Domingo 29 de diciembre 2019 – La Sagrada Familia de Jesús, María y José [una homilía]

28 de diciembre de 2019 — Deja un comentario

Esta es la fiesta de la Sagrada Familia: Jesús, José, y María, y en esta fiesta podemos aprender dos cosas. Primera: que Jesús tuvo una familia con todo lo que esto significa. Y segunda: que la familia tiene a Jesús.

Jesús tuvo una familia, fue educado, fue enseñado, fue protegido. En esa familia Jesús aprendió a hablar, aprendió a orar. En esa familia Jesús conoció la pobreza, la persecución, la enfermedad, la alegría, el silencio. Desde esa familia podemos decir que se abrieron los ojos de Cristo a la compasión por todas las necesidades del mundo.

A cada ser humano, Dios lo introduce en esta tierra a través de la familia: a veces familias mutiladas, a veces familias enfermas, pero la familia de Jesús nos muestra cómo esa puerta que Dios nos dio para llegar a esta tierra es de máxima importancia.

Porque desde allí miraremos nosotros el mundo. Es tan grande la importancia de la familia que podemos decir que en la familia se aprende el alfabeto emocional del ser humano. En la familia se aprende qué significa ser hombre, ser mujer, ser hijo, ser hermano.

Para hacer un elenco de las enseñanzas que se reciben en la familia, necesitaríamos mucho tiempo y tendríamos que repasar casi toda la Escritura.

Jesús tuvo una familia: pertenece al misterio de la humanidad real de Jesucristo el reconocer esta familia.

Pero nosotros queremos también, hoy, aprender que la familia tiene a Jesús.

«Que en sus corazones reine la paz de Cristo»: así nos lo dice San Pablo en la Segunda Lectura de hoy tomada de la Carta a los Colosenses. Y un poco antes dice: «Sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando tengan quejas contra otro». Luego dice: «Sean agradecidos». Y después: «Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda riqueza».

Y luego de todo eso, San Pablo dice así: «Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos. Maridos, amen a sus esposas. Hijos, obedezcan a sus padres. Padres no exijan demasiado a sus hijos».

Esta enseñanza del Apóstol sobre la familia cristiana sólo puede ser comprendida y sólo puede ser vivida si Jesús está reinando.

Si Jesús no reina en el corazón de un hombre, es un desastre leerle este fragmento de la Carta de San Pablo, y decirle que la mujer tiene que respetar su autoridad, si él es una bestia llena de pasiones, de codicias, de deseos, de resentimientos, de maledicencia.

Si el hombre es una persona en la que no reina Cristo, no vale para él que la mujer sea dócil a él, que la mujer le haga caso a una bestia.

Entonces, las cosas son muy claras en la Biblia. Si Jesús está en la familia, si la familia tiene a Jesús, entonces —y ¡sólo entonces!— se le puede decir al hombre que la mujer será dócil a él.

Y se le puede decir a ella, que su esposo tiene la obligación de amarla «con la medida del amor que Cristo tuvo por la Iglesia».

O sea, que toda la solidez de la familia cristiana está en Cristo. Si Cristo reina, estas palabras se entienden, y se entienden bien.

Si una mujer se siente amada, amada en cuerpo y alma, amada en su pasado, y en su futuro, amada en sus cualidades, y sus limitaciones, esta mujer no se escandaliza de que se le diga: «Respeta la autoridad de aquel que te ama». Ella no tiene dificultad en tener esa docilidad, eso no es difícil para ella.

Lo difícil es ser dócil cuando el hombre no tiene a Cristo en el corazón.

Y que se le diga al hombre que la ame como lo quiere el Señor: que se sacrifique por ella, que se entregue por ella, como Cristo se entregó por la Iglesia, eso es muy difícil, si la mujer es un antro de caprichos, si está llena de todo género de pecados, de egoísmos, de conveniencia: es muy difícil que él quiera sacrificarse por ella.

Por eso, para que estas palabras de la Escritura lleguen a ser realidad en nosotros, para eso es necesario que Cristo esté en nosotros, y por eso hay que pasar por todos esos versículos de la Carta a los Colosenses. Hay que pasar por saberse elegido de Dios, santificado por Dios, amado de Dios. Hay que sentir que la compasión, la benevolencia, la humildad, la generosidad y la paciencia reinan en el alma. Hay que sentir que estamos vestidos del amor, y que estamos creando la unidad perfecta.

Y así entendemos el plan de Dios para la familia. Plan que consiste en que Cristo reine en cada uno. Y así vuelve el orden a la familia. Entonces la mujer respetará la autoridad del marido y el marido amará a la mujer. Entonces los hijos serán obedientes a los padres, y los papás no exasperarán a los hijos.

Cada uno descubrirá su propio lugar en esa que el papa Pablo VI llamaba Iglesia Doméstica: descubrirá su lugar ahí, y como Jesús, podrá asomarse al mundo.

Entendiendo el significado de cada palabra, sabrá qué quiere decir amar, qué quiere decir servir, qué quiere decir hablar, escuchar, callarse, qué quiere decir orar y también qué quiere decir morir.

La Sagrada Familia —la familia de Jesucristo— extiende sus bendiciones sobre cada una de las familias aquí representadas: que reine la gracia de Cristo en todos, y que esa palabra se haga realidad en nuestros hogares. Amén.


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