Domingo 2 de febrero 2020 — Fiesta de la Presentación del Señor — Nuestra Señora de la Candelaria [una homilía]

1 de febrero de 2020 — Deja un comentario

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María y José que llevan al niño Jesús al templo para presentarlo al Señor son un buen ejemplo o una buena imagen de lo que todos los papás deben hacer con sus hijos.

Los papás deben aprender que los hijos no son de su propiedad: que los papás no son dueños de los hijos.

A veces los hijos toman caminos muy distintos de lo que los papás quisieran elegir para ellos. Y seguramente esto es muy duro a veces. Pero este es el significado profundo de este gesto de entregar —de presentar— al hijo a Dios. Decir que en el fondo nosotros no somos dueños de nuestros hijos. Nosotros los traemos a este mundo, pero cada papá y cada mamá —a su manera— debe entregarlos a Dios.

A veces los hijos tienen personalidades muy diferentes. Y sus decisiones, sus carreras, sus gustos no van de acuerdo con lo que quisieran los papás. Se necesita renunciar miles de veces, morir miles de veces, para ser papás hoy en día.

Lo que vemos en el Evangelio de hoy es algo que nos puede ayudar a vivir esta realidad ya desde el principio, ya desde el mismo inicio: ir aceptando la gran verdad de que este niño —de que esta niña— le pertenece a Dios. Que yo como papá —o como mamá— voy hacer lo mejor que pueda, pero que finalmente este hijo —esta hija— le pertenece al Señor.

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También tenemos en este Evangelio un modelo de lo que son —de lo que deben ser— los padrinos. José y María encuentran en el templo a Simeón y a Ana que reciben al niño Jesús para significar que incluso José y María necesitan ayuda, porque educar al hijo es una tarea demasiado grande para una pareja sola.

Se necesita el apoyo de los demás. Se necesita de esta familia extendida que son los hermanos, tíos, tías, abuelos, abuelas y amigos. Se necesita una comunidad para esta tarea. Educar a los niños es un esfuerzo común de muchos.

Los padrinos son miembros de esta familia extendida del hijo. Los padrinos están ahí para orar por este hijo, están ahí para ser una inspiración para esta niña. Quizá nosotros hemos perdido un poco esta tradición. Pero el papel de los padrinos y de las madrinas consiste precisamente en lo que hicieron Simeón y Ana: acompañar a los papás en ofrecer, en entregar al hijo —a la hija— a Dios y darle al ahijado la sabiduría espiritual: no regalos materiales.

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Y tenemos aquí la palabra profética de Simeón: «este niño será un signo que provocará contradicción». «Una espada atravesará tu corazón».

Es una profecía muy honesta de lo que no sólo María, sino todos los papás deben vivir por sus hijos. Los hijos no siempre llenan las expectativas de los papás. A veces los papás no entienden lo que los hijos están haciendo. Y seguramente todos quienes son papás y mamás tienen o van a tener sus corazones atravesados por muchas espadas.

Eso quiere decir que Jesús es una paradoja. Nos da cosas que entendemos, pero también cosas que no entendemos. Jesús es un signo de contradicción. A veces queremos creer en Él. Y a veces hubiéramos preferido no haber escuchado de Él porqué nos obliga a cambiar nuestra vida.

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Y finalmente este Evangelio dice que José y María regresaron a su pequeña ciudad de Nazaret y que el niño iba creciendo en edad, en sabiduría y en gracia de Dios.

Esto significa que incluso Jesús cambiaba y crecía.

Cuando yo era niño pensaba —como quizá muchos de ustedes— que Jesús ya conocía todas las respuestas desde el principio, desde cuando era un bebé. Y cuando se encontraba en el pesebre y después con María en Nazaret, simplemente estaba fingiendo, porque en realidad Él ya lo sabía todo y desde siempre conocía el futuro y el resultado final.

Pero estas palabras de san Lucas nos dicen que esa manera de pensar acerca de Jesús simplemente nada tiene que ver con la verdad.

Esta palabra dice que Jesús crecía y se desarrollaba: crecía en edad, en sabiduría y en gracia.

Jesús crecía. Y ésta es una promesa también para todos nosotros: también nosotros podemos crecer: nosotros que no lo captamos todo desde el inicio.

Y no necesitamos odiarnos o despreciarnos si no lo entendemos todo desde el principio.

Dios nos da tiempo para que crezcamos y maduremos en la vida y poco a poco vayamos comprendiendo el Misterio de Dios: que no sólo a Jesús, sino a todos nosotros Dios nos da el espacio, el tiempo y gracia y libertad para crecer en sabiduría, en años y en gracia.

Para recodar eso hemos venido aquí. Para que este tiempo que Dios nos regala sea para todos nosotros —pequeños y grandes— un tiempo de gracia y de crecimiento.


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