Domingo 29 de diciembre 2019 – La Sagrada Familia de Jesús, María y José [otra homilía]

28 de diciembre de 2019 — Deja un comentario

Vamos a sacar una enseñanza de esta lectura del Evangelio. Estamos hablando de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Y lo que quiero que notemos es que Dios es un Dios de orden. Y Dios le habló a José. Dios es un Dios de orden. Dios ama el orden. Y si Dios quiere que el hombre sea cabeza de familia, por algo será.

Claro que no estamos hablando de cualquier cabeza. Porque a veces el hombre quiere ser cabeza para que se haga en la casa lo que a él se le da la gana. Pero es que ser cabeza no es eso. Hoy —en esta Sagrada Familia— aprendemos cuál es el lugar particular que tiene el papá en la familia, o mejor dicho, aprendemos lo que quiere decir ser cabeza.

San Pablo dice en la segunda lectura: «Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos», pero también dice: «Maridos, amen a sus esposas y no sean rudos con ellas». Las dos cosas. Dios quiere que el hombre sea la cabeza de la familia. Pero una cabeza que sepa amar a la esposa.

Por ahí, en el libro del Deuteronomio (capítulo 24), se dice que el hombre recién casado, durante un año no podrá comprometerse en servicio militar, porque tiene que hacer feliz a la esposa. El hombre tiene que aprender a hacer feliz a la esposa, tiene que aprender el lenguaje del amor, de la ternura, de la delicadeza.

El hombre tiene que aprender a ser cabeza. Y cuando el hombre no es cabeza, eso no lo reemplaza nadie sino Dios, porque es verdad que Dios dice que Él es el padre de los huérfanos y el protector de las viudas. Pero usualmente —en condiciones normales, en una familia constituida— al papá no lo reemplaza nadie.

Y podemos observar cómo, cuando falta el liderazgo del papá —liderazgo en los valores, liderazgo en la fe, liderazgo en el amor a Cristo— cuando falta eso, la familia va perdiendo su calidad moral, a veces aunque la mamá sea piadosa.

Por eso el que es tan hombre, tan esposo, tan varón y tan papá, debe ser el primero en guiar la nave de su familia. Y eso significa: debe ser el primero en la oración, debe ser el primero en la sabiduría, debe ser el primero en el ejemplo, debe ser el primero en la justicia, debe ser el primero en el orden, debe ser el primero en el amor: debe ser el primero. Eso es ser cabeza.

Ser cabeza no es dar tres gritos y decir: «Yo soy el que pone el dinero aquí y aquí se hace lo que me da la gana». Ser cabeza no es ser un tirano.

Ser cabeza es ser el primero. Y hay muchos hombres que les gusta ser el primero para que les sirvan de primero, pero no son los primeros a la hora de decir: «Vamos a rezar», ni a la hora de decir: «Vamos a poner en orden las cosas», ni a la hora de decir: «Vamos a ser sinceros, comprensivos, abiertos».

Y el hombre tiene que ser el primero. Tres veces dice la lectura de hoy que Dios le habló a José en sueños —ese era el lenguaje que utilizaba con José— Dios le habló a José, Dios guió a José, y a través de José a su familia.

Dios quiere que el hombre sea el primero, pero el primero en todo.

Y eso es tan necesario, porque resulta que si el hombre no es el primero en la fe, en la piedad y en la oración, a la familia le pasa lo siguiente: la mujer muy piadosa, el hombre no va a la Misa.

Entonces pasa que el niño, cuando está pequeño necesita de la mamá, pero cuando el niño va llegando a los nueve, diez, once años empieza a mirar más al papá que a la mamá, pues necesita un modelo para aprender a ser varón.

Y entonces si el papá no es el primero en la oración, en la piedad, en la misa, si el papá no es el primero, pues la conclusión que saca el niño es: «Si yo sigo rezando y sigo yendo a Misa, es que soy una vieja, entonces eso no es para mí, y lo que yo tengo que ser es: fuerte, grosero, y ojalá tomador, mujeriego y violento». ¿Y a qué va a salir ese niño? A repetir esa historia una y otra vez.

Y de aquí la importancia de que las jovencitas —cuando se vayan a enamorar y cuando se vayan a casar— miren cómo está el hombre en eso.

Es que se enamoran de lo apuesto que es el muchacho, de la moto o del carro que tiene el muchacho, de la loción y de la manera de bailar en el antro: se enamoran de eso y luego se quejan de que salió infiel, de que salió borracho.

Pues una mujer tiene que pensar no solamente si «¿Este es el hombre que me va a dar placer a mí?» o si «¿Este es el hombre que me va a dar dinero y me va a decorar la casa como yo quiera?»

Una mujer que sea cristiana tiene que pensar si «¿Este es el hombre que va a ir delante de mí en el amor de Dios?; si ¿Este es el hombre que me va a enseñar a amar más a Cristo?»

Si la mujer es así, inteligente, empezamos a frenar tanto matrimonio que nunca debió existir.

Y seguramente vamos a tener familias mucho más robustas, mucho más sanas, mucho más alegres, mucho más cercanas a la Sagrada Familia.


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