Domingo 1 de Diciembre 2019 – Domingo 1º de Adviento Ciclo A [una homilía]

30 de noviembre de 2019 — Deja un comentario

«Ven, Señor, no tardes». Esta es la plegaria que —en este tiempo de Adviento que hoy iniciamos— repetiremos una y otra vez: «Ven, Señor».

Esta es también la paradoja del Adviento. «El Señor está con nosotros» y —sin embargo— esperamos que venga a nosotros.

Es la paradoja de nuestra condición humana. Estamos sumergidos en Dios, estamos sumergidos en el amor divino: en Él vivimos, nos movemos y somos, y sin embargo esperamos que venga a nosotros.

Creemos en la verdad de Su presencia y sin embargo —siempre de nuevo— debemos abrir nuestros corazones y nuestras vidas a Aquel que viene.

Es una paradoja: una aparente contradicción: dos verdades opuestas que son verdaderas al mismo tiempo.

A nosotros no nos gusta vivir estas situaciones contradictorias de nuestra vida. Pero conviene que nos acostumbremos y aceptemos estas paradojas, porque son parte del paquete que se llama Vida.

La verdad es que Dios viene siempre. Viene constantemente.

Cuando lo llamamos, Él viene. Como vino la primera vez.

Esta primera venida la vamos a recordar dentro de 4 semanas.

Y la respuesta a esta súplica fue un bebé nacido en circunstancias difíciles, o sea algo que sucede todos los días: un bebé. A decir verdad había poco que ver en la superficie: un bebé y la cruz.

Y eso es verdad de todas las venidas de Dios a nuestra vida. Y eso lo debemos aprender y se nos debe grabar: Dios viene una y otra vez, pero su manera de venir a nosotros no es para nada lo que esperamos.  Porque en la superficie no se ve nada espectacular.

***

Y es importante que sepamos a qué hora viene el Señor. El Señor llega a deshoras. Y para el colmo llega de manera equivocada. Y eso nos desilusiona una y otra vez: un bebé y la cruz.

Su horario preferido de llegar: la noche, la noche más larga del año, para ser precisos. O sea que ya deberíamos tener aprendidos esos detalles —digo yo— a esas alturas de nuestra vida. Cuántas Navidades hemos celebrado y parece que aún no hemos aprendido: que Dios viene en la noche más larga de nuestra vida.

Dios viene, Dios nace en el corazón de nuestra noche. Porque no se trata ciertamente de detalles cronológicos, sino de tiempos de gracia.

Por eso San Pablo nos dice hoy: «despierten del sueño». Precisamente porque es tan fácil dejar desapercibido a Dios que viene. Como le pasó a nuestro patriarca Jacob, cuando se despertó de su sueño y dijo: «Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía».

O sea que nosotros vivimos nuestra vida dormidos como Jacob.

Pero hay momentos cuando sentimos que nos estamos despertando a algo que no veíamos. Es cuando tomamos un poco de distancia de nuestras actividades comunes y de pronto sentimos algo —un destello de luz en el corazón— sentimos que estamos despertando y decimos: «¡Por Dios, ¿yo qué estaba haciendo?» «¿Para dónde era que iba yo?» «¿En qué estoy gastando mi juventud?» «Estaba a punto de perder mi familia» «¿Esto para qué sirve?» «¿Cuál es el sentido de mi vida?».

«Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía» [Gen 28, 16].

Ese despertar —ese darnos cuenta— a veces se logra en un retiro espiritual, a veces en un funeral, a veces en una cama del hospital, a veces en la cárcel. Y despertamos. La predicación, los retiros, los acontecimientos duros de la vida nos depiertan.

***

La otra opción sería —como nos dice Jesús en el Evangelio de hoy— que viviéramos despiertos, o sea atentos al Señor que viene, vigilantes, capaces de mirar más allá de la superficie de las cosas. No quedarnos en la superficie de la vida, no quedarnos en superficie de la cruz, no quedarnos en lo absurdo de lo que nos pasa, no quedarnos en la superficie de lo ordinario, de lo que damos por descontado en nuestra vida.

Lo ideal sería pues no esperar a que la vida nos sacuda. No esperar a que un golpe nos despierte. No esperar a que una sacudida brutal llegue a nuestra vida para que entendamos lo que está en juego.  ***

*** Así que hoy, el primer Domingo de Adviento —y Adviento es una manera elegante de decir «la espera»— yo te invito a que le entregues al Señor tu momento: que le entregues al Señor tu noche.

Recuerda que es el horario preferido del Señor: la noche de tu vida.

Entrégale tu día. Entrégale tu vida: tu vida joven o tu vida vieja. Entrégale tu edad. Entrégale tus años. Entrégale tu tiempo. Quizá es la mañana de tu vida apenas. Quizá es la tarde.

Dios tiene tiempo para ti. Dios quiere entrar en tu tiempo, para convertirlo en tiempo de gracia. Dios quiere entrar en tu vida vieja para hacerla nueva. Él hace nuevas todas las cosas. ***

*** Y finalmente debemos elegir: entre vivir dormidos o vivir despiertos.

Si elegimos vivir dormidos, pues algún día nos van a despertar. Como decía San Pablo, en la Segunda Lectura.

Jesús nos propone más bien vivir despiertos.

Que no esperemos las tragedias para despertar.

Que despertemos por las buenas y vivamos con los ojos abiertos, porque Aquel que vino —Aquel que está con nosotros, Aquel en quien vivimos y nos movemos y somos— va a venir, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Él viene continuamente. Él entra continuamente en nuestra vida. Él viene ahora a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento de nuestra vida.


No hay comentarios

¡Se el primero en comenzar la conversación!

Puedes dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .