiero amar hasta el final, necesito estar libre de las angustias sobre el futuro. Para amar de veras debo poder morir. Para amar de veras debo poder no defender nada y pensar que este es el camino de la existencia.

Jesús alude a todo esto en su respuesta misteriosa a los saduceos: «En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado».

Aquí Jesús hace una distinción entre los hijos de este mundo (con sus objetivos y estrategias) y los hijos del Reino de los Cielos. Porque una cosa es casarse para sobrevivir y otra cosa es casarse para entrar en el plan de Dios.

El matrimonio es una vocación al cielo y encierra las gracias y las tribulaciones que me permiten alcanzar al Padre.

Si el matrimonio se hace sólo para «estar bien» está condenado al fracaso. Me desharé de mi pareja cuando me canse de ella o cuando me haga sufrir. Porque no entenderé que hay algo más grande y valioso que se oculta incluso en dificultades.

Los que viven para la resurrección son como los ángeles, nos dice Jesús. Y un ángel es un mensajero, tiene una misión. El matrimonio es una misión, un sacramento, un signo.

Cuando perdemos esta perspectiva, nada raro que nos atasquemos en situaciones sin solución.

Porque nadie puede entender el significado profundo del matrimonio a menos que esté profundamente abierto al Reino de los Cielos. El objetivo del matrimonio es el cielo. El objetivo del matrimonio es Dios. El objetivo del matrimonio es lo que no puede ser arrebatado por la muerte. Y no sólo del matrimonio. Todo tiene sentido sólo si es el camino de la vida eterna. De lo contrario, es un callejón sin salida.

En el cielo ya «no tomarán mujer ni marido», porque en «tomar marido», en «tomar mujer» hay una «posesión» que ya no es concebible para quien ha conocido a Cristo.

Porque ahí donde el matrimonio no es meramente iniciativa mía es un camino para el cielo. Un camino de santificación. La meta del matrimonio es el cielo.

«Yo-no-tomo-mujer»: «yo-estoy-caminando-hacia-el-cielo-amando-a-esta-mujer, amando-a-este-hombre, construyendo-una-familia».

Una cosa es construir una familia sin resurrección —o construir un mundo sin resurrección— donde todo lo que cuenta es cómo estoy hoy. Y eso me impedirá realizar actos de verdadera donación.

Otra cosa muy diferente es vivir según el cielo que no pertenece ya al esquema injusto y opresor de este mundo.

La indisolubilidad que hay en el matrimonio cristiano no es concebible, no es verdaderamente comprensible sin la resurrección, o sea sin la capacidad de vencer la nada que tarde o temprano se hace presente en todas las relaciones.

Estos hombres regenerados por el cielo tienen otras relaciones. No viven según la carne. Ya no pueden morir. Son como los ángeles.  O sea ya no tienen la muerte como el horizonte de comprensión de las cosas. Saben que la muerte no es la última palabra. Son como los ángeles.

Los ángeles son los mensajeros de Dios, son los enviados, viven su vida como una misión. Es una manera muy diferente de vivir.

Una cosa es vivir el matrimonio para satisfacer mi hambre afectiva.

Otra cosa muy diferente es vivir el matrimonio como una misión.

Trabajar como una misión.

Entablar relaciones como una misión.

Como enviados de Dios.

Como palabras que Dios está diciendo al mundo.


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