En el Evangelio de hoy escucharemos sobre el publicano Zaqueo que se subió a un árbol, porque quería ver al Señor.

Cada uno de nosotros —espiritualmente— debería treparse a ese árbol. Para saber si de veras estoy esperando a Aquel que va a pasar por aquí. Quizá se fije en mí. Quizá me llame por mi nombre.

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Señor, purifícanos, para que Te veamos cuando pases junto a nosotros en esta Eucaristía.


Nos reunimos hoy para orar por todos los Fieles Difuntos.

Con un amor especial le pedimos a Dios por nuestros seres queridos: por nuestros familiares y amigos que ya no están con nosotros.

Pero recordamos también a aquellos difuntos por los que nadie ora, y que necesitan de nuestro apoyo para cruzar el umbral de la casa del Padre.

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Purifícanos, Señor, de nuestros pecados. Limpia nuestros corazones. Para que seamos dignos de presentar ante Ti nuestras plegarias y participar en este Santo Sacrificio de la Misa.


En el misterio de la muerte —que meditamos en estos días— la Iglesia nos invita a entrar por la puerta de la esperanza: a creer que de veras existe ese lugar preparado para nosotros en el cielo.

Y que en la Casa del Padre hay muchas habitaciones: incontables habitaciones.

Y que estos nuestros hermanos y hermanas que ya alcanzaron la meta de su peregrinación están con nosotros, nos ayudan, y nos enseñan el camino.

Purifícanos, Señor de nuestros pecados.


Ahora resulta que no se puede orar y despreciar a los demás. Ahora resulta que —según Jesús— no se puede adorar a Dios y humillar a sus hijos, como lo hace el fariseo. En este caso —según Jesús— hacer oración puede ser incluso peligroso: porque puedes regresar a tu casa con un pecado más.

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El domingo pasado decíamos que «uno se convierte en lo que ora». Y hoy el Evangelio nos presenta dos modelos de orar, es decir dos modos de relacionarnos con los demás, de buscar nuestra identidad, de construirnos como personas. El paso de un modelo a otro lo podríamos llamar conversión.

Pero veamos estos dos modelos más de cerca. Porque además estos dos personajes son como nuestras subpersonalidades que llevamos dentro cada uno de nosotros.

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Dos hombres vinieron al templo para orar: un fariseo y un publicano.

Es el Evangelio de hoy.

Cada uno de nosotros puede ser ese publicano que se presenta ante el Señor con el corazón roto para apelar a su misericordia y volver a casa en gracia de Dios.

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Purifícanos, Señor.


Para enseñarnos que es necesario orar siempre y sin desanimarnos, Jesús nos invita a la escuela de oración de una viuda pobre.

Y aquí es importante observar que Dios no está representado por el juez de la parábola. A Dios lo encontramos en la persona de la viuda, que es la carne de Dios en la que clama el hambre de justicia. Es el Dios que se niega a aceptar que «las cosas sean así».

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Venimos aquí porque aquí está Él. Nos abrimos a su presencia así como Él —aquí— nos recibe y nos abraza. Y cada uno de nosotros tiene derecho de estar aquí —de pertenecer aquí— porque ésta es nuestra casa materna.

Y aquí, cada uno encuentra —en su propio interior— lo más importante, que es la nostalgia y el anhelo de Dios.

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Purifícanos, Señor. Purifica nuestro anhelo. Purifica nuestro deseo. Para que estemos plenamente abiertos a Ti.


 

Nueve de los que recuperaron la salud no regresan.

El samaritano —un hereje extranjero— regresa. Y lo hace porque escucha a su corazón. Porque siente que la salud no viene de los sacerdotes sino de Jesús; no de la observancia de leyes y ritos sino del contacto con Él.

Una vez más vemos que para Jesús cuenta el corazón. Y el corazón no tiene fronteras políticas o religiosas tal como nosotros las trazamos.

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Hoy la liturgia nos invita a ser agradecidos.

Diez leprosos fueron sanados. Pero sólo uno regresó corriendo para darle las gracias a Jesús. De esto nos hablará el Evangelio.

Yo creo que cada uno de nosotros es ese único que llegó aquí corriendo.

Ese samaritano que recibió con fe el don de la salud quedó bendecido por Jesús.

Pidámosle al Señor que nos limpie también a nosotros. Para que alcancemos la sanación espiritual.


Los discípulos le hacen una petición a Jesús: «Auméntanos la fe». Hablan de una cantidad. Y Jesús dice: «Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería».

O sea, Jesús está hablando de un acto imposible, de un acto inútil, de un acto absurdo. Para que entendamos que la fe no es un poder mágico para trasladar objetos ni una cantidad que se pueda aumentar.

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