Domingo 15 de Marzo 2020 – Domingo 3º de Cuaresma A [una homilía]

15 de marzo de 2020 — Deja un comentario

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No acostumbro dejar de lado el Evangelio a la hora de la homilía, pero este domingo lo voy a hacer porque creo que las circunstancias lo ameritan y porque quiero hablarles sobre la Comunión en la mano porque en diferentes diócesis —incluida la nuestra— los obispos han instruido a los fieles a comulgar con la mano durante este tiempo en que buscan como controlar esta epidemia del coronavirus.

Hay personas que se molestan porque les parece indigno recibir la Eucaristía en la mano. Hay personas que incluso animan a los fieles a desobedecer a sus obispos. Hay quienes citan a santos, a sacerdotes —o incluso a algún obispo o cardenal— todos ellos en contra de la práctica de recibir la Comunión en la mano.

En esto hay que distinguir entre las opiniones personales y las instrucciones de los obispos.

En realidad —en circunstancias normales— yo creo que no deberíamos comulgar con la mano porque es algo muy riesgoso. Los riesgos más comunes son esas faltas de respeto que se pueden cometer en la misma Misa cuando las personas que no tienen precaución dejan que haya partículas de la Hostia que se quedan pegadas en las palmas de sus manos y que luego sin querer se caen al suelo. Esto puede darse porque cuando se distribuye la Comunión en la mano se deja usar la patena que está ahí para que si alguna partícula o la misma Hostia cae, caiga en la patena y no caiga en el suelo.

Es por lo que a mí personalmente no me parece conveniente —en circunstancias normales— la práctica de la Comunión en la mano.

Ahora bien. Algo que tenemos que tener claro todos es que somos hijos de nuestra Santa Madre Iglesia. Y como hijos debemos ser obedientes.

Una cosa es que a mí no me parece (por lo que les explico) otra cosa es que si nuestro obispo nos dice que tenemos que comulgar con la mano durante esta temporada extraordinaria deje yo de hacerlo.

Hay personas que están diciendo que prefieren no comulgar que comulgar con la mano, porque las manos son indignas de tocar el Cuerpo de Cristo. Esto es no entender realmente, porque para tocar se toca con cualquier parte del cuerpo. Y cuando comulgamos tocamos a Cristo con la boca. De hecho está diseñado para ser tocado, porque el Sacramento por definición es un signo sensible de Dios invisible: está hecho para ser sentido con el cuerpo. Y en la Comunión sentimos con el sentido del gusto el pan del cielo que contiene todas las delicias que es el Pan Eucarístico.

Y lo sentimos en nuestra boca, con nuestra lengua. Y no me van a decir que no es cierto que pecamos más con la lengua que con las manos. Entonces —si resultara indigno tocar la Hostia con la mano— más indigno resultaría tocarla con la lengua.

En realidad lo que nos hace indignos son nuestros pecados. Por eso unos momentos antes de comulgar lo reconocemos diciendo: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero…». Y en todo caso lo que nos hace dignos es «estar-en-el-estado-de-gracia»,no «el-comulgar-con-la-boca».

Hay quienes dicen que comulgar con la mano es cosa del diablo. Y están recomendando que la gente no comulgue con la mano porque es cosa del diablo. En realidad, lo que es cosa del diablo es estar causando división. Eso sí es cosa del diablo. Estar causando división. Y la división se crea cuando un grupo de personas —sobre todo en las redes sociales— animan a los demás a desobedecer a nuestros obispos. Eso es no comprender la autoridad que tiene nuestro obispo sobre nosotros. Porque un obispo tiene autoridad. Es parte de su esencia: al recibir la plenitud del sacerdocio el obispo adquiere la autoridad sobre su diócesis +para enseñar, +para santificar y +para gobernar a los fieles. De manera que para un católico su obispo es también vicario de Cristo.

Y una de sus funciones es gobernar. Si el obispo nos instruye —incluso si nos ordena comulgar con la mano— porque es nuestro vicario de Cristo, tenemos nosotros la obligación de obedecerlo.

Ayer alguien me mandó un mensaje con una entrevista a un sacerdote —un padre Peter de Nigeria— que incluso recomienda —para que la gente no comulgue con la mano— que haga la Comunión espiritual. Pone la Comunión espiritual por encima de la Comunión real. ¿Cómo va a ser eso posible, cómo va a ser eso lógico? Cuando comulgas recibes a Cristo, a Cristo completo: su cuerpo, su alma, su sangre, su divinidad. Con la Comunión espiritual pues sí encuentras una cercanía muy profunda, pero no la comunión plena. Entonces ¿Cómo se va a recomendar la Comunión espiritual por encima de la Comunión sacramental?

Además, ningún sacerdote de Nigeria, en realidad ningún sacerdote —sea de dónde sea— no tiene autoridad sobre ninguna diócesis, entonces ¿porqué vamos a hacerle caso a la opinión de un sacerdote por encima de la instrucción de nuestro propio obispo?

¿Se dan cuenta lo que es no entender las cosas? A esta persona que me envió este mensaje le dije: «Estás pidiendo lo mismo que este sacerdote: desobedecer a los obispos. Esto no se hace: somos hijos de la Iglesia y como tales debemos ser dóciles a nuestros pastores. Incitar a tus conocidos a desobedecer a los obispos crea confusión y división. El sacerdote puede tener su opinión, pero no tiene la autoridad que sí tiene un obispo». Y la persona me contesta: «Gracias por la aclaración, no es de mi autoría, me lo mandaron, yo solo lo compartí». Es decir: «Yo no fui. Fue el otro».

Pero al compartir estas cosas —quien comparte este tipo de mensajes, quien comparte este tipo de recomendaciones de desobedecer a los obispos— aunque él no los haya escrito o grabado, es igualmente responsable que el que sí lo escribió o grabó, porque está confundiendo por igual a la gente que la persona que originalmente lo escribió o lo grabó o lo dijo. Como dice el dicho: «Tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata».

Es algo que deben entender las personas que usan las redes sociales para distribuir todo lo que ven: lo que ven lo comparten, lo que ven lo comparten, lo que ven lo comparten, lo que ven lo comparten. Esas personas deben saber que en ese momento se hacen tan responsables como aquel que es el autor de lo que está diciendo: para bien o para mal. Para bien o para mal. Y en este caso es para mal porque se está incitando a los fieles a desobedecer a la Iglesia. Eso crea división, eso crea animadversión hacia los obispos. Eso sí es ceder a las tentaciones del diablo.

Porque hay personas que dicen como presumiendo dizque su fe: «Yo no tomo precauciones porque Dios me va a proteger». A eso yo le llamo «fa-na-tis-mo». Eso es «tentar-a-Dios». Y ya en el Evangelio de hace 2 domingos Jesús le respondió al diablo: «También está escrito: no tentarás al Señor, tu Dios».

Hay personas que dicen que no debemos comulgar con la mano porque las tenemos sucias, porque antes de ir a Misa hacemos muchos mandados, tal vez vamos a la tienda, o tocamos dinero con las manos. Y por eso no debemos comulgar con la mano. 

A esas personas les podemos decir: ¿Que no puede llevar cada uno una botellita de gel limpiador? O como hacemos aquí en la Parroquia ya desde hace algunos días: a las personas que se forman para comulgar les distribuimos gel para que se limpien las manos. ¿Acaso no podemos hacer eso? ¿No podemos pensar soluciones en vez de estar buscando razones y pretextos para no hacer las cosas?

Sé que a muchas personas les cuesta trabajo comulgar con la mano. Y eso es muy bueno, porque habla de su profunda reverencia. Pero los obispos no están puestos nada más porque sí. Tienen el ministerio de gobierno. Y nosotros debemos escucharlos y obedecer.

Y si nuestro obispo nos está instruyendo a recibir la Comunión de tal o cual forma, hagámosle caso porque para eso está él. Y está haciéndolo para proteger a los fieles de nuestra diócesis de una posible infección. No lo está haciendo ni por sacrílego, ni por profanar la Eucaristía, sino por amor al prójimo.

Y si aún así nos resulta difícil comulgar con la mano recordemos que estamos en Cuaresma que es un tiempo propicio para ofrecer sacrificios al Señor. Ofrezcamos a Dios en sacrificio el esfuerzo que nos puede significar ser obedientes al comulgar con la mano. Seguramente Dios aceptará nuestra ofrenda.


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