Domingo 22 de Diciembre 2019 – Domingo 4º de Adviento Ciclo A [una homilía]

21 de diciembre de 2019 — Deja un comentario

A las puertas ya de la celebración de la Navidad, el Evangelio de este cuarto domingo de Adviento nos cuenta de qué manera José entra en este misterio de la encarnación del Hijo de Dios.

José: un hombre justo que sueña y ama. Un hombre de los sueños y de las manos endurecidas por el trabajo. El protagonista de una historia de contradicciones y de promesas: su casa y sus sueños cuentan una historia de amor. Sus dudas y su corazón enternecido y herido cuentan una historia muy humana de esperanzas y de crisis.

Antes de que vivieran juntos sucedió que María estaba esperando un hijo. Sorpresa absoluta que atormenta el corazón de José. Que se siente traicionado. Con proyectos de vida destrozados. Y entra en crisis: vive el conflicto emocional y espiritual entre la observancia de la ley (la obligación de denunciar a María como adúltera) y el amor por aquella joven mujer. No está en paz, no deja de pensar en ella, sigue soñándola de noche.

Entonces —no queriendo acusarla públicamente— piensa abandonarla en secreto. O sea en privado. Es la única forma que ha encontrado para salvar a María del riesgo de la lapidación: porque la ama. Ella ha ocupado su vida, su corazón e incluso sus sueños.

Y sólo entonces —mientras José piensa en estas cosas— llega un ángel en sueños para hablarle. No antes.

¿De quién aprendió Jesús a oponerse a la ley antigua —a poner a la persona por encima de las reglas— si no escuchando a José contar la historia de aquel amor que hizo posible su nacimiento (en realidad el amor siempre tiene algo de ilegal…), la historia de este plan astuto diseñado para liberar a su madre de ser apedreada?

¿Cómo —de quién— aprendió Jesús la palabra «abbá», aquella palabra suya que usaba de niño —esa palabra tan íntima y exclusiva— si no de ese hombre de los ojos profundos y del corazón que sabía amar?

Llamando a José «abbá» —papá— Jesús aprendió qué evoca ese nombre a la vez tierno y fuerte; y cómo ese nombre es la revelación del rostro amoroso de Dios. 

José que no habla nunca, de quien el Evangelio no recuerda ni una sola palabra, hombre silencioso y valiente, concreto y libre, soñador, nos recuerda que el hombre justo tiene los mismos sueños de Dios. Que para soñar se necesita valor, no sólo fantasía. Que soñar significa no conformarse con el mundo tal como es.

El Evangelio relata cuatro sueños de José. No son sueños de imágenes, sino sueños de palabras. Cada uno de esos sueños es un anuncio fragmentario, incompleto («toma al niño y a su madre y huye…»). Cada sueño es una profecía breve. Demasiado breve. Sin un horizonte claro. Sin la fecha del regreso. Y sin embargo suficiente para tomar a la madre y al niño, para emprender el viaje a Egipto y luego regresar a casa.

Es el camino imperfecto de los justos e incluso de los profetas.

De hecho, es el camino imperfecto de cada creyente.

También nosotros tendremos luz suficiente para dar un paso a la vez. Y luego la luz se renovará. Como los sueños de José.

Y tendremos valentía necesaria para enfrentar sólo la primera noche. Luego la valentía se renovará. Como los ángeles del justo José.

Porque también a nosotros se nos ofrecen ángeles.

A cada una de nuestras casas Dios envía a sus mensajeros. Como a la casa de María.

A cada una de nuestras casas Dios envía sueños y proyectos. Como a la casa de José. 

Nuestros ángeles no tienen alas: son las personas que comparten pan y amor con nosotros. Viven en nuestra casa. Pero son mensajeros de lo invisible y anunciadores del infinito: ángeles que llevan la semilla de la Palabra de Dios en su voz.


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