Domingo 15 de Diciembre 2019 – Domingo 3º de Adviento [Domingo Gaudete] Ciclo A [otra homilía]

14 de diciembre de 2019 — Deja un comentario

Domingo 15 de Diciembre 2019 – Domingo 3º de Adviento [Domingo Gaudete] Ciclo A [otra homilía]

El tercer domingo de Adviento es el domingo de la alegría. Pero la alegría que trae el Señor es un poco como la paz que Él nos da: o sea que es una alegría diferente, no como la alegría del mundo. De hecho, el Evangelio habla de la perplejidad de Juan el Bautista que «habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de sus discípulos»: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

¿Por qué lo pregunta? Porque Juan esperaba a un Mesías que iba a «guardar el trigo en su granero» y «a quemar la paja en un fuego que no se extingue». Según Juan, tenía que llegar alguien que finalmente haría esa limpieza tan necesaria.

Pero lo que llega es un Mesías extraño, que da la vista a los ciegos, cura a los cojos, sordos y leprosos, resucita a los muertos y consuela a los pobres. Juan no lo entiende.

Y Jesús dice precisamente por Juan el Bautista: «Dichoso aquel que no se siente defraudado por mí». Juan encontrará alegría —felicidad— si no se escandaliza por el hecho de que Jesús no cabe en el esquema religioso que él tiene acerca de cómo debe ser el Mesías.

Eso significa que la alegría que el Señor regala es diferente de cómo nosotros la pensamos. La alegría que el Señor nos regala es liberación. Y no descarta nada. No condena nada. Eso puede decepcionarnos.

Si nos fijamos bien, parece que para Juan lo importante es restablecer el orden, «volver a ponerlo todo en su lugar», mientras que para Jesús lo que importa es «salvarlo todo». 

Esta lección nunca la acabamos de aprender completamente: Jesús siempre está un paso por delante de nuestra mentalidad por muy abierta que sea.

Nos da tranquilidad pensar que podemos ponerlo todo en orden.

Pero la verdadera paz lleva los estigmas —es decir las heridas de la pasión— y no borra las huellas del caos, sino que ha aprendido a llevarlas. Los cristianos orientales esa clase de paz la llaman «la paz pascual» porque proviene de la muerte y ha encontrado el camino de la vida en medio de lo absurdo.

Si —como dice Jesús— al final «el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan Bautista», o sea, más grande que «el más grande nacido de una mujer», esto significa que no es suficiente una humanidad maravillosa —una humanidad perfecta— para tener peso en el reino de los cielos.

El reino de los cielos es más: mucho más de lo que podemos dar con todos nuestros recursos, nuestras fuerzas y ​​nuestra creatividad.

Ni uno solo de los nacidos de mujer posee —por su propia calidad— el reino de los cielos.

Porque el reino de los cielos lo ven los ciegos; entran en él los cojos; lo oyen los sordos; y los leprosos lo disfrutan; el reino de los cielos despierta a los muertos; el reino de los cielos es de los pobres.

El reino de los cielos no es justicia: la supera.

El reino de los cielos es el amor que rescata a los que cometieron errores.

El reino de los cielos es el amor que recoge a los que deberían ser desechados.

El reino de los cielos es el amor que viene a buscar a quienes no sirven para nada, porque no puede prescindir de ellos: ni un solo miserable, ni un solo desgraciado de esta Tierra es secundario para este amor.

Para entrar en él, hay que ser ciegos, cojos, sordos, leprosos, muertos y pobres. Precisamente como somos todos nosotros. Si dejamos de pretender ser algo y simplemente somos nosotros mismos: débiles y frágiles.


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