Archivos para Moniciones

Como que el Evangelio de hoy no suena muy atractivo ni amable. Y parece más bien como si Jesús viniera a crear problemas.

Pero quizá lo que este Evangelio quiere es que nos demos cuenta de que antes de tener la unión, necesariamente tenemos que tener la división. Debe haber «dos» antes de hacer de los dos «uno».

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Estamos aquí porque creemos —es decir confiamos— en el Señor. Y queremos en esta Santa Misa confiarle de nuevo nuestra vida, nuestros días —todo lo que nos pasa— lo queremos confiar a Dios y pedirle que nos purifique de lo que nos impide confiar, de lo que hay de oscuro en nosotros.

***

Purifícanos, Señor.



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Este Evangelio tiene una sabiduría grande, aunque a primera vista sólo nos llama a estar preparados para partir, preparados para servir. Y sobre todo a estar preparados porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre.

Y uno hasta podría concluir que entonces debemos estar siempre llenos de miedo.

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La mayoría de las personas que escuchan este Evangelio —sin mirarlo muy de cerca— lo toma como una amenaza. Como si Dios quisiera entrar a nuestros corazones a fuerza de amenazarnos.

Estamos tan acostumbrados a este nivel de motivación que escuchamos el Evangelio de esta manera.

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Aquel que nos ama, está con nosotros. El Divino Ladrón que espera la noche de nuestra vida para meterse por un boquete en nuestra casa a robarnos el corazón.

Que esta Eucaristía Dominical nos ayude a verlo desde lejos, cuando vaya llegando. A verlo a través de la noche. [Y a llamarlo diciendo: ¡Por aquí, por aquí!] [Y dejarlo entrar.]

***

Purifícanos, Señor, de todo lo que en nosotros hay de oscuro, débil, desconfiado. Purifícanos de todo pecado, para que nos abramos completamente a Ti que vienes a nosotros en tu Palabra, en tu Cuerpo.


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Esaú sale a mi encuentro
—mi propia sombra—
el miedo se me mete en el cuerpo
tengo que mirarlo en la cara
para que mi vida se convierta
de verdad en una bendición

Pero Esaú corrió a mi encuentro
me abrazó
se me echó al cuello
me besó
y los dos lloramos —

Bosquejo


qué hacer con la piedra

que rompió la ventana

del alma

usarla en la construcción

de la casa?

***

Problemas de albañilería —

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Entre tantos quehaceres

y tan urgentes

me olvidé

de que también es preciso

morir

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Participar en la Santa Misa es una oportunidad de mirar desde una perspectiva diferente nuestra propia vida, nuestros días, el trabajo, el descanso, las vacaciones.

A veces se ve mejor y se entiende mejor a uno mismo cuando se mira desde una perspectiva distinta. La oración es precisamente esa perspectiva distinta.

***

Señor, purifica nuestros ojos y nuestros corazones, para que veamos en la verdad todo lo que anhelamos y amamos. Purifícanos, para que dignamente participemos en esta Santa Misa.


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Cristo nos enseña a orar. Supuestamente ya sabemos. Supuestamente ya estamos acostumbrados. Y sin embargo cada uno de nosotros —siempre de nuevo— ha de descubrir en su interior ese lugar en el que Dios le habla y donde cada uno encuentra esa palabra que sólo a Dios la puede confiar.

Somos una comunidad que ora. Y cada uno encuentra en su interior ese espacio más íntimo en el que se abre a Dios, a su presencia, y por eso también a uno mismo.

***

Pidámosle a Dios perdón por nuestros pecados, para que con un corazón puro nos presentemos ante el Padre.


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[1]

Estar con alguien significa estar presente, estar para alguien, ser recibido o recibir. No simplemente «atender» o «ser atendido», sino «escuchar», «poner a esa persona en el centro de mi atención».

Jesús entra en la casa de sus amigos. Es recibido por Marta y María.

Nosotros estamos ahora en la casa en la que Él nos recibe.

¿Estamos dispuestos a recibir —a ser recibidos— por el Señor?

***

Purifícanos, Señor.


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