Domingo 16 de Febrero 2020 – Domingo 6º T.O. A [una homilía]

15 de febrero de 2020 — Deja un comentario

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Nosotros tendemos a reducir el problema del divorcio a su aspecto jurídico y legal. Pero en el Evangelio de hoy, Jesús intenta llevar este mandamiento —y los demás mandamientos— hacia su raíz que es el corazón. Y hablando de adulterio, dice: «Han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón».

Ahora bien, así como existe el adulterio del corazón, también existe, para el Evangelio, un divorcio del corazón que puede consumarse sin que se lleven a cabo actos jurídicos: simplemente desenamorándose de su propia pareja, separándose del cónyuge en lo íntimo del alma para vivir sin amar a nadie o vinculando el corazón a otra persona. Se crea así un muro de separación quizás sin que haya abogados o el acta de divorcio de por medio, pero igualmente terrible. Para el Evangelio ya es una forma de divorcio, que se distingue de la otra forma —la jurídica y legal— solo porque aún no es definitiva e irrevocable.

¡Cuántas parejas —incluso entre los creyentes— viven desde hace años en esta forma de divorcio práctico! Cuando entre marido y mujer ya no hay ni siquiera el deseo de perdonarse y de reconciliarse —cuando está establecida la indiferencia o hasta la hostilidad— hay un divorcio de hecho: el divorcio del corazón. Es un divorcio incluso sin el certificado de divorcio del que habla la Ley de Moisés. El mandamiento de Dios ya está violado: ya no son una sola carne. Son unos «divorciados» en el corazón.

Se habla mucho sobre los terribles males del divorcio legal: mujeres abandonadas e hijos psicológicamente afectados para siempre por la cruel necesidad de elegir entre su madre y su padre. ¿Pero los daños de este otro divorcio serán de veras mucho menores para quienes lo viven desde dentro, para la sociedad y para los hijos?

Hay tantos adolescentes descarriados, drogadictos, violentos, desadaptados, que no son hijos de divorciados vueltos a casar: son hijos de padres que viven bajo un mismo techo, pero en el divorcio del corazón, padres que pelean constantemente, se ofenden o no se hablan, convirtiendo así —a veces— a la familia en un infierno. ¿Qué educación se puede dar a los hijos en estas condiciones y cómo se puede vivir una vida sana humana y espiritualmente hablando? Sin mencionar, por supuesto, el sufrimiento indescriptible que esta situación causa a los propios cónyuges, o al menos a uno de ellos.

Pero la conclusión que hay que sacar no consiste en decir que «entonces conviene divorciarse también legalmente». Sería como matar a un paciente para curarlo de una enfermedad grave. El remedio es poner fin al divorcio del corazón, porque Jesús dijo: «Que no separe el hombre lo que Dios ha unido».

Esto significa que el esposo no separe de sí a su esposa; que la esposa no separe de sí a su esposo. Que no se le permita al Maligno dividir lo que Dios ha unido.

Conozco casos en los que situaciones así se han revertido y el amor ha vuelto a florecer y el matrimonio ha renacido más hermoso que antes porque, por alguna circunstancia, Dios ha vuelto a estar entre el marido y la mujer y con Él el perdón y el deseo de comenzar de nuevo.

Una palabra de Dios que te llega al corazón, una experiencia que despertó de nuevo la fe y la necesidad de orar, un sufrimiento común que ha hecho surgir la solidaridad. Pero son excepciones.

Hay que decir que es difícil revertir las situaciones que se han vuelto prácticamente irreparables cuando el corazón ya se ha endurecido.

Lo que hay que hacer es buscar que lleguen los remedios a los comienzos, es decir apenas aparezcan los primeros signos de peligro. Es más fácil impedir que se produzca el divorcio del corazón que revertirlo cuando ya se ha verificado. ¿Cómo? Resolviendo los contrastes, los malentendidos y las frialdades apenas se presenten.

La causa número uno del divorcio del corazón es el orgullo: el no querer ceder, el no saber pedir perdón cuando te equivocas o no admitir nunca el haberse equivocado.

El matrimonio nace de la humildad y no puede vivir si no es en la humildad. Cuando un hombre se enamora y de rodillas pide la mano de su novia, realiza el acto más radical de humildad de su vida. Sehace mendigo. Es como si dijera: «Dame tu ser, porque el mío no me basta. No estoy completo. Necesito de ti».

El momento mismo de la intimidad conyugal puede y debe ser vivido como un momento de auténtica humildad, como diciendo: «Todavía te necesito; sigues siendo importante para mí».

Una vez casados, desgraciadamente sucede que el orgullo a menudo reaparece y toma su revancha haciendo pagar a la propia pareja por la necesidad inicial que se tuvo de ella.

Y cuando se va la humildad, desaparece también la capacidad de perdonar y la alegría. Y comenzamos a preguntarnos: «¿Por qué siempre tengo que ceder yo?» Sin darnos cuenta de que es solo uno que sale verdaderamente victorioso de todo esto: aquel cuyo nombre, diábolos, significa «el que separa, el que aleja, el que rompe». Con razón alguien dijo que los divorcios se preparan en el infierno.

Por otro lado una famosa máxima espiritual dice que «Nadie vive en amor sin dolor». Y esto vale también para el matrimonio. No se mantiene vivo el amor sin sacrificios y renuncias, pensando sólo en tener y nunca en dar.

En verdad algo cambia en una pareja con dificultades el día en que ambos cónyuges dejan de preguntarse: «¿Qué más podría hacer mi marido —o mi mujer— por mí y que todavía no hace?» Y en cambio comienzan a preguntarse: «¿Qué más podría yo hacer por mi mujer —o por mi marido— y todavía no hago?»

Pero para eso es necesario estar convencidos de que los medios humanos —incluso los mejores— no son suficientes. Se necesita ayuda de arriba. Y esto se logra cultivando la oración, acercándose juntos a los sacramentos, manteniendo vivo el contacto con la fuente de todo amor que es el Espíritu Santo.

Por eso lo que Jesús dice en este pasaje del Evangelio de cada «hermano» se aplica ante todo al propio cónyuge:

«Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda».

«Ve primero a reconciliarte con tu esposo —o con tu esposa— y después vuelve».

Eso puede suceder en el momento del signo de la paz. ¡Cuántas cosas se pueden decir con un simple gesto de estrecharse la mano entre sí, o con un beso, o con una mirada! Sobre todo en la Iglesia: frente a aquel mismo altar y ante aquel Dios, en cuya presencia un día se unieron en matrimonio.

Porque la gran verdad es que la fidelidad del hombre o de la mujer será siempre frágil e incierta.

Dios que ha creado el corazón humano lo sabe. Y Dios es siempre gracia, perdón y principio de vida renovada.


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