Domingo 17 de Noviembre 2019 – Domingo 33º T.O. C [una homilía]

17 de noviembre de 2019 — Deja un comentario

Este domingo nos prepara para el fin del año litúrgico. Y el fin del año siempre nos habla también un poco del fin de la vida. Es el secreto del fin. Y Jesús nos advierte: «Cuídense de que nadie los engañe».

Porque de hecho podemos dejarnos engañar cuando escuchamos que «días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están mirando».

Y el primer error sería pensar que esto que dice Jesús se refiere sólo al momento del fin global, o sea el fin del mundo, algo muy lejano de nosotros.

Y no es así: Jesús nos dice que de lo que nosotros estamos viendo no permanecerá piedra sobre piedra. Todo termina. Todo debe terminar. Y no es una injusticia sino que está en el contrato. Es parte del convenio. El punto de llegada no está aquí. Estamos en camino. La meta está más adelante.

Pero también podemos engañarnos sobre otra cosa. Porque Jesús dice: «Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin».

¿Y cuál es el fin? «Si se mantienen firmes, conseguirán la vida». La salvación es el fin. Y nuestra historia es una historia de salvación.

Pase lo que pase: terremotos, hambre, epidemias, persecuciones y traiciones nunca son lo que parecen. Para quien está del lado de Cristo todas estas cosas —siempre— se convierten en el camino de la salvación.

Por supuesto que es del todo normal que uno se quede perplejo y nos preguntemos: pero ¿por qué debe ser así? ¿Por qué es necesario pasar por estas tribulaciones?

Si hubiéramos nacido para el confort, para el placer de comprenderlo todo y de poseer todo lo que deseamos, todos estos discursos serían absurdos.

Pero nacimos para el amor. Y eso es otra cosa. Porque significa que la cruz de Cristo no es un accidente en el camino, sino el rostro de Dios. Para que Dios se mostrara como es —el Padre de misericordia— su Hijo tuvo que mostrar la naturaleza de esta misericordia suya padeciendo en su propio cuerpo todo el mal que el hombre puede producir.

Pero este no fue el fin. Era el camino al cielo. La cruz es sólo una etapa transitoria. El fin de las cosas —a partir de Cristo en adelante— no es el dolor: todo dolor es siempre dolor del parto.  

Nosotros con demasiada frecuencia nos engañamos buscando una salvación sin dolor. Pero no hay parto sin sangre. No hay vida nueva sin la pérdida de la vida vieja.

Y nos dice todavía Jesús: «Muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso».

O sea que las ofertas de salvación sin la cruz son trampas.

Un joven no se convierte en adulto sin pasar por una purificación.

Un matrimonio no llega a ser auténtico sin pasar por una tribulación.

Una amistad no se hace verdadera sin el perdón.

Se necesitan estas cosas para reconocer lo que es válido y confiable.

Es por eso que cuando nos embarcamos en una búsqueda de Dios sin la cruz, corremos el riesgo de encontrar una cruz sin Dios.

***

Este Evangelio nos lleva a una vida seria, una vida hermosa, precisamente porque —como todos los desafíos verdaderos— no es simple, no es banal. Una vida para experimentar muchas veces —entre consolaciones y tribulaciones— la salvación.

***

Debemos entonces grabarnos bien que —cuando nuestra vida salta por los aires— no es el fin. En realidad, todos estos sufirmientos —todas esas promesas, todas esas cosas terribles que nos promete Jesús en el Evangelio de este domingo— son ocasiones para dar testimonio.

Nuestra fe no es una póliza de seguro contra los infortunios, sino una luz para afrontar los problemas y la maldad humana.

Ninguna de estas cosas es el fin. Todas y cada una están en el contrato. Todas y cada una son el inicio de una aventura: la aventura de una misión, la aventura de hacer algo bueno, algo bello.

Un terremoto puede ser una llamada al amor.

Una injusticia es una llamada al perdón.

Un tribunal inicuo es una llamada al testimonio.

El rechazo de parte de las personas que más amo en este mundo —mis padres, mis hermanos, mis amigos— ser objeto del odio generalizado: todas estas cosas son una llamada a buscar la vida que vale. Y atreverse a perder la vida que no cuenta.

Ocasiones para amar. Ocasiones para encontrar a Dios. Sabiendo que Él conduce nuestra historia. Y que nuestra vida no se puede perder en sus manos.


 

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