Domingo 8 de Marzo 2020 – Domingo 2º de Cuaresma A [una homilía]

7 de marzo de 2020 — Deja un comentario

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En la primera lectura de hoy aparece Abraham que en aquel momento tiene 75 años de edad y debe emprender un viaje: un viaje espiritual.

Abraham debe pasar de ser un hombre cualquiera a ser una bendición, a ser un padre de una muchedumbre de personas que —siguiendo sus pasos— encontrarán a Dios y encontrarán la fe.

Pero para que eso suceda Abraham debe perder algo. Debe dejar su tierra. Debe dejar sus raíces. Debe dejar la religión de sus padres.

Abraham es nuestro padre en la fe. En la fe que no es un sistema de pertenencia, sino un sistema de trascendencia, de transformación, de movimiento. Que implica dejar lo conocido. Dejar tu zona de confort, tus raíces, tu herencia. Atreverse a mirar lejos. A ver lo que otros no ven. Traspasar fronteras. Aprender nuevas lenguas.

Ponerse en las manos del Dios vivo, cuando entramos en esta tierra de nadie, en este vacío en que nos quedamos sin nada. Momentos en los que ya dejamos lo viejo, pero aún no llega lo nuevo.

Es el momento de paso, de transición. Aquella tierra en la que he vaciado mis manos. Y mis manos vacías aún no se vuelven a llenar. Es ese momento en el que hay que creer en la promesa.

Hay que emprender este viaje —este viaje espiritual— para que esta promesa se cumpla en nosotros y nosotros seamos una bendición para nuestros hermanos. De eso se trata en la Cuaresma. Ese es el objetivo de la Cuaresma.

La Cuaresma no es «comer eso o dejar de comer aquello». La meta de la Cuaresma es llegar a ser una bendición para alguien, llegar a amar a alguien.

Y amar a una persona significa entrar en esta tierra de nadie que se encuentra entre yo y el otro.

Antes de que yo me encuentre en el otro debo perderme a mí mismo. Y ahí hay un momento en el que como un trapecista dejo mi trapecio y debo alcanzar al otro. Pero entre yo y el otro hay un punto muerto, hay este vacío.

***

En el Evangelio vemos a Jesús que deja sus actividades ordinarias ysube a un monte elevado para estar más cerca del cielo, para estar más cerca de Dios.

Todos necesitamos esos lugares, esos espacios en nuestra vida, esos tiempos de oración, en los que nos encontramos inútiles, porque no hacemos nada productivo. Aparentemente. Pero son momentos que cambian el sentido de todo.

Cuántas veces nos encontramos en medio de situaciones complicadas donde no vemos qué camino tomar y nos debemos detener en la “inutilidad” de la oración para encontrar la dirección. Para encontrarle el sentido a lo que estamos viviendo.

Es en esos momentos —en los momentos que desafían nuestra vida— cuando necesitamos que las cosas cambien de aspecto. Son momentos en los que es necesario encontrar la otra cara de la realidad.

Y entonces ante los discípulos aparece no simplemente un hombre. Aparece el Hijo de Dios. Aparece Alguien que tiene un rostro distinto. Que tiene sus ropas resplandecientes. Cuando las cosas muestran su secreto.

Y es en Dios donde las cosas llegan a ser completas. Las cosas de nuestra vida no pueden mostrar su secreto, no pueden revelar su significado escondido, si no encontramos al Escondido por excelencia, es decir: al Padre celestial.

Y aquí aparece la belleza de la realidad, la belleza de lo que es. Dice Pedro: «Es bello estar aquí». Es bello descubrir esto. Es bello ver lo que está más allá. O sea aquello adónde nos dirigimos. Lo que esta escondido en la humanidad de Jesús. Su divinidad. Lo que está escondido en cada uno de nosotros.

Es verdaderamente hermoso mirar esa aparente oscuridad del momento por el que estoy pasando, si conozco la meta, si conozco lo que Dios va a hacer conmigo.

***

Nosotros debemos entrar en la transfiguración: ir más allá de la figura— para descubrir el secreto de las cosas, de los acontecimientos, de los lugares, de los tiempos por los que pasamos.

Ese descubrimiento sólo se da en contacto con el misterio santo y escondido de Dios: «Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo».

Descubrir este secreto de las cosas quiere decir ser capaces de estar quizá en la tribulación y descubrir ahí dentro la obra de Dios. Estar en un momento de dificultad y descubrir allí que este momento nos puede servir, que esta circunstancia puede ser un espacio —una oportunidad— para nuestro crecimiento.

Ese descubrimiento —ese pasar de lo visible a lo invisible— se hace abriéndonos a Jesús-Palabra. Porque entre lo visible y lo invisible en medio hay una palabra, la palabra que necesitamos para dar ese salto entre lo que se ve y lo que no se ve. Por eso la voz del Padre dice: «Escúchenlo». Porque sólo escuchando a una persona tendremos su corazón.

Muchos de nosotros podemos estar pasando por momentos muy difíciles. ¿Qué se puede hacer?

+Necesitamos escuchar una Palabra.

+Necesitamos encontrar una Palabra dentro de nuestro corazón.

+Necesitamos escuchar al Hijo amado de Dios.

Para descubrir +el secreto, +la belleza y +la gracia de lo que estamos viviendo: en lo que estamos viviendo.


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