Domingo 24 de Noviembre 2019 – Domingo 34º T.O. C – Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo [una homilía]

23 de noviembre de 2019 — Deja un comentario

«¡Si tú eres el Mesías de Dios, sálvate a ti mismo!» Las autoridades religiosas del pueblo se escandalizaron: ¿qué clase de Dios es éste que deja morir a su Mesías?

Se escandalizaron los soldados, los hombres fuertes: «Si tú eres el rey, sálvate a ti mismo». ¿Acaso hay algo que vale más que la vida?

Y sin embargo sí: la cruz nos dice que hay algo que vale más que la vida: el amor vale más que la vida.

Y aparece un rey que muere obstinadamente amando. Justiciado, pero no vencido. Al que nosotros podemos rechazar, pero che no nos rechazará nunca. Y la Resurrección es la señal de que un amor así no se perderá jamás.

Un malhechor colgado en la cruz le pide no ser olvidado y Él se lo lleva consigo.

En este ladrón la misericordia divina nos alcanza a todos, consagrando —en un malhechor— la dignidad de cada persona humana.

En su decadencia, en su límite más bajo, el hombre es siempre digno de amor para Dios. Lo propio de Dios es amar incluso lo no amable, lo que no merece ser amado. La misericordia ama a la miseria.

No tiene méritos que pudiera presumir el ladrón. Pero Dios no se fija en el pecado o en el mérito. Su mirada compasiva se fija en el sufrimiento y en la necesidad, como un padre o una madre que miran sólo el dolor y la necesidad del hijo.

«Acuérdate de mí, cuando llegues a tu reino». Y Jesús no sólo se acuerda, hace mucho más: se lo lleva consigo, lo carga sobre sus hombros, como hace el pastor con la oveja perdida, lo lleva a casa: «estarás conmigo».

Y mientras la lógica de nuestra historia humana parece avanzar a través de excluir, separar, rechazar, marcar fronteras, el Reino de Dios es la tierra nueva que avanza a través de incluir, abrazar, recibir.

«Acuérdate de mí», suplica el pecador. «Estarás conmigo», responde el amor. Es la síntesis extrema de todas las posibles plegarias.

Las últimas palabras de Jesús en la cruz son tres palabras reales, tres edictos imperiales. «HOY». «CONMIGO». «EN EL PARAÍSO».

«HOY»: ahora, al instante. Es que el amor siempre tiene prisa. Es el momento que se abre a la eternidad. Es la eternidad que se cuela en el momento.

«CONMIGO»: mientras nuestra historia de conflictos se cierra en muros, fronteras, rechazos, el Reino de Dios es compartir y recibir.

«EN EL PARAÍSO»: aquel lugar anhelado por nosotros.

***

Y si el primero que entra en el paraíso es este hombre de vida equivocada, entonces, no hay nada ni nadie definitivamente perdido, nadie es sin esperanza.

En una ocasión, una mujer humilde, llegó con lágrimas en los ojos, angustiada y desolada a buscar al santo Cura de Ars. Se sentía abrumada por la pena porque su marido se arrojó de un puente. Se había suicidado. Le contó al Cura su dolor y su angustia, le dijo que su esposo se había suicidado y que los que se suicidan ofenden gravemente a Dios y se condenan.

El Cura —con voz firme y tierna a la vez— le dijo a la mujer: «No temas, tu marido no se condenó». La mujer —asombrada, perpleja, confundida— le dice al Cura incrédula: «Pero mi marido se suicidó. Se quitó la vida. Y sabemos que sólo Dios es Dueño y Señor. Él Lo ofendió gravemente y murió cometiendo pecado».

El Cura, tomó su mano, la miró a los ojos y le dijo: «En verdad no temas, tu marido no se condenó. Entre el puente y el río cabe la Misericordia de Dios».

En ese instante —en esa delgada línea entre la vida y la muerte— cabe la misericordia de Dios.

En su límite último el hombre sigue siendo amable, sigue siendo digno de amor, digno de ser amado, el hombre sigue siendo salvado.

Nadie está perdido para siempre.

Nadie podrá andar tan lejos como para no poder ser alcanzado por Él: «hoy estarás conmigo».

Porque la salvación es un regalo. Inmerecido. No un mérito.

Los brazos del Rey Crucificado quedarán abiertos para siempre —en abrazo incondicional que no puede retractarse— para todos aquellos que reconocen a Jesús como compañero de amor y de dolor. Cualquiera que sea su pasado.

ESTA ES LA BUENA NOTICIA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.


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