25 de Diciembre 2019 – Natividad del Señor [una homilía]

24 de diciembre de 2019 — Deja un comentario

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Esta noche —ante nuestros ojos— está el pesebre. Y miramos —con los ojos del alma— al Recién Nacido. Con nuestro oído espiritual escuchamos el canto de los ángeles. Presenciamos el homenaje de los pastores. Y dentro de unos días la llegada de los reyes magos. Creemos firmemente que el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros.

Pero para comprender bien todas estas imágenes debemos retroceder un poco en el tiempo y percibir la tensión y el drama que acompaña todas esas imágenes para nosotros tan familiares.

Debemos darnos cuenta de que para los israelitas —para los judíos creyentes— la ida de los pastores a Belén —para adorar al Recién Nacido— significaba renegar de su fe. Este camino de los pastores hacia el pesebre era al mismo tiempo un camino de la negación. Negación del dogma religioso de sus antepasados. Porque los israelitas estaban profundamente convencidos de que nada divino puede aparecer en el hombre: porque «a Dios no se le puede ver».

Dios se manifiesta en los truenos, en el monte Sinaí, a través de relámpagos y terremotos; a veces, muy de repente, Dios puede hablar con algunos hombres elegidos, como lo hacía con Moisés. Pero cuando Dios hablaba con él, los israelitas tenían temor de acercársele a Moisés, porque su cara resplandecía con una luz que ellos no podían soportar. Y Moisés tenía que taparse la cara con un velo.

A Dios no se le puede tocar, a Dios no se le puede ver, a Dios no se le puede oír, tal como lo hacemos entre nosotros.

Y sin embargo los pastores van a Belén conducidos por una voz extraña de los ángeles. No sabemos qué sentían los pastores, qué pensaban, o si estaban conscientes de lo que estaba sucediendo. Y sucedían cosas importantes, profundas, diría incluso: cosas peligrosas para la fe antigua de Israel.

Y aquí llegamos a lo que también para nosotros es extremadamente importante. Muchas veces preguntamos acerca de las señales que Dios le da al hombre. ¿Qué clase de palabras utiliza Dios para comunicarse con el hombre? ¿Cómo Dios le comunica al hombre su voluntad?

Hay que decir que se trata de señales extrañas. No son nunca señales completamente claras, nunca son señales del todo indudables. Dios —cuando le habla al hombre— se sirve de señales que no expresan totalmente lo que quieren decir. El canto de los ángeles. ¿Qué significa ese canto? Un niño nacido en un pesebre. ¿Qué significa ese niño? ¿Qué clase de señal es esa para nosotros?

Las señales de Dios son señales que no siempre son fáciles de comprender. Y por eso muy a menudo nos parecen peligrosas. A veces le parece al hombre que —haciéndole caso a la señal que Dios le da— comete una transgresión, una traición, y se expone a un gravísimo peligro. No sólo peligro físico, no solo peligro moral, sino también a un peligro religioso.

No podemos olvidar que del Niño que nace en esta noche se dijo que sería «piedra de tropiezo y roca de escándalo». Los hombres van a tropezar en Él. Unos seguirán esta señal. Otros se echarán atrás. Es motivo de tropiezo para los judíos y locura para los no judíos. Porque Cristo es señal, sí, pero una señal no del todo clara, no del todo evidente. Una señal de contradicción.

El hombre, leyendo esta señal, al mismo tiempo debe realizar una elección interior, debe tomar una decisión. Cuando Dios le envía al hombre sus señales, cuando le da una señal, lo primero que exige es una decisión. Lo más importante es que el hombre elija, que tome una decisión. Y que con esta decisión se presente ante Dios. La elección —la decisión— es —en sí— más importante que lo que va a suceder después.

Los pastores emprenden el camino hacia Belén. ¿Será importante qué regalos llevan para ofrecérselos a Dios? ¿Será importante lo que llevan en sus manos? ¿Si el pan, si la leche, si un tambor o si una cobija? A decir verdad eso no es importante. Lo importante es que —a pesar de todo— tomaron la decisión de emprender este viaje, este camino a Belén.

Y así pasa con nosotros. En cierto sentido no es importante lo que le traigamos a Dios: todo lo que le traigamos Le pertenece a Él desde siempre. Lo único que no Le pertenece —lo único que no es de su propiedad— es el hombre, el ser humano. Por eso lo más importante es que el hombre se entregue a Dios. La ofrenda puede cambiar —el regalo puede variar— pero el que se ofrece debe ser uno mismo.

Al interpretar las señales que Dios nos envía debemos estar listos para esta decisión interior.

En realidad no es tan esencial lo que vayas a hacer al responder al llamado de Dios. Lo más importante es el que quieras hacer algo. Que llegues al pesebre. Que aceptes la señal como-una-señal-para-ti. Porque la Palabra de Dios debe llegar al hombre y hacer del hombre un regalo: un don-para-Dios.

El Evangelista Juan lo expresa de una manera hermosa: «vino a los suyos y los suyos no Lo recibieron». Hubo quienes no Lo recibieron. Quizá incluso Le hayan entregado un regalo. Pero no se entregaron a sí mismos. Quizá hayan dejado a los pies de Dios un pedazo de pan, una cobija o un borreguito. Pero ellos mismos no se entregaron.

«Pero a todos los que Lo recibieron, les concedió poder llegar a ser hijos de Dios». Y por eso los pastores —que todavía no entendían mucho de esas cosas que entonces estaban sucediendo— respondieron al llamado de Dios así como el hombre debería responder: se trajeron al pesebre a sí mismos.

Y esa fue la señal de que hayan interpretado correctamente las señales que Dios les enviaba.


 

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