Ritmo y velocidad de lectura

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Paso Adecuado y Velocidad de Lectura

La queja más frecuente: todo el mundo lee demasiado rápido. Bueno, tal vez no todo el mundo, pero sin duda, esta es la queja más común en contra de los lectores.

La sensibilidad hacia la Asamblea es la respuesta.

Como lector, tienes las palabras impresas frente a ti (palabras que se supone has estudiado a profundidad) y la asamblea no las tiene. La comunidad depende únicamente del estímulo auditivo. Si acaso ellos tienen el texto delante de ellos en un misal, el reto es hacer que: el «escuchar» sea más provechoso y agradable que seguir la lectura «leyendo el texto».

Si te quieres hacer entender, no puedes leer tan rápido como hablas en una conversación cotidiana. Leer al ritmo de conversación es demasiado rápido.

El principio número uno con respecto al ritmo/paso de la lectura es el desacelerar: disminuir la velocidad. Es raro que un lector lea demasiado lento o despacio, de tal manera que la gente no entienda el significado del texto. Aunque usted sienta que lee demasiado lento, lo más probable es que no sea el caso.

Más allá de la desaceleración, el ritmo de la lectura depende del texto, el espacio, y el sistema de sonido.

El contenido de la lectura dictará la variación en la velocidad, en el ritmo o paso de la lectura. Por ejemplo, cuando Jesús dice: «En verdad, en verdad les digo…», sabemos que está a punto de decir algo muy importante. Un ritmo más lento le dará un mayor peso a dicha declaración.

Algunos textos requieren una proclamación más lenta, simplemente porque son densos en su contenido o en estilo.

Otros, son particularmente solemnes o particularmente breves.

Una lectura muy breve debe ser proclamada lentamente, no sea que se termine antes de que los oyentes hayan tenido la oportunidad de concentrarse en ella. A veces, una lectura puede ser tan corta que si no se lee lentamente, no va a causar ninguna impresión.

Consideremos la siguiente lectura del libro del Apocalipsis (Ap 14, 13). Es una lectura opcional para una liturgia de funeral:


Yo, Juan, oí una voz que venía del cielo y que me decía:

«Dichosos los que mueren en el Señor».

El Espíritu es quien dice:

«Que descansen ya de sus fatigas, pues sus obras los acompañan».


Eso es toda la lectura. No hay más: solamente dos frases. Se termina antes de que uno se dé cuenta. Pero, fijémonos en el hecho de que hay tres voces o personajes en estas dos frases: el narrador (Juan), la voz del cielo, y el Espíritu. Ahora, el lector puede darle a esta lectura el poder que merece mediante un ritmo o pausa cuidadosamente elegido, permitiendo que cada voz tenga su momento.

Por contraste, otras lecturas se pueden beneficiar cuando se leen con un grado de vivacidad. Por ejemplo, hay esos momentos de diálogo cuando el ritmo puede acelerarse, como en este intercambio entre Jesús y Pedro en la Última Cena, leído el Jueves Santo:


Pedro le dijo a Él: «Jamás me lavarás los pies.»
Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo.» Entonces Simón Pedro le dijo: «Señor, lávame no sólo los pies, sino las manos y la cabeza también.»


La familiaridad puede llevarnos a leer demasiado rápido. Algunos lectores se acercan a los textos con la actitud de que «todos hemos oído esto antes muchas veces» y aceleran a través del texto «muy bien conocido» por ellos.

Sin embargo, aunque nosotros pudiéramos haber escuchado un texto muchas veces, quizás esta vez pudiera ser que el texto le diga algo nuevo a alguien que esté presente por primera vez.

Recordemos también que, a pesar de que el lector ha pasado tiempo leyendo, estudiando, orando y practicando el texto, los oyentes no lo han hecho.

Para muchos, la última vez que pueden haber escuchado esta lectura podría ser hace tres años, y si fue leída mal en ese entonces, o si la persona no puso atención a la lectura, entonces podrían haber pasado seis años desde que la persona haya escuchado este texto.

Así que, hay que acercarse a cada lectura como si se fuera a leer por primera vez. Hay que darse el tiempo necesario para absorber los pensamientos y sentimientos, para ver en su imaginación los eventos que están sucediendo en la historia. para permitir, por un momento, cualquier pregunta hecha dentro del texto, y responder a las imágenes que el texto revela.

Leer de prisa la lectura es una experiencia muy frustrante para el oyente. Y si el ritmo es muy rápido, la gente no va a poner atención.

Por otra parte, es posible leer demasiado lento. Entonces, una lectura se vuelve tediosa, aburrida y sin vida. Pero esto es relativamente una enfermedad rara.

***

En conclusión, hay que leer a un ritmo constante, ni muy rápido, ni muy lento.

¿Qué es demasiado rápido? ¿Qué es demasiado lento?

Los lectores nuevos a veces leen demasiado rápido, quizás por estar un poco nerviosos.

Los lectores más experimentados a veces leen demasiado rápido porque caen en una actitud «descuidada» de proclamar la Palabra: subir rápidamente, volar a través de la lectura, y volver a la banca.

Es mejor leer un poco despacio que leer demasiado rápido.

Lo ideal es un paso tranquilo y natural.

Si leemos demasiado lento, distraeremos a las personas tanto como si leyéramos demasiado rápido. Pero es muy raro el lector para quien esto es un problema.

Para la mayoría de nosotros, frenar o desacelerar un poco el ritmo, mejoraría la calidad de nuestra lectura. Confiemos en el juicio de aquellos que nos escuchan. Si piensan que leemos demasiado rápido, leamos más despacio. Si piensan que leemos demasiado lento, aceleremos el ritmo un poco.



Ejercicio para Ritmo y Velocidad

Una lectura breve debe ser proclamada despacio, sin prisa, o se terminará antes de que los oyentes hayan tenido la oportunidad de concentrarse en ella.

 Consideremos el siguiente pasaje, la segunda lectura en la Fiesta de la Santísima Trinidad (Año A). Es una de las lecturas más breves en todo el Leccionario. Debe tomar alrededor de 45 segundos para proclamarla eficazmente, incluyendo el anuncio de apertura y diálogo final.

Tómese el tiempo a sí mismo al hacer el ejercicio de proclamarla.


2 Corintios 13:11-14)

Lectura de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios

Hermanos:

Estén alegres,

trabajen por su perfección,

anímense mutuamente,

vivan en paz y armonía.

Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense los unos a los otros con el saludo de paz.
Los saludan todos los fieles.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes.

Palabra de Dios.



Trabalenguas

Tres tristes tigres. Tres tristes tigres tragaban trigo en tres tristes trastos sentados tras un trigal. Sentados tras un trigal, en tres tristes trastos, tragaban trigo
tres tristes tigres.

El Arzobispo de Constantinopla. El Arzobispo de Constantinopla está constantinopolizado. Consta que Constanza, no lo pudo desconstantinopolizar. El desconstantinopolizador que desconstantinopolizare al Arzobispo de Constantinopla,
será un buen desconstantinopolizador.

Poco coco. El que poco coco come, poco coco compra. Como yo poco coco como, poco coco compro.

Cuando cuentes. Cuando cuentes cuentos cuenta cuantos cuentos cuentas, porque si no cuentas cuantos cuentos cuentas nunca sabrás cuantos cuentos sabes contar.

La señora Parra. La señora Parra tenía una perra. Y la señora Guerra tenía una parra. La perra de Parra subió a la parra de Guerra. Guerra pegó con la porra a la perra de Parra. Y Parra le dijo a Guerra: «Oiga usted, señora Guerra, ¿Por qué ha pegado con la porra a la perra de Parra?» Y Guerra le contestó: «Si la perra de Parra no hubiera subido a la parra de Guerra, Guerra no hubiese pegado con la porra a la perra de Parra».

El tubo de Tavo. Tavo tuvo un tubo. Y el tubo que tuvo Tavo se rompió. Y para recuperar el tubo que tuvo, Tavo tuvo que comprar un tubo igual al tubo que tuvo.

Poquito. Poquito a poquito Paquito empaca copitos en pocos paquetes.

Pancha. Si Pancha plancha con 4 planchas. ¿Con cuántas planchas plancha Pancha?


La desaceleración del ritmo mejora la capacidad de hablar de cualquier persona asegurándose de que las palabras se pronuncian con claridad y distinción.