Archivos para Moniciones

Dos hombres vinieron al templo para orar: un fariseo y un publicano.

Es el Evangelio de hoy.

Cada uno de nosotros puede ser ese publicano que se presenta ante el Señor con el corazón roto para apelar a su misericordia y salir de aquí justificados.

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Purifícanos, Señor.


Para enseñarnos que es necesario orar siempre y sin desanimarnos, Jesús nos invita a la escuela de oración de una viuda pobre.

Y aquí es importante observar que Dios no está representado por el juez de la parábola. A Dios lo encontramos en la persona de la viuda, que es la carne de Dios en la que clama el hambre de justicia. Es el Dios que se niega a aceptar que «las cosas sean así».

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Venimos aquí porque aquí está Él. Nos abrimos a su presencia así como Él —aquí— nos recibe y nos abraza. Y cada uno de nosotros tiene derecho de estar aquí —de pertenecer aquí— porque ésta es nuestra casa materna.

Y aquí, cada uno encuentra —en su propio interior— lo más importante, que es la nostalgia y el anhelo de Dios.

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Purifícanos, Señor. Purifica nuestro anhelo. Purifica nuestro deseo. Para que estemos plenamente abiertos a Ti.


 

Nueve de los que recuperaron la salud no regresan.

El samaritano —un hereje extranjero— regresa. Y lo hace porque escucha a su corazón. Porque siente que la salud no viene de los sacerdotes sino de Jesús; no de la observancia de leyes y ritos sino del contacto con Él.

Una vez más vemos que para Jesús cuenta el corazón. Y el corazón no tiene fronteras políticas o religiosas tal como nosotros las trazamos.

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Hoy la liturgia nos invita a ser agradecidos.

Diez leprosos fueron sanados. Pero sólo uno regresó corriendo para darle las gracias a Jesús. De esto nos hablará el Evangelio.

Yo creo que cada uno de nosotros es ese único que llegó aquí corriendo.

Ese samaritano que recibió con fe el don de la salud quedó bendecido por Jesús.

Pidámosle al Señor que nos limpie también a nosotros. Para que alcancemos la sanación espiritual.


Los discípulos le hacen una petición a Jesús: «Auméntanos la fe». Hablan de una cantidad. Y Jesús dice: «Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería».

O sea, Jesús está hablando de un acto imposible, de un acto inútil, de un acto absurdo. Para que entendamos que la fe no es un poder mágico para trasladar objetos ni una cantidad que se pueda aumentar.

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[1]

Venimos abiertos al don: al don de la gracia y de la paz que vienen de creer —de confiar— en Dios, de reconocer que somos tan débiles.

Necesitamos de este auxilio, de perdón, de fortalecimiento. Se lo pedimos a Dios. Y nos lo pedimos unos a otros, reconociendo nuestros pecados.


[2]

Venimos para encontrarnos con Aquel que siempre está con nosotros: está en cada uno de nosotros. Y sin embargo, venimos a Él siempre de nuevo, para ir descubriendo su rostro. Para ir descubriendo nuestro propio rostro, nuestra propia alma.

Señor, purifícanos, para que veamos tu rostro.


Es bueno meditar cuándo este hombre rico por fin vio a Lázaro.

Porque Lázaro era invisible para él.

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Dios viene con su Palabra y con su presencia. La pregunta es si queremos escucharlo. Si estamos dispuestos al encuentro con Él.

En el Evangelio de hoy encontraremos palabras extrañas: Jesús nos advierte que quien no escucha a Moisés y a los profetas, tampoco hará caso aunque venga un muerto para recordarnos que la vida eterna existe.

También nosotros oímos la Palabra. La pregunta es si la escuchamos.

Señor, abre nuestros corazones, nuestros oídos, para que escuchemos hoy tu Palabra.


Se trata de un administrador que es acusado de malgastar los bienes de su amo. El amo lo llama y le dice: «¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador».

Tratemos de entender si esta historia no esté más cerca de nosotros de cuánto podemos pensar. Se trata de una analogía, o sea que no todo debe coincidir perfectamente con nuestra vida.

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Tenemos hoy esa historia de un hombre que es acusado de haber malgastado los bienes de su amo. Y ya que tiene esa acusación, debe dar cuenta de su administración, porque será despedido. El hecho es que nosotros —en el momento de dar cuentas de nuestra administración— estamos destinados —indudablemente— a reprobar.

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