ASUNCIÓN DE MARÍA – DOGMA – HISTORIA Y TEOLOGÍA (por t.m.z.)

ASUNCIÓN DE MARÍA – DOGMA – HISTORIA Y TEOLOGÍA (por t.m.z.)

Texto de referencia: Meo S. – Sartor D. – Serra A., Assunta, in De Fiores S. – Meo S., cur., Nuovo Dizionario di Mariologia, Milano 1985, pp. 162- 185.

La Asunción de María es un dogma definido solemnemente por Pío XII el 1 de noviembre de 1950 con la constitución apostólica Munificentissimus Deus. La solemne definición de este dogma mariano no ha sido un acto improviso o arbitrario del magisterio pontificio extraordinario. Al contrario: con ella se coronaba y proclamaba una fe profesada desde siglos en la Iglesia por todo el pueblo de Dios.

I. Historia del Dogma de la Asunción

Aquí presentamos sintéticamente las principales etapas históricas que llevaron a la definición de este dogma de fe.

1. Los orígenes

Debemos decir que la Sagrada Escritura no nos ofrece un testimonio explícito y directo acerca de la asunción de María. Igualmente en la tradición eclesial de los primeros tres siglos no encontramos algún tipo de referencia al destino final de la Virgen. Las primeras alusiones las hallamos entre el fin del siglo IV y el fin del siglo V:

Así Según san Efrén el cuerpo virginal de María no ha sufrido la corrupción después de la muerte. San Epifanio afirma que el fin terrenal de María fue «lleno de prodigio» y que casi seguramente María posee ya con la carne el reino de los cielos. Un escrito de Siria expresa la convicción de que el alma de María inmediatamente después de la muerte se habría reunido nuevamente con su cuerpo. Son de gran importancia los más antiguos relatos apócrifos sobre el Tránsito de María ( del siglo V) que subrayan la idea de una muerte singular de la madre del Señor.

2. En el siglo VI

Este siglo tiene una importancia particular para el desarrollo histórico en el oriente de la creencia en la asunción. En oriente nace y comienza a difundirse la celebración litúrgica del Tránsito o Dormición de María, establecida por un decreto particular del emperador Mauricio para el 15 de agosto. La Iglesia copta y la de Abisinia celebraban la fiesta de la muerte y sucesivamente de la resurrección de María. La Iglesia de Armenia celebraba la resurrección de María en la fecha del 15 de agosto.

Hay que decir que la mayor parte de las oraciones litúrgicas no expresan de manera clara la idea de una asunción de María, así como la vemos en la definición dogmática de Pío XII. Al contrario es siempre proclamada explícitamente la muerte gloriosa de la madre del Señor.

3. Del siglo VII al X

En este período, en la Iglesia griego-bizantina, se dan numerosos testimonios de los padres, doctores y teólogos que afirman la asunción corpórea de María después de su muerte y resurrección. Podemos citar, entre otros, a San Modesto de Jerusalén (+634), San Germano de Constantinopla (+733), San Andrés de Creta (+740), San Cosme (+743), San Teodoro (+826), Jorge de Nicomedia (+880). No obstante, estos testimonios no significan universalidad de opiniones entre los teólogos bizantinos de este largo periodo. De hecho para otros teólogos hay mucha incertidumbre acerca de la realización corpórea de la Virgen y sobre su destino final.

En la Iglesia latina la situación es idéntica. Junto con los autores que afirman la asunción corpórea encontramos un testimonio cualificado de otros que profesan no saber nada acerca del destino final de María, p.e.: San Isidoro de Sevilla (+636), San Beda Venerable (+735). En las Asturias, en el siglo VIII, se creía que María fuese muerta como todos los hombres y que, como los otros, espera la resurrección y glorificación final. Pero en Roma a partir del siglo VII se celebraba la fiesta de la Dormición, que pasó en el siglo VIII a Francia y a Inglaterra, con el nombre de Asunción. El nuevo título dado a la fiesta suscitó espontáneamente el problema de la resurrección inmediata del cuerpo de María. Se determinan pues en estos siglos dos claras posiciones doctrinales: aquella que no pudiendo contar con algún testimonio bíblico y patrístico, admitía sólo como «piadosa creencia» la doctrina de la asunción del cuerpo de la Virgen, aceptando pero la preservación del cuerpo de la corrupción; y aquella que elaborando un profundo tratado teológico sobre la anticipada glorificación incluso corpórea de la madre de Dios, la aceptaba como cierta.

4. Desde el siglo X al 1950

En la Iglesia bizantina se difunde entre el clero, los teólogos y en la fe popular una profunda convicción sobre la glorificación corpórea de la Virgen después de la muerte. Esta convicción encuentra una solemne expresión en la liturgia del mes de agosto, que viene consagrado al misterio de la asunción por un decreto del emperador Andrónico II (1282-1328); en la iconografía, en la reflexión teológica y en la piedad popular.

En la Iglesia latina la doctrina de la asunción corpórea de María, difundida en el pueblo, encuentra sus defensores entre los grandes doctores escolásticos: San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura entre otros.

En el siglo XVIII encontramos la primera petición dirigida a la Santa Sede para la definición de la asunción como dogma de fe (por C. Shguanin – teólogo de los siervos di María). A esta petición siguieron muchas otras de las diversas partes del mundo católico. Entre ellas tenemos la de Isabel de España a Pío X en el 1863. Hasta el 1941 se presentaron a los sumos pontífices centenares de estas peticiones.

Ante esta expresión de la unanimidad moral del mundo católico encontramos algunas voces contrastantes que, sin embargo, no ponían en duda el hecho de la asunción sino su definibilidad como verdad revelada por Dios (según ellos falta el testimonio bíblico).

El 1 de mayo de 1946 el papa Pío XII (por medio de la encíclica Deiparae Virginis) preguntaba a todos los obispos católicos si la asunción de María podía ser definida y si deseaban junto con sus fieles tal definición. A ambas preguntas la gran mayoría de los obispos respondió afirmativamente y Pío XII el 1 de noviembre de 1950 procedió a la solemne definición dogmática con la constitución apostólica Munificentissimus Deus

II. Dogma y Teología de la Asunción

1. En la Munificentissimus Deus

Este documento contiene no sólo una precisa y solemne definición de fe, sino también una feliz síntesis crítica de toda la reflexión teológica desarrollada a lo largo de los siglos y transmitida por la tradición patrística y doctoral, por la liturgia y por el común sentir de los fieles.

La falta de explícitos testimonios bíblicos y patrísticos sobre la asunción de María, que suscitó dudas legítimas entre algunos teólogos sobre su definibilidad como verdad divinamente revelada, ha sido felizmente superada, ya que el documento define la asunción como divinamente revelada basándose no tanto en específicos y concretos textos bíblicos o patrísticos, litúrgicos o iconográficos, sino más bien en el conjunto de las varias indicaciones contenidas en la tradición, entre ellas el sentir común de los fieles, las cuales consideradas globalmente testimonian una segura revelación del Espíritu Santo.

La definición dogmática (precedida por la fórmula: «Por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado») reza que «La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».

En la definición de la asunción no se habla ni de la muerte y resurrección, ni de la inmortalidad de la Virgen. El texto, no considerando estas cuestiones como esenciales a la verdad de la fe y dejándolas como abiertas a la investigación teológica, se limita a afirmar el hecho de la asunción sin indicar el modo con el cual se concluyó la vida terrenal de María.

En la fórmula de definición María es cualificada como «inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen», mientras que en la exposición doctrinal que precede la fórmula María es indicada como «generosamente asociada al Redentor divino». De esta manera resulta claro que la razón de la asunción de María no es sólo su maternidad divina o su inmaculada concepción o su virginidad perpetua, sino toda la vida y toda la misión de María al lado de Cristo.

Bajo el perfil personal la asunción representa a María el coronamiento de toda su misión y de sus privilegios y la exalta más allá de todos los seres creados.

En cuanto a la relación de María con Jesucristo, la asunción brota de aquella estrecha unión que vincula, por eterno decreto de predestinación, la vida, la misión, los privilegios de María a Cristo y a su obra, a su gloria y a su realeza.

2. En la Lumen Gentium del Vaticano II

A diferencia de la Munificentissus Deus, que trata «ex professo» de la asunción de María, el Capítulo VIII de la LG presenta en admirable síntesis teológica y pastoral todo el misterio de la vida, de la misión, de los privilegios y del culto a María y lo encuadra en el más vasto misterio de la historia de la salvación: tanto en la referencia a Cristo, único Salvador, tanto en la referencia a la Iglesia, sacramento de salvación. De esta manera el Concilio profundiza doctrinalmente en el misterio de la asunción y le da aquel significado pleno y completo nunca logrado en los anteriores documentos del magisterio eclesiástico.

La asunción no es presentada por el Concilio (LG 59) como un coronamiento pasivo de la misión y de los privilegios marianos, sino como la etapa final del largo camino, responsable y comprometido, de la maternidad y del servicio de cooperación de María al lado del Salvador. Con la asunción se concluye escatológicamente aquella unión progresiva de fe, de esperanza, de amor, de servicio sufrido, establecida entre la «madre e socia» y el Salvador desde el momento de la anunciación y prolongada por toda su vida en la tierra, y realizada en toda su plenitud por la conformación gloriosa de María con el Hijo resucitado.

La asunción se nos presenta como una conclusión existencial de la misión de María que es llamada como primera a lograr la unión y la conformación en la gloria con el Señor resucitado y glorificado.

Pero la perspectiva verdaderamente nueva del Vaticano II es aquella eclesial (LG 68). María, glorificada en el cielo en alma y en cuerpo, es imagen e inicio de la Iglesia del siglo venturo. Como tal ella es signo escatológico de segura esperanza y de consolación para el pueblo de Dios en camino hacia el día del Señor.

Imagen e inicio. Con María ya tuvo inicio la futura realidad escatológica de la Iglesia. Un inicio perfecto, ya que María posee la dignidad de la imagen perfecta de aquello que será la Iglesia de la edad futura. María es el miembro inicial y perfecto de la Iglesia histórica. No está fuera o por encima de la Iglesia. Con ella la Iglesia inicia y logra ya su perfección. Toda su misión materna y su cooperación con Jesucristo son en función de la Iglesia. María es igualmente su figura y su modelo, fuente de inspiración continua para la Iglesia en su realización histórica (un continuo proceso imitativo y de identificación).

Signo escatológico. La glorificación de María asume valor de signo escatológico para todo el pueblo de Dios todavía en camino hacia el día del Señor: signo capaz de sostener la esperanza de la propia realización escatológica y de confortar a todos que se encuentran todavía entre los peligros y afanes y luchan contra el pecado y la muerte. Así para el pueblo de Dios la asunción de María es un estímulo y un punto de referencia que lo compromete en la realización del propio camino histórico hacia la perfección escatológica final.

III. Significado Litúrgico-Pastoral de la Celebración

Para entender la vivencia litúrgica del misterio celebrado en la asunción de la Beata Virgen María es necesario tener en cuenta todos los textos propios de la misa del día, que intentan construir un puente entre la MD de Pío XII y la LG del Vaticano II. En particular hay que evidenciar la íntima conexión entre el misterio de Cristo y de la Iglesia y el misterio paralelo de la Virgen María: ésta es la clave interpretativa de la fiesta. Si non se toma este camino se corre el riesgo de hacer de la verdad dogmática un absoluto, desconectado de acontecimiento de Cristo y de su prolongación en la Iglesia: una cosa prodigiosa sí, pero que no tiene en realidad alguna importancia significativa para nuestras vidas.

Es necesario decir que a nivel popular se nota un desconocimiento de la dimensión eclesial, antropológica y escatológica del dogma de la asunción: ésta es considerada como un «privilegio» único y exclusivo de la madre del Señor, sin ninguna referencia al destino del hombre como individuo y como comunidad. Es necesario pasar de una verdad  mariana aislada a una verdad acerca de la salvación de todos los hombres. Hay que redescubrir el significado y la repercusión eclesial del privilegio personal de María. 

1. Dimensión personal

La asunción de María litúrgicamente corresponde al «dies natalis» de los otros santos. El contenido de la celebración se resalta sobre todo en la Colecta del día y en el Prefacio propio. La Colecta nos presenta el acontecimiento celebrado casi con los mismos términos de la MD y pone en correlación las tres verdades dogmáticas marianas (inmaculada concepción – Virgen madre de Dios – asunción), creando casi una interdependencia.

Teniendo en cuenta que «en el dies natalis la Iglesia proclama el misterio pascual realizado en los santos» (SC 104), hay que subrayar que también en la fiesta de la Asunción se celebra el pleno cumplimiento del misterio pascual de Cristo (cfr la segunda lectura de la misa: 1 Cor 15, 20-26) en la Virgen María: en ella la realización de tal misterio es del todo única, porque de manera del todo única ella colaboró para su cumplimiento. Si María fue indisolublemente asociada a la pasión y muerte de su Hijo, ¿porqué no debería haber sido asociada a su resurrección? La pre-redimida es también pre-resucitada: después de Cristo y antes de nosotros. El «misterio» de la madre encuentra su pleno significado en el «misterio» del Hijo: la asunción de la Virgen es «la plena configuración» a Cristo glorioso y resucitado, como dice Pablo VI (Marialis Cultus 1).

2. Dimensión eclesial

El aspecto personal e individual del ser de María, por cuanto importante, no viene considerado aisladamente. Sus privilegios y misterios que caracterizan toda su vida no se pueden separar de la misión salvífica que ella cumplió a favor de toda la humanidad. En esta perspectiva también el «milagro» de su asunción corpórea al cielo llega a ser un evento de salvación, que adquiere un significado universal para la humanidad creyente y para el mundo entero. La asunción al cielo no es sólo un hecho personal de María con que se concluye de manera armónica su vida, sino que es un acontecimiento paradigmático de salvación: representa la redención llegada a su cumplimiento total en un miembro de la multitud de hermanos que tienen necesidad de ser redimidos.

Estos conceptos del Vaticano II y las mismas expresiones conciliares las encontramos acogidos en el Prefacio propio de la Asunción, donde la asunción de la Virgen se considera en perspectiva tipológica, ya que ella ya es lo que toda la Iglesia será. En María la Iglesia conoce con alegre anticipación el fin glorioso de su historia, lo ve ya realizado: María es «Iglesia plenamente salvada de la corrupción», la «icono escatológico de la Iglesia». En este sentido hay que leer el tema de la «mujer del Apocalipsis», donde la incertidumbre interpretativa entre la Iglesia y María es en cierto sentido providencial para su identificación.

Y eso no es absolutamente poca cosa. El hecho de que María – una de nosotros – se encuentra ya en la gloria total, nos da la esperanza cierta de que las promesas de Cristo se pueden realizar. En nuestro camino fatigoso hacia la meta tenemos necesidad de ver que alguien la ha logrado: María es una hermana nuestra que ya llegó a la meta; nos ha sólo rebasado y precedido. Pero en su destino leemos nuestro destino: y con grande alegría. En este sentido suenan la antífona de entrada («Alegrémonos todos»), la aclamación al evangelio («Exulten») y la antífona de comunión («Me llamarán dichosa»).

Por tanto su fin nos involucra a todos: animados por este signo escatológico esperamos nuestro fin no en manera pasiva sino en un compromiso activo por la construcción del Reino («Dichosos aquellos que escuchan y ponen en práctica la Palabra de Dios»).

IV. Apéndice

La Asunción de Santa María Virgen: Para celebrar la belleza (Tomado libremente de Pronzato A., Palabra de Dios. Comentario a las tres lecturas del domingo, Ciclo C, Salamanca 1994, pp. 253-257).

Nuestra devoción a la Virgen asume a veces manifestaciones y proporciones muy vistosas.

Es necesario verificar, con lucidez y valentía, si las formas y los contenidos son respetuosos con el dato evangélico, si contribuyen a un auténtico crecimiento de la fe…

Es necesario estar convencidos de que las distorsiones y las deformaciones en el campo de la devoción a la Virgen repercuten negativamente en la vida de la Iglesia, y terminan por falsear  su imagen más auténtica.

La que se señala como «floración maravillosa» puede ser también una excrecencia parasitaria y, por lo mismo, perjudicial para la vitalidad y fecundidad del árbol.

El pecado imperdonable es la profanación de la belleza.

Y la belleza se «ensucia» sobre todo por la falta de pudor, por la pérdida del sentido de la proporciones, por la falta de respeto a la armonía, por el abandono de la medida.

El devocionalismo, a pesar de que venga aceptado como religiosidad popular, precisamente porque está desenganchado de un contacto profundo con la Escritura, lejos de ser expresión de fe, denuncia sin piedad un vacío de fe.

Debemos reconocerlo con franqueza: son tiempos bien tristes aquellos en que el culto de la Virgen no encuentra su colocación correcta y se pretende legitimar los excesos y la falta de buen sentido como pruebas de amor.

Ciertos «excesos» se acercan más al sacrilegio que a la piedad.

La catedral del eterno silencio

Un poeta define a la Virgen como «la divina taciturna» y se dirige a ella con estas expresiones: «Tú, catedral de gran silencio».

Por otra parte, el evangelio nos presenta a María de Nazareth como una criatura de silencio, que elige la sombra, la ocultación. La Virgen es la que «no aparece» en primer plano. Su presencia está bajo el signo de la discreción, que no estorba en nada.

La Madre desaparece totalmente en le Hijo. Es el Verbo quien tiene que hablar, no ella (en Caná, en efecto, y es su testamento, dice: «Hagan lo que él les diga», o sea, no manda «escúchenme», sino «escúchenlo»).

La custodia que lleva la Palabra es espléndida porque está labrada con la rara materia del silencio.

No se llena el vacío con las palabras

Sería verdaderamente absurdo si en nuestro tiempo, que ha hecho callar al silencio, que ha sofocado su voz, la Virgen se convirtiera en un pretexto para aumentar el ruido ensordecedor de las charlatanerías.

María, por el contrario, debería ayudarnos a encontrar el silencio que se nos ha robado.

Ante esta obra de arte de Dios que es la Virgen la posición justa se define por el estupor, por la contemplación, por el silencio.

El papa Juan XXIII, nada sospechoso en cuestión de devociones, advertía: «Con la Virgen es necesario ir muy despacio». O sea, evitar las violencias, las instrumentalizaciones, la retórica, los sentimentalismos.

Imagen de la Virgen, imagen de la Iglesia.

La comunidad de creyentes no puede sino estar bajo el «signo» de María de Nazarteh: humildad, modestia, simplicidad, actitud de servicio, capacidad de «desaparecer» para convertirse en transparencia de Alguien.

La Iglesia debe apagar todas las luces falsas, si quiere que Dios vuelva a ocupar el centro del mundo, la profundidad más secreta del corazón del hombre, y encender allí una llama minúscula que ya nadie logrará sofocar…